"Voy a estar bien, mamá”: familias de víctimas de explosión se aferran a la fe afuera de hospitales

Israel Fuguemann · 12 de septiembre de 2025

"Voy a estar bien, mamá”: familias de víctimas de explosión se aferran a la fe afuera de hospitales

Apolonio Jiménez conducía su automóvil tranquilamente el pasado 10 de septiembre sin saber que su vida estaba a punto de dar un giro drástico. Su trabajo como chofer particular lo tenía detenido en una pequeña avenida al oriente de la ciudad.

Recibió una llamada que parecía habitual. La pantalla anunciaba el número de su esposa. Al otro lado de la línea el tono rompía con la familiaridad: la voz y el ritmo eran alterados, al borde del llanto. Juan Carlos, 41 años, y Juan Ángel, su nieto de 18, eran trasladados a un hospital de la Ciudad de México con severas quemaduras en sus cuerpos.

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Apolonio no entendía lo que pasaba. Para él, Juan Carlos y Juan Ángel debían estar volviendo de la Central de Abasto, como solían hacerlo para surtir su pequeño negocio de frutas y verduras en Texcoco, de donde son originarios.

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Foto: Israel Fuguemann

La realidad se impuso cuando recibió un video grabado y enviado por la mujer que ante la falta de ambulancias había ayudado a trasladar a sus familiares al hospital más cercano al Puente de la Concordia, en Iztapalapa, el lugar del siniestro.

Desde ese momento no puede olvidar la imagen de Juan Carlos, con gran parte de la piel dañada. Poco se parecía al hombre alto, de cabello largo y barba espesa que recordaba antes del accidente. Apolonio y su familia no han dejado de hacer guardia afuera del hospital.

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♦️Apolonio Jiménez, familiar de Juan Carlos, lesionado tras la explosión de la pipa de gas en Iztapalapa, indica que se encuentra delicado y que no puede ser canalizado debido a las quemaduras que sufrió.

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Griselda, crecen la incertidumbre y la desesperación 

El mensaje llegó desde el otro lado del país. La madre de Griselda, en Puerto Peñasco, Sonora, la llamó angustiada para reclamarle no haber atendido las llamadas de su hermano Alfonso, hechas minutos antes. Griselda estaba trabajando como de costumbre, reparando ropa en una tienda comercial, cuando al fin contestó el teléfono y recibió la noticia: Alfonso, su hermano mayor de 53 años, había sufrido un accidente mientras viajaba en su auto para encontrarse con su pareja.

Antes de ser ingresado al área especial de quemados del Hospital Vicente Leñero, Alfonso logró salir por cuenta propia de su auto. A pesar de haber sido alcanzado por el latigazo de una llamarada, tuvo fuerza para llamar a su madre y relatarle lo sucedido. No hubo muchos detalles, sólo la desesperación y el miedo de quien sufre un grave accidente y busca consuelo, pero también dejar una señal de esperanza: “Voy a estar bien, mamá”.

Griselda Pérez Gómez, hermana de Alonso Pérez Gómez, hombre herido tras la explosión de la pipa de gas, señala que un conductor del transporte público auxilió a su familiar.

Agregó que las autoridades se han acercado a ella y pidió que “no lo desamparen”.

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Griselda y sus hermanos se organizaron para acudir al hospital donde Alfonso había sido canalizado, ubicado al otro extremo de la ciudad para ellos. Tardaron alrededor de cuatro horas en llegar debido al intenso tráfico provocado por el cierre de la avenida Zaragoza, la principal vía que conecta el oriente con el centro. A su arribo, la incertidumbre y la desesperación crecieron ante la poca información disponible.

Entonces solo quedaba la fe.

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Leslie, su primo está entre las víctimas

Para Leslie, el 10 de septiembre ha sido el día más largo y agotador en mucho tiempo. Desde que supo que su primo Ricardo estaba entre las víctimas de la pipa de gas que se volcó y explotó en el Puente de la Concordia, en Iztapalapa, no ha dejado de recorrer salas de emergencia y hospitales con la esperanza de obtener un reporte sobre su salud. El caos y la confusión le han jugado en contra.

Leslie estaba en su casa cuando la información comenzó a circular por las redes. Las imágenes eran devastadoras: fuego y llamaradas que se alzaban hacia el cielo. Hombres, mujeres y niños pidiendo auxilio con la piel y la ropa calcinadas. Gritos de desesperación entremezclados con teléfonos grabando el horror que, a posteriori, alimentarían una mezcla entre duelo y morbo nacional.

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Las llamadas y mensajes de sus grupos más cercanos confirmaron la noticia. Su primo Ricardo Corona, conductor de una empresa, regresaba a entregar el vehículo en el que viajaba para concluir su jornada laboral y se encontraba entre las víctimas. Esos videos y fotografías que en principio parecían “terribles”, pero lejanos, se convirtieron en parte de su martirio y su duelo.

"Voy a estar bien, mamá”: familias de víctimas de explosión se aferran a la fe afuera de hospitales
Foto: Israel Fuguemann

El día siguiente

Por la mañana, Apolonio no esconde el cansancio ni la resaca de la trasnochada. Tiene los ojos rojos y el semblante cabizbajo, su cuerpo desplomado sobre un pequeño banco, mientras continúa esperando un parte médico, alguna noticia de Juan Carlos, el más afectado de sus familiares. Ha sido ingresado al área especial de quemados con el 90 por ciento del cuerpo dañado.

El hombre, cuyo cabello ya muestra canas, atiende llamadas de periodistas e incluso de algún abogado oportunista que le habla de una compensación cuantiosa. Ese ir y venir de voces y consejos parece mantenerlo a flote, casi disociado del dolor que lo atraviesa.

En medio de este mar de dudas, Apolonio conserva la calma suficiente para explicar a su familia y amigos lo que el médico le ha dicho, tras visitar a su hijo en terapia intensiva.

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“Juan Carlos necesita ser intervenido quirúrgicamente, pero no han podido hacerlo porque su presión arterial es demasiado inestable”. El daño que sufrió no es sólo superficial: también es interno, consecuencia de todo lo que aspiró mientras intentaba escapar del lugar. Su estado de salud es crítico. Con la voz entrecortada, Apolonio hace un esfuerzo enorme por no desplomarse, por mantenerse firme, aunque todo a su alrededor parezca venirse abajo.

Apolonio, sus hijos y hermanos no entran en muchos detalles. Prefieren entregarse a su fe en Dios, “el único que sabe por qué pasan las cosas”. Entonces hablan de quién y cómo es Juan Carlos, la persona antes del accidente: un hombre trabajador, dedicado a su familia y a su oficio, al que los fines de semana le gusta jugar futbol y escuchar música mexicana.

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Juan Ángel, el hijo de Juan Carlos, fue trasladado por la tarde al mismo hospital que su padre, a pesar de sus lesiones, su estado de salud es mucho más estable. La noticia de su traslado alegró a Apolonio, “por lo menos todos podemos estar juntos aquí”. Su versión asegura que el cambio fue posible luego de una visita de la gobernadora del Estado de México, Delfina Gómez, y de la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, quienes hicieron un recorrido por los hospitales que atienden a las víctimas de la explosión.

 “Ojalá que la empresa o el gobierno nos ayude”

A unos metros de distancia. El miedo y la angustia en el semblante de la familia de Alfonso Pérez ha dado paso a un respiro que trae cierto alivio.

Luego de su primera visita, Griselda, recargada sobre uno de los árboles a la entrada del hospital, explica a sus hermanos que Alfonso, afortunadamente, “no ha sido intubado, como algunos otros a su alrededor”. A pesar de que su rostro ha sido dañado considerablemente y las heridas recrudecen la magnitud del accidente, ve con buenos ojos esa señal.

Ahora la preocupación más grande es la económica. Alfonso no cuenta con seguro médico ni con un trabajo estable, y sus dos hijos dependen en gran medida de él. Albañil de oficio, se sostiene con trabajos esporádicos.

—“Ojalá que la empresa o el gobierno nos ayude”, dice. “Alguien debe hacerse responsable”.

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Un par de horas antes de que su vehículo fuera alcanzado por las llamas, Alfonso había ido a cotizar materiales para un trabajo en puerta. No podrá realizarlo: además de su estado de salud, el dinero que tenía para comprarlos desapareció de su vehículo. El carro quedó varado en medio del siniestro y forma parte de las pruebas que los servicios periciales de la Ciudad de México utilizarán en la investigación.

Alfonso le contó a Griselda que el dinero todavía estaba ahí. Ella no quiso entrar en más detalles: sabía que la pareja de Alfonso había ido al corralón donde llevaron el vehículo, pero los 4 mil pesos que había dejado en medio de la confusión ya no estaban. Se esfumaron.

La esperanza no termina

Al igual que su familia, que ha montado una guardia ininterrumpida, Leslie mantiene la fe en que Ricardo logre salir adelante de la cirugía a la que será sometido. Los médicos insisten en que el pronóstico es reservado, pero para ellos la fe es un ancla y no piensan soltarla.

Conforme las horas transcurren, un carrusel de emociones sacude a quienes esperan en las inmediaciones del hospital. Allí, las familias de las víctimas de la explosión se aferran a cualquier señal de vida, mientras decenas de personas llegan a mostrar su solidaridad: comida, café, fruta, donaciones en efectivo o en especie.

Las imágenes del fuego ya recorrieron el país entero, pero entre la ceniza y el humo, la tragedia también encendió otra llama: la de la solidaridad y la resistencia. Para Leslie, Apolonio y Griselda —como para tantas otras familias— la espera continúa, mientras muchos otros siguen reclamando que esta no sea una historia más de impunidad y olvido.