Alfredo Maza · 6 de abril de 2026
Cuando la alerta de su radio sonó para avisarle de un fuerte incendio en la alcaldía Azcapotzalco, Ciudad de México, el policía Ricardo Martínez Trejo no se imaginaba que a partir de ese día su vida cambiaría para siempre.
Era la mañana del miércoles 18 de febrero de 2026 en el llamado Sector Hormiga, una zona de operación que abarca colonias como El Rosario. Al llegar al sitio que indicaba el reporte, el calor lo recibió “como si fuera un horno”. Lo primero que vio fue a un grupo de vecinos arrojando una maceta contra una ventana de la vivienda en llamas e intentando doblar con todas sus fuerzas los barrotes con un mazo para salvar a un niño atrapado en el humo.
En eso, una mujer le entregó una cobija mojada y en cuanto pudo, sin pensarlo dos veces, ingresó al domicilio. El oficial encontró al niño, que estaba inconsciente, y se lo entregó a su compañero, el policía Ángel Uriel Martínez Corona, quien lo sacó en brazos para subirlo a la ambulancia. En esos segundos críticos, el instinto de supervivencia pareciera desaparecer, pero la experiencia personal es vívida y trasciende en el tiempo.
“Vi en la cara del niño el rostro de mis hijos y eso creo que me dio más fuerza y más ganas de meterme y de doblar esos barrotes”, relata el oficial Martínez Trejo, en entrevista con Animal Político, desde las oficinas centrales de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México (SSC-CDMX).

Su compañero, el oficial Martínez Corona sintió el mismo golpe emocional. “Ves en el reflejo a tu pequeño. Quisieras que un policía o alguien, si tu hijo estuviera en esa posición, igualmente lo apoyara”, afirma.
En otro punto de la ciudad, el elemento Jonathan Cortés Salgado enfrentó un escenario igual de tenso: una explosión por un barril y un tanque de gas ardiendo dentro de una recámara ubicada en la alcaldía de Tlalpan, al sur de la ciudad.
Cortés Salgado logró rescatar a un joven de 23 años que estaba dentro y luego regresó con una cubeta de agua para tratar de sofocar las llamas antes de que llegaran los bomberos.
Su motivación, asegura, no fue solo salvar la vida de aquel muchacho, sino también el patrimonio de la familia en su conjunto. “Porque sabes todo lo que cuesta hacer algo para que vivan bien. Entonces, el pensar que por cualquier riesgo se iba a perder todo, dices: no, hay que ayudar”, explica.
Actos así revelan el profundo costo emocional y psicológico de quienes portan uniforme policial en la Ciudad de México y también la humanidad de elementos que enfrentan a diario el dolor y la tragedia de los demás, arriesgando sus propias vidas constantemente.
Sin embargo, —por unos pagan todos— también les toca enfrentar en las calles, día tras día, los prejuicios que hay en su contra y a los ciudadanos que descargan en ellos su frustración por malas experiencias previas con agentes..
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) un 17.1 % de la ciudadanía le tiene “mucha desconfianza” a las policías estatales del país, un 25 % les tiene “algo de desconfianza” y un 48.4 % les tiene “algo de confianza”, mientras que solo un 8.6 % les tiene “mucha confianza”.
—En tu día a día, ¿cómo lidias con estos prejuicios y estigmas que caen sobre el uniforme?—, se le pregunta a uno de los policías.
—En ocasiones hay que dejar de tomarlo tan personal—, reflexiona el uniformado Martínez Trejo.
“Hay que hacer de tripas corazón en algunas ocasiones, hacer caso omiso y tratar de mantenernos lo más serenos posible”, reconoce, lamentando que a veces la gente piense que todos los policías son iguales.
Sin embargo, para el oficial Martínez Corona, la clave está en demostrar que la corporación ha cambiado.“La gente debería confiar un poquito más en la Secretaría porque hoy en día las capacitaciones son mayores”, asegura y aprovecha la ocasión para mandar un mensaje a la ciudadanía: “sigan confiando en la policía, que somos más los buenos”.
El oficial Cortés Salgado coincide con este sentimiento y pide a la gente que no generalice, pues “aunque nos ven con el mismo uniforme a todos, no todos somos iguales”, asegura.
Las acciones de estos y otros policías fueron grabadas por los vecinos, se volvieron “virales” en redes sociales y culminaron en un reconocimiento y ascenso por parte de Pablo Vázquez Camacho, secretario de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México.
“Celebramos el trabajo de quienes están en la calle dándolo todo, entregando su esfuerzo, su convicción y, además, poniendo en riesgo su vida. Entonces, de entrada, independientemente de cada uno de los casos, a todos, muchísimas felicidades, muchísimas gracias y felicidades también a sus mandos, por el liderazgo y por poner en alto el nombre de la Secretaría”, dijo el secretario Vázquez Camacho al reconocer a los policías, que al atender emergencias no piensan en fama o premios, sino en hacer lo que les toca lo mejor posible.

“Yo no esperaba un ascenso. Yo nada más pensé que se iba a quedar viralizado”, confiesa el oficial Cortés Salgado. “En el momento tú piensas en ayudar a la gente, no piensas en ti hasta después. Ya después asimilas la situación y dices: sí fue arriesgado”, reflexiona días después de subir a “policía tercero”, el primer grado de ascenso dentro de la escala básica de la carrera policial.
Para los oficiales Martínez Corona y Martínez Trejo, que también fueron ascendidos, el desenlace de su rescate tuvo un peso mucho más duro. A pesar de arriesgar sus vidas para sacar del fuego a un niño, el pequeño que rescataron inconsciente falleció tiempo después.
Aún así, Martínez Trejo visitó a la familia del niño y ahí encontró consuelo. “El agradecimiento por parte de ellos es grandísimo”, cuenta aún conmovido. Para él, la certeza de haber hecho todo lo posible para salvar esa vida, supera cualquier condecoración oficial.
En casa, el heroísmo se recibe con sentimientos encontrados. Si bien las familias de los oficiales se sienten orgullosas y felices por los reconocimientos, el temor por su bienestar físico y emocional es una constante.
“De igual manera recibí regaños también; a la familia no le gusta que arriesguemos tanto la vida por nuestro trabajo pero es lo que tenemos que hacer”, admite Martínez Trejo.
También lee: Aumentar el número y la calidad de los policías
La vocación que los llevó a entrar a casas en llamas y enfrentar el peligro, nació mucho antes de que se pusieran el uniforme por primera vez. Todos descubrieron su deseo de ser policías entre los 12 y 14 años.
Cortés Salgado recuerda que desde muy pequeño le llamaban la atención las patrullas, los helicópteros y el color azul del uniforme. Su compañero Martínez Corona comparte la misma motivación. “Desde toda mi vida… cuando ves a un patrullero, a un policía, pues te gusta mucho el qué hace, el cómo se ve”, rememora.

Hoy, esa ilusión infantil es su vida entera. Para estos oficiales, la corporación dejó de ser solo un trabajo para convertirse en su núcleo principal.
“Para mí la policía en estos momentos lo representa todo, absolutamente todo. Aquí conocí a mi esposa, aquí tuve a mis hijos”, concluye el oficial Martínez Trejo.
Una realidad que el oficial Cortés Salgado resume perfectamente al explicar lo que implica pertenecer a las fuerzas de seguridad. “Prácticamente (es) mi vida, porque más tiempo nos la pasamos de este lado que con la familia”.