Santa Cruz Chignahuapan: la comunidad olvidada bajo un río de aguas negras en el Estado de México

Manu Ureste e Israel Fuguemann · 12 de noviembre de 2025

Santa Cruz Chignahuapan: la comunidad olvidada bajo un río de aguas negras en el Estado de México

—Era un río enorme de aceite, de químicos y de agua de drenaje. Se vino para la casa rapidísimo. Tratamos de salvar lo que pudimos: los muebles, la cama, la estufa de la cocina. Pero en menos de un minuto ya estaba todo inundado. Muchos animales se nos murieron ahogados, o se nos enfermaron. Fue un desastre.

La señora María de Jesús hace una pausa en su relato y se lleva el dorso de la mano derecha a la nariz para cubrirse del hedor. Ha pasado más de un mes y medio desde el desastre. La noche del 16 de septiembre, una tromba de aguas negras apareció de la nada, inundó las calles sin asfaltar hasta una altura de 80 centímetros y arrasó las milpas de maíz y las viviendas de al menos 70 personas en la comunidad rural de Santa Cruz Chignahuapan, en el municipio mexiquense de Lerma.

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Foto: Israel Fuguemann

Más de 45 días después, las aguas negras siguen estancadas. El aire es irrespirable, sobre todo al caer la noche, cuando el calor del día fermenta las aguas color café cargadas de residuos químicos y desechos de drenaje.

—Más que agua, era como aceite negro lo que entraba a la casa. Olía muy feo —recuerda María, que retoma la plática mientras camina chapoteando por el patio de su vivienda. Viste un grueso mono industrial verde oscuro de una sola pieza, con botas integradas.

El agua pestilente —repleta de moscos y pequeños gusanos— le cubre hasta por arriba de las rodillas. La mujer, de unos 60 años, avanza despacio, cuidando de no tropezar en el fango del que emergen, con cada paso, hilos aceitosos.

Cuando se le pregunta qué ocurrió aquella noche del 16 de septiembre, y cómo un río de aguas contaminadas pudo arrasar parte de la comunidad, se quita la gorra que la protege del sol abrasador del mediodía. Lleva el cabello gris recogido en una cola. Se seca el sudor con el dorso de la mano y se encoge de hombros.

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—Ninguna autoridad nos ha dicho nada —responde con una sonrisa cansada—. Solo nos dijeron que era agua pluvial, de las lluvias, pues. Pero no es cierto. Son aguas negras, aguas con aceite.

Hasta ahora, María solo sabe que, a unos kilómetros, reventó una tubería de drenaje —una ‘chimenea’— por las lluvias intensas de septiembre. Las aguas negras de municipios vecinos como Metepec y Tultepec, que en conjunto suman casi medio millón de habitantes, además de los residuos industriales de fábricas cercanas, terminaron en el pueblo.

Aún así, persisten las dudas sobre cómo se rompió esa ‘chimenea’.

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Foto: Israel Fuguemann

Algunos vecinos aseguran que, ante las intensas lluvias del 14 de septiembre (empezaron ese día, pero el derrame se produjo el 16), el Ayuntamiento de Lerma mandó a dragar el Río Lerma para evitar su desbordamiento, pero, al parecer por el error humano de un operador, se perforó una de las mangueras que conducen residuos industriales y aguas de drenaje.

Otros sostienen que alguien rompió intencionalmente las salidas del drenaje para desviar las aguas sucias hacia la comunidad.

—Tenemos sospechas de que no fue un accidente —advierten algunos vecinos.

A falta de una versión oficial —Animal Político buscó por llamada telefónica al Ayuntamiento, correo electrónico y mensaje por redes sociales, una postura de la autoridad, sin respuesta—, la realidad es que, más de un mes y medio después, las calles de Santa Cruz Chignahuapan están bajo aguas tóxicas. Los campesinos perdieron buena parte de sus cosechas, sus animales y, muchos de ellos, también sus casas.

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—Es imposible vivir así. Nos tienen, literal, viviendo en la mierda —lamenta Luis Gaitán, otro vecino.

La señora María continúa caminando con esfuerzo, hundiendo las botas en el fango, por lo que antes era un enorme patio donde tenía a sus más de 200 gallinas —de las cuales dice que no pudo salvar a unas 80 que murieron ahogadas— y que ahora es una laguna marrón pestilente.

Por la puerta abierta que delimita el acceso a la propiedad entra y sale libremente el agua negra que también inunda la calle y la avenida de tierra que conduce a otras viviendas.

En la fachada de su casa hay tablones apoyados para secarse al sol. Todos los ventanales están abiertos para que se sequen las paredes y se disipe el mal olor. A unos pocos metros de la entrada, sobre un pequeño muro de piedra que rodea un árbol grande, se amontonan costales de arena y varios garrafones de cloro.

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Foto: Israel Fuguemann

El cloro, explica la mujer, es lo que ella y sus vecinos arrojan al agua estancada para tratar de contener los moscos, los gusanos, y también las enormes arañas y serpientes de cascabel que ya han visto serpentear bajo el agua. Además de incómodo, caminar por el patio de su propia casa se ha vuelto peligroso.

—¿Pero un garrafón de cloro para toda esta laguna negra es suficiente? —preguntan los reporteros que la acompañan.

María se detiene y observa las aguas aceitosas. En el lugar solo se escucha piar a los pájaros y el zumbido de los moscos. No responde, pero es evidente que cubrir los miles de metros cúbicos de agua sucia con un garrafón de unos cuantos litros es tarea imposible. Pero, “es lo que hay”, parece decir con un leve encogimiento de hombros.

—¿Y las autoridades municipales? ¿Ya les dieron ayuda?

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La sonrisa leve de María se convierte en una carcajada.

—Les pedimos que nos apoyaran con unas bombas para sacar el agua. Y sí, vino aquí gente del DIF, pero nos ofrecieron una despensa, una jerga, una cubeta y un garrafón de cloro.

—¿Cómo? —pregunta sorprendido uno de los reporteros—. ¿Una jerga y una cubeta para limpiar todo esto?

—Sí, es una burla —responde la mujer, mirando de nuevo la laguna inmóvil de aguas negras—. Les pedimos también unos costales de arena para tratar de contener el agua y que ya no entrara a nuestras casas. Nos dijeron que traerían una camioneta con arena y que nosotros mismos llenáramos los costales. Pero imagínese: aquí somos tres, ¿cuándo íbamos a llenar todos los costales necesarios para contener el agua? Pero, pues al final, ni mandaron la arena, ni los costales.

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Foto: Israel Fuguemann

Nadie se responsabiliza

El señor Paco Díaz también camina por entre las aguas fangosas, equipado con un mono industrial de una sola pieza. Se afana en verter garrafones de cloro sobre el agua estancada. En la comunidad ya ha habido personas enfermas por infecciones estomacales y ahora temen al mosquito, al dengue.

—Lo que pedimos es que la autoridad municipal venga y nos ayude a sacar toda esta agua contaminada. Pero, hasta el momento, casi dos meses después, nadie en el Ayuntamiento se ha responsabilizado de nada. Ni siquiera han venido a darnos razón. La delegada de la comunidad ha metido escritos, pero nadie nos da respuesta. Y esta no fue agua que cayó del cielo por las lluvias —niega tajante—. Esta es agua negra. Alguien rompió la tubería para que cayera aquí.

Al igual que la señora María, Paco tiene gallinas, pollos, conejos, perros, y otros animales. Algunos sobrevivieron —la señora María cuenta que, en cuanto vio llegar el río de aguas negras, trató de subirlos al tejado, aunque no logró salvarlos a todos—, otros murieron ahogados. Los que sí sobrevivieron, relata el señor Paco, “están encerrados en un pedacito de terreno para que no coman nada del lodo y no se enfermen”.

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—Dentro de la casa está imposible, apesta. Las paredes están impregnadas de mierda. Así no se puede vivir.

A unos cuantos metros de la vivienda del señor Paco, por una avenida de tierra inundada, se encuentra la casa del hijo de Luis Gaitán.

El hombre, también de unos 60 años, viste un pantalón de mezclilla y una camisa azul, ambos desgastados por el trabajo en el campo. A un costado de la casa, una milpa de maíz yace completamente enfangada: el cultivo se echó a perder por el agua tóxica.

Frente a la vivienda, donde antes había un terreno de cultivo, ahora se extiende otra laguna negra. Varios gansos se mueven lentamente sobre ella.

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—Ya nadie los quiere —dice el hombre, con la mirada entornada, sentado sobre una improvisada barda de piedra que rodea la laguna—. Todo eso es agua contaminada de las fábricas. Imagínese: nadie se los quiere comer, por miedo a enfermarse.

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Foto: Israel Fuguemann

Luis, que arruga la nariz por la peste, insiste en la exigencia de sus otros vecinos: necesitan bombas para extraer el agua sucia de sus viviendas y cultivos. Y no una, sino varias, porque el volumen de agua contaminada es inmenso.

—Nos vienen a traer una despensa para que nos quedemos callados. Le apuestan a “ya bajará el agua”. Y pues sí, sabemos que va a bajar. ¿Pero cuándo? —se pregunta Luis, mientras vuelve a mirar la laguna inmóvil de aguas negras.

Llega la bomba, casi 2 meses después

Animal Político visitó la comunidad de Santa Cruz Chignahuapan el 30 de octubre. Vecinos cuentan que, días después, el 6 de noviembre, el municipio de Lerma les envió una bomba para extraer las aguas negras.

Una semana más tarde, el nivel del agua comenzó a bajar en algunas viviendas, aunque otras, como la del señor Paco Díaz, continúan inundadas, pues la bomba está sacando agua de una calle aledaña y no se da abasto.

Aunque algo aliviados por la llegada del equipo, los vecinos lamentan que la autoridad municipal haya tardado tanto tiempo en enviarlo. El daño que ocasionó el río de aguas negras a sus casas, campos y animales ya está hecho. Y nadie, hasta ahora, se ha responsabilizado por el vertido tóxico.