“Prendo mi veladora y pido lo que quiero”: San Judas Tadeo, entre el estigma y la devoción

Israel Fuguemann · 28 de octubre de 2025

“Prendo mi veladora y pido lo que quiero”: San Judas Tadeo, entre el estigma y la devoción

Antes de estar tumbado frente al exconvento de San Hipólito, con las piernas extendidas y el rostro hacia el sol, Iván Torres había caminado por más de diez horas durante la madrugada. Su peregrinación desde Nicolás Romero, en el Estado de México, hacia el centro de la ciudad, fue para llegar a la casa de su “padre”, como él llama a San Judas Tadeo.

Hoy, miles de personas más, como él, acuden al “santo de las causas difíciles” para refrendar su devoción en un caótico y multitudinario acto de fe y folclore.

Durante su trayecto, el hombre joven, de piel pegada al hueso, que viste jeans, chaleco y gorra roja, tuvo tiempo suficiente para rememorar los episodios más amargos de su vida: la muerte de dos esposas, varios atentados en su contra y un largo historial de adicciones. Para Iván, a quien apodan “El Frijol”, tener una hija sana y seguir con vida a sus veinticinco años es un milagro, un favor que su “San Juditas” le ha regalado. Por eso, cada 28 de octubre, desde hace un lustro, repite la misma procesión: treinta kilómetros desde su barrio hasta el altar.

“Prendo mi veladora y pido lo que quiero”: San Judas Tadeo, entre el estigma y la devoción
Foto: Israel Fuguemann

En medio de ese inmenso desfile de personas disfrazadas de apóstoles, puestos ambulantes de comida y souvenirs religiosos, donde cientos se apretujan unos contra otros buscando acceder al templo, Iván descansa junto a su San Judas: una figura de cerámica de apenas treinta centímetros, adornada con un puñado de collares multicolores.

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Cuando se le preguntó desde hace cuánto tiempo es devoto, “El Frijol” asoma una sonrisa, como quien recuerda una travesura.

“Yo soy devoto desde los diez años, la misma edad en que comencé a drogarme. Fue justo un 27 de octubre, en una peregrinación de San Juditas. Iba con la banda e inhalé mi primera “mona”. Lo recuerdo bien: ese día volé, y desde entonces no pude parar. Primero fue el activo y luego la piedra, hasta hace dos años, que dejé todo el vicio”.

En ese otro peregrinar de la vida, Iván —quien no se arrepiente del todo— acepta que todas esas cosas que hizo y le tocó vivir fueron necesarias para convertirse en la persona que es hoy: “un padre orgulloso de tener una hija sana y regordeta” y un hombre rehabilitado que sigue adelante.

Según él, en eso radica la fuerza y el poder milagroso de San Judas Tadeo, que no hace distinción entre las personas, ni por su raza, ni por su condición social, y menos por los “pecados o crímenes que hayan cometido”.

El Estigma

No es casualidad que el número de devotos a la figura de un santo cuyo nombre está asociado al del traidor de Jesucristo, y sobre el cual recae el estigma del “olvidado”, haya tomado fuerza, sobre todo en los sectores más pobres y vulnerables de la sociedad.

Para Jorge Traslosheros, historiador de la Iglesia del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, que en los últimos cuarenta años México haya sufrido recurrentes crisis económicas y sociales —cuyos resultados son desempleo, pobreza, violencia y una sensación de abandono— está directamente relacionado con que la gente, en su afán de superar estos estragos, haya encontrado en San Judas Tadeo un alivio.

“Prendo mi veladora y pido lo que quiero”: San Judas Tadeo, entre el estigma y la devoción
Foto: Israel Fuguemann

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A pesar de que en diversas ocasiones la devoción al patrón de los casos difíciles y desesperados ha sido relacionada con algunos cultos como el de Jesús Malverde o la Santa Muerte, la componente de su talante religioso es distinta. La del apóstol San Judas, explica el historiador, “no es un refugio, pero sí una batalla: una que busca salir adelante, salvarse del pecado y continuar, como la de los jóvenes que luchan contra las adicciones o de las personas que intentan escapar de la pobreza”.

Para la Iglesia católica, que reprueba y rechaza abiertamente que la figura de Judas Tadeo —el primo hermano de Jesús— esté vinculada con la creencia religiosa de la delincuencia o el crimen organizado, “no hay ninguna relación; más bien se trata de una distorsión de la información”, afirman voceros eclesiásticos.
En un país como México, con 97 millones de católicos —lo que representa alrededor del 77% de su población, según el censo de 2020—, el poder de convocatoria de este santo ha creado alrededor de él un modelo sui generis, que va desde sus fieles hasta un mercado religioso propio.

La Devoción

Georgina, de 57 años, no bebe, no fuma, nunca se ha drogado y su fervor por San Judas Tadeo se remonta por lo menos cuatro décadas atrás, cuando su madre cayó en coma por más de un año, a causa de una diabetes mal controlada. En aquel momento los pronósticos médicos eran poco alentadores, pero su madre —que siempre había sido creyente de “San Juditas”— les había heredado la fe por el “intercesor”. Entonces se encomendaron a él y rezaron con fuerza y fervor. Fue así que se hizo el milagro: su madre despertó. La escena la recuerda como si apenas hubiese pasado un suspiro.

Originaria de una familia humilde de Nueva Italia, Michoacán, Georgina emigró al entonces Distrito Federal porque sus padres dejaron el campo para aventurarse a las oportunidades que la ciudad ofrecía. En aquel entonces —recuerda— ni su pueblo era tan peligroso ni la ciudad tan caótica. Pero todo ha cambiado, incluso la forma de rezar.

“Antes la gente era más respetuosa y no se discriminaba por adorar a un santo”.

“Prendo mi veladora y pido lo que quiero”: San Judas Tadeo, entre el estigma y la devoción
Foto: Israel Fuguemann

“Yo no sé qué le pasa a la gente ahora. Todos llevan mucha prisa, ya nadie se respeta. Ahora que venía en el metro, un señor me empujó y me dijo: ‘Quite esa chingadera’. Era mi San Judas de madera, el que traje desde Chiconautla. Imagínese, si eso le dice a un santo, ¿qué se pueden esperar de las personas?”

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Aferrada con una mano a la figura de su santo, Georgina está a tan solo unos metros de ingresar al templo, luego de una espera de dos horas bajo los rayos inclementes del sol del mediodía. De su otra mano cuelga una bolsa con dos veladoras y un gran cirio, cada uno para una petición distinta; la más grande, “un favor especial para su pareja”, quien cada año la acompaña y lleva casi diez años sin poder ver a sus dos hijos.
Según Georgina, no importa cuánto tiempo tarde: “el milagro siempre llega si se pide con el corazón”.

—¿Cómo es el ritual cuando entras?

“Yo lo primero que hago es arrodillarme y persignarme, luego prendo mi veladora y mi cirio, y pido lo que quiero. Después me acerco al altar y allí rezo. Lo malo es que, con tanta gente, el tiempo es poco, pero no importa. Lo importante es estar allí, no fallar”.

Este año se espera que el flujo de personas sea como el del anterior, alrededor de 90 mil.  Mientras los fieles como Iván y Georgina acuden al templo, las autoridades montaron un operativo que cada año crece.

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Foto: Israel Fuguemann

De acuerdo con la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC), participaron más de mil elementos para controlar los accesos, evitar riñas y regular el comercio ambulante.

Aun así, la mezcla de devoción y marginalidad hace de este día un desafío para la ciudad.