Redacción Animal Político · 28 de noviembre de 2025
A los 78 años, Matías López murió en situación de calle. Sus últimos días los pasó en la zona de Tlatelolco, en la Ciudad de México, donde conoció a Silvia Romero, una vecina que luchó por recuperar su cuerpo después de que falleció en junio pasado, para darle un final digno.
“Tuve el apoyo de la asociación El Caracol. Yo le decía a Dios que le prometí al señor Matías darle un lugar dónde vivir, pero no pude dárselo en vida… me puso en contacto con gente que me ayudó a darle una sepultura digna, con la cooperación de otros vecinos de Tlatelolco”, contó Silvia.
Entre enfermedades, accidentes, homicidios y suicidios, desde 2014 se han documentado 6 mil 41 muertes, de las cuales el 78 % ocurrió en los últimos cinco años, de acuerdo con datos documentados con la campaña ‘Chiras pelas, calacas flacas‘, realizada anualmente desde hace 22 años por El Caracol.

Matías fue uno de ellos. De acuerdo con el diagnóstico médico que le dieron a Silvia, quien lo acompañó al hospital cuando lo vio mal de salud, tenía neumonía y padecía leucemia, por lo que no se pudo salvar su vida; sin embargo, a diferencia de la mayoría de las personas que fallecen en situación de calle, en este caso hubo una “familia social” que pudo evitar que terminara en una fosa común.
Susana vivió varios años en la calle, donde conoció a Paco, un hombre al que sus hijos identificaban como su tío, quien falleció en calidad de desconocido, sin que se supiera cuál fue la razón. Tiempo después de su muerte, se enteró de que su cuerpo había sido donado a una universidad, “para estudiarlo como si fuera conejillo de indias”.
“Entonces yo pensé, si tiene familia social, si tiene seres queridos, devuélvanlo, ¿no? Quienes vivimos y convivimos con él queríamos enterrarlo y llorarle. Además teníamos la preocupación de que nos pudiera pasar lo mismo el día de mañana”, señaló. Por ello, con apoyo de El Caracol, emprendió la misión de reclamarlo, y aunque fue difícil porque no tenían sus documentos de identidad, lo consiguió.
De acuerdo con el registro de ‘Chiras pelas, calacas flacas’, la esperanza de vida de las poblaciones callejeras en México es de 45 años, tres décadas menos que el promedio de las personas que no se encuentran en esa situación.
El 78 % fallece sin ser identificado, y al no ser reclamados pueden tener como destino las universidades, como ocurrió con Paco, o la fosa común. Además, en el 67 % de los casos no se llega a saber su causa de muerte.
Entre lágrimas, Susana recordó a Paco durante la presentación de los datos de la campaña, y desde las oficinas del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México hizo un llamado a las instituciones de gobierno para detener las acciones de limpieza social, “y que no sólo respeten nuestros derechos de ser reconocidos ya muertos, sino que nos respeten en vida para no llegar a la muerte”.
“Sea cual sea la condición en que estemos, donde estemos y con quien estemos, que tengamos una salud digna, que no nos discriminen cuando vamos a pedir ayuda, cuando queremos que nuestros hijos entren a la escuela, cuando vamos a pedir trabajo o a rentar una vivienda. Eso debería ser lo más importante para que no se llegue a una muerte en calle”, planteó.

En lo que va del presente año, la asociación encontró que 758 personas de poblaciones callejeras han ocurrido en el país, de las cuales 565 (74 %) no pudieron identificarse.
De ellas, 335 murieron en la vía pública, y solo 16 (el 2.24 %) falleció en un hospital. En el resto de los casos no hubo información del lugar en el que perdieron la vida, lo que para El Caracol es una muestra de que “las personas callejeras mueren lejos del sistema de salud y cerca del abandono”.
La mayoría de las muertes eran prevenibles: 71 ocurrieron por enfermedades tratables, 21 por hipokalemia (nivel bajo de potasio en la sangre), 14 por deshidratación y 21 por hipotermia.
Sin embargo, también se pudo observar que un buen número de ellas reflejan las violencias extremas ante las que están vulnerables las poblaciones callejeras: 34 fueron homicidios, 19 murieron calcinadas, 14 por riñas y 72 en accidentes de tránsito.
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Las entidades en las que se identificaron más casos de estos fallecimientos son la Ciudad de México (137), Jalisco (46), Puebla (25), Nuevo León (19), Chihuahua (18) y el Estado de México (18).
“Lo que vemos es solo la punta del iceberg”, subrayó Alexia Moreno, coordinadora ejecutiva del Caracol, ya que gracias a una investigación realizada por José Bucio, maestro en Estudios Urbanos, se estima que por cada muerte de una persona en situación de calle, ocurren otras nueve de las que no se tiene información.
Bucio, por su parte, enfatizó que este “es un problema muy grave y debe de haber esfuerzos no sólo por parte de las ONG, sino también de las instituciones públicas para que esto deje de ser así, y sobre todo, para no enfocarnos tanto en la muerte, sino en la prevención y en todas las estrategias para que las personas puedan tener mejores condiciones y no lleguen a este conteo”.

Al terminar el foro en el que fueron presentados los datos, integrantes de El Caracol enfatizaron que “la resistencia no es un concepto abstracto, sino una práctica diaria que se construye desde la dignidad, la memoria y la supervivencia frente a múltiples formas de violencia y exclusión“.
“Hablar de resistencia también es hablar de esperanza, de posibilidad y de la convicción de que otras formas de habitar la ciudad son posibles cuando colocamos en el centro la dignidad”, agregaron.
De cara al mundial de futbol de 2026, que tendrá como una de sus sedes la Ciudad de México, los activistas se dijeron preocupados de que puedan aumentar las acciones de limpieza social por parte de autoridades, por lo que anunciaron que se mantendrán atentos.