Edgar Ledesma y Dalila Sarabia · 12 de junio de 2026
Tras días de dudas, declaraciones ambiguas y mensajes cruzados sobre si el Fan Fest del Zócalo abriría o no, debido a la presencia de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en el Centro Histórico, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, salió el jueves a las 8:00 horas a confirmar que la fiesta mundialista en el corazón de la capital, sí se llevaría a cabo.
Sin embargo, para ese momento, el anuncio ya significaba poco: desde muy temprano, cientos de turistas nacionales y extranjeros ya abarrotaban las principales calles de acceso a la Plaza de la Constitución —algunos por miedo a quedarse fuera, otros por la ansiedad de ver a México en el primer partido del Mundial 2026— casi todos con la verde puesta.

En las calles Madero, 16 de Septiembre y 5 de Febrero, los aficionados avanzaron sin mayor problema, entre las carpas donde han pernoctado en las últimas noches, decenas de maestras y maestros que exigen hablar con la presidenta Claudia Sheinbaum. Esquivaron puestos ambulantes y policías, vendedores y curiosos, como si el plantón fuera ya parte del paisaje de una ciudad que decidió recibir la inauguración del Mundial entre protestas, obras inconclusas, accesos cerrados, vallas, dudas y una organización que nunca terminó de quedar clara.
Más adelante apareció una muralla; vallas de más de dos metros de altura que impedían el libre paso hacia el Fan Fest, una fila que dejó de ser fila y se convirtió en empujón, reclamo, calor y desesperación. Mientras que algunos aficionados comenzaron a gritar “¡Si nos organizamos, entramos todos!”, los policías no sabían qué hacer y trabajadores del gobierno de la Ciudad de México pedían a los visitantes caminar hacia 20 de Noviembre, aunque muchos turistas no entendían dónde era, si ése era el acceso correcto, si todavía podían entrar o si después de horas de espera ya se iban a quedar afuera.
El ingreso de una persona y luego de otra, terminó por romper el orden y desatar el caos. Ya no hubo más por hacer. La policía se vio rebasada y cientos de aficionados lograron entrar entre empujones, gritos, brazos levantados y celulares grabando la escena. Apenas habían ganado una batalla, pues aún les faltaba sortear otra muralla para acceder a la plancha del Zócalo.
En el cruce de 16 de septiembre y 5 de febrero el gentío se arremolinó de tal manera que Javier Hidalgo, director de los Pilares en la Ciudad de México, con todo y sus muletas —después de que le amputaron una pierna a causa del cáncer— tuvo que salir y solicitar ayuda para subirse a un bolardo a fin de pedir paciencia y orden a los asistentes.
“A las 10:00 se van a abrir todas las puertas”, gritaba el funcionario que era sostenido por dos colaboradores. “Caminen a los otros accesos”, insistía.
A las 09:59 horas, sin importar lo que el funcionario gritaba, tres elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) se abrieron paso entre la multitud y pidieron a quienes custodiaban la puerta que la abrieran. Entonces, como si su vida dependiera de eso, cientos de personas se apretujaron para entrar.

Antes del primer gol de México, la afición tuvo que meter el suyo, abrirse paso entre el desorden, ganarle a la improvisación, atravesar una ciudad cercada para llegar a una plaza que se anunciaba como fiesta, pero que en los accesos se vivía como prueba de resistencia, con playeras verdes, sombreros, banderas y caras pintadas tratando de avanzar mientras afuera seguían las carpas de la CNTE, los filtros, las dudas y la falta de información.
El Mundial llegó a México, un país cansado, con inseguridad, desaparecidos, manifestaciones, plantones, obras del Metro inconclusas, un puente elevado entregado con retrasos y todavía con pendientes, pero este jueves, por unas horas, la gente decidió salir igual, ponerse la camiseta de la Selección Nacional, caminar hacia el Centro Histórico y buscar un lugar frente a la pantalla gigante.
Adentro, el caos de los accesos se transformó en una marea verde, un hombre posaba con la cara pintada de tricolor y un sombrero cargado de adornos mundialistas, otro caminaba con un penacho enorme, lentes azules y la playera de México, familias enteras buscaban un hueco entre la multitud, niños iban en hombros, turistas grababan todo, los celulares apuntaban a la pantalla y el Zócalo parecía, ahora sí, un estadio sin gradas.
La bandera monumental ondeaba al fondo. El Palacio Nacional quedaba detrás de la fiesta y la pantalla gigante concentraba todas las miradas, por un momento ya no importaba si se había entrado por Madero, por 20 de Noviembre o a empujones después de una valla, tampoco importaban los anuncios tardíos, la mala señalización o el operativo rebasado. La gente ya estaba dentro y eso, en la lógica del día, era suficiente.
En tanto comenzaba la ceremonia de inauguración, los asistentes debieron lidiar —ahora— con una batalla mercantil: ¿tenían sed?, ¿querían comprar una botana?, claro que podían hacerlo, pero antes debían adquirir una tarjeta con un costo de 20 pesos y abonar el dinero que estimaban gastar en la jornada.
¿Un refresco?, 120 pesos; ¿una botella de agua de medio litro?, 90 pesos.
¿Cuánto dinero quedó abonado en esos plásticos sin que fuera utilizado? Un misterio.

Cuando cayó el primer gol, el Zócalo explotó como si el grito hubiera salido también desde el Estadio Ciudad de México que durante décadas el país conoció simplemente como el Azteca, la gente brincó, levantó los brazos, se abrazó con desconocidos, agitó banderas, gritó México y grabó el momento con el celular, el portazo quedó atrás por unos minutos, enterrado bajo el ruido de una plaza que necesitaba celebrar algo.
Después llegó otro gol y con él otro estallido, otro respiro, otra pausa para un país que casi nunca puede festejar sin que algo lo alcance. Mientras, en las inmediaciones del Estadio Ciudad de México se asomaba la realidad del país, las marchas, los conflictos, las consignas, las demandas, los bloqueos y las manifestaciones: por momentos la plancha del Zócalo se convirtió en una extensión de ese estadio que durante décadas fue el templo de la Selección Mexicana.
🇲🇽 Así fue la celebración del primer gol de @miseleccionmx en el Fan Festival del Zócalo capitalino.
El marcador fue abierto por Julián Andrés Quiñones al minuto 8.
📹: @ledesma13 y Especial pic.twitter.com/HrMq31eWuF
— Animal Político (@Pajaropolitico) June 11, 2026
Ahí, frente a la pantalla gigante, pasó algo parecido a lo que ocurre con el equipo nacional, donde no todos los jugadores vienen del mismo club, pero todos juegan con la misma camiseta. En la plaza tampoco importó demasiado de dónde venía cada quien, si era turista europeo, asiático, centroamericano o sudamericano, si era capitalino o visitante. Por un momento todos fueron de un mismo equipo.
No hubo fifís ni chairos, no hubo polarización, no hubo bandos, sólo una marea verde que gritó los goles como desahogo y como tregua, pero sobre todo como una forma de unión en un país que casi siempre encuentra razones para dividirse. Los turistas celebraban, sí, pero los mexicanos parecían disfrutarlo distinto, con más fuerza, como si cada gol no sólo entrara en la portería, sino también en una necesidad colectiva de respirar, abrazarse y sentirse parte de algo que no fuera el enojo, el miedo o el cansancio.
El Fan Fest terminó por convertirse en lo que el gobierno no logró ordenar desde el principio, una fiesta popular, masiva, desbordada, con turistas y capitalinos cantando juntos, con la verde como uniforme común, con el futbol como pretexto para olvidar por un rato la ciudad cercada, los retrasos, las protestas y las obras a medias.
Pero la postal completa no fue sólo euforia, el Mundial 2026 arrancó en la Ciudad de México entre la celebración y el desorden, entre la verde y las vallas, entre el orgullo de ser sede y la evidencia de una organización improvisada, la imagen del día no fue solo el gol de México, sino la gente abriéndose paso para llegar al Zócalo, como si antes de gritar por la Selección hubiera tenido que ganarle, también, a la ciudad.