Marcela Nochebuena · 25 de junio de 2025
Un recuerdo claro para Maribel de cuando su padre comenzaba a impulsar el Grupo Tortuguero de Bahía de Kino era cómo, en un principio, le pedía que no se involucrara y eso la hacía pelear con sus hermanos. A su mamá siempre le dio miedo bucear, y en consecuencia, su familia tenía temor de que a la única hija mujer le pasara algo.
“Pero yo siempre fui bien atrabancada”, defiende ahora. Por eso le molestaba y reclamaba que sus hermanos tuvieran la oportunidad de participar, y ella no. “Tú eres mujer”, recibía por respuesta. Era una pelea constante con Cosme, su papá y fundador del grupo. Maribel se aferró una y otra vez.
Un día, fueron a la isla del Tiburón a acampar, y a pescar langosta y almeja. Había mucha marejada y viento. Su papá animó al mayor de sus hermanos: “Sobres, Cono, tírate”. Al joven le daba miedo, por el lugar, el estado del tiempo y las olas. “No, pá, que se tire el Sebas”, respondió el hijo mayor; el menor reviraba al contrario, ‘echándole la bolita’. “Es mi momento de brillar”, pensó Maribel.
Lee | Una cooperativa busca repoblar el callo de hacha y restaurar el Mar de Cortés desde Bahía de Kino
“Miraba la situación, la panga se hacía así (hacia los lados), y con un nudo en la garganta de ese miedo que tenía, pero algo me decía ‘tú puedes, tú tienes que ser la que se tire, es tu momento para demostrarle a tu papá que tú puedes”, relata. Para entonces, ella todavía no tenía aletas, visor o snorkel. Los hombres se habían ganado primero ese privilegio.

Agarró los que vio más cerca y se tiró antes que sus hermanos. Lo hizo con miedo, pero al caer al fondo del agua, sintió una calma de otro mundo. “Miraba para arriba y se miraba un desmadre; ‘pues a lo que vine’, dije, me fui a las piedras, estuve buscando y voy viendo un puño de langosta, y me metí abajo de la piedra, y ahí voy como Harry Potter en el agua, con la langosta”, recuerda.
“La Mari agarró una”, reconocieron sus hermanos, y se tiraron detrás de ella. Para el siguiente viaje, se había ganado su lugar y su propio lonche en la panga, además de su equipo. A los 12 años se puso por primera vez el traje de neopreno y usando un regulador que permanece en la lancha, del que se desprende una manguera que provee el oxígeno, bajó a bucear. “Me gané mi lugarcito en la banda”, dice.
Ahora es la coordinadora de “la banda”, y es el propio Cosme quien pide que ella explique la metodología para el monitoreo y medición de las tortugas. Frente a una lancha donde una mañana se han sacado del mar a cuatro ejemplares, Maribel es la que muestra cómo se registra su tamaño y peso, qué otros detalles hay que tener presentes, y cuáles son los pasos restantes antes de devolverlas al mar.
Ella misma cuenta cómo se dio la incorporación de las mujeres al proyecto tortuguero, una de las iniciativas centrales de conservación en Bahía de Kino, Sonora. En 2013 empezó a surgir el requisito de que las mujeres también estuvieran representadas en las organizaciones, y fue así como su mamá, su tía y otras chicas se incorporaron a la labor de conservación de las tortugas.
“Yo estuve colaborando con ellos, aprendiendo desde cero, mirando a mi papá la dedicación que le daba a las tortugas; yo quería ser parte de esa emoción, ese motivo que levantaba en las mañanas a mi papá, oscuro, el clima helado… Se levantaba para ir a hacer los monitoreos, la chispa que se le miraba en sus ojos a mi papá yo quería tenerla también, todo ese conocimiento que él tenía de las tortugas quería ayudarle para dar información, entonces me empecé a involucrar en la conservación de las tortugas marinas, y hasta ahora ya soy la coordinadora del grupo, muy orgullosa”, remarca.
Lee más | Las mujeres mexicanas que protegen al amenazado callo de hacha
Maribel no es el único ejemplo de cómo la mirada de las mujeres ha cambiado el rostro de los proyectos de conservación y restauración en Bahía de Kino, un poblado a 107 kilómetros de la capital sonorense, Hermosillo, que enfrenta muchas afectaciones a sus océanos, pero donde la comunidad ha tomado la batuta para sortearlas.

Los años que se dejan ver en la expresión de doña Delfina son proporcionales a la energía que sigue teniendo para trabajar en devolver algo de su riqueza a los océanos. A ella también le dijeron que las mujeres no podían. A veces todavía enfrenta la resistencia de su marido, pero su determinación es más grande.
Antes de ser formalmente una Mujer del Mar de Cortés, cuenta que su interés por la conservación empezó viendo cómo se iban agotando los recursos naturales marinos sin poder hacer nada. Una persona que trabajaba con la Conagua invitó a su esposo a una reunión, y él le pidió acompañarlo.
“La plática era para los hombres, los pescadores; ya estando ahí comencé a ver que no había ninguna mujer, no hallaba dónde ponerme con mi esposo. Se acercó el muchacho, yo creo que miró la timidez de mi esposo y me dice: ‘Oiga, Delfina, ¿no quiere formar un grupo?’ Yo volteé así:
–¿Un grupo de qué?
–De promotores.
–¿Promotores? ¿Qué es eso?– cuestionó Delfina.
Le explicó en qué consistía y ella le preguntó a su esposo si la dejaría. Él accedió. A partir de ahí, le dio forma a un proyecto para ingresarlo a la Comisión Nacional de Áreas Protegidas, obtuvo el apoyo y se dio a la tarea de buscar a más mujeres que fueran esposas de pescadores. En total, eran cinco, con sus maridos, que empezaron a recibir capacitaciones todo el día sobre legislación, educación, organización, género y otras.
La idea era que fueran aptas para dar, a su vez, pláticas a otros pescadores. “Ya de ahí comenzamos a trabajar con una campaña que se llamaba Mi campaña por la mejor pesca. Entonces, ya nos dimos a la tarea de trabajar, y con todo le entramos… Nosotros íbamos a hablarle a los pescadores de que respetaran la veda, de que cuidaran las especies enhuevadas, y qué pasaba si sacaban cuando estaban en veda”, cuenta doña Delfina.
Lee también | Colectiva de mujeres pescadoras de almeja: llamado para todos los superhéroes
Muchos las rechazaron al principio. “Mira, ahí vienen las ‘aguamalas”, les decían, pero no se rindieron. Pescador por pescador, continuaron con las pláticas en la playa, advirtiendo que un día se acabarían los recursos. Poco después, muchos de ellos dejaron de varar en la playa.
Las ecoeducadoras, entonces, compraron un megáfono para ir por las calles. “Yo me encargaba de hablar recio; toda la gente salía y a toda la gente le dábamos las pláticas”, además de promover “cinitos comunitarios” para que las infancias aprendieran de la conservación de los recursos. Doña Delfina recuerda la importancia de concientizar a una comunidad en la que el 75 % de los habitantes se dedica a la pesca.
Como nativa de Bahía de Kino, ella está consciente de que también pudo haber contribuido, directa o indirectamente, a que los recursos se hubieran empezado a agotar, por lo que considera que hoy sus esfuerzos son una manera de ayudar a su comunidad para construir un entorno saludable. “Sin recursos naturales, en el mar no hay vida, ¿de qué nos sirve un mar sin vida?”, cuestiona.
“Aquí vamos a estar; mientras ustedes no entiendan, aquí vamos a estar”, adelanta doña Delfina, con ese tesón que se advierte desde su porte y su tono de voz.

La cooperativa Mujeres del Mar de Cortés, como se formalizó con el tiempo el proyecto de doña Delfina, trabaja en el repoblamiento de la almeja arrocera en Bahía de Kino. Cada vez que las cosechan a mano en el estero, cuya superficie es de un gris pantanoso e inestable, deben iniciar su caminata con botas impermeables o zapatos acuáticos. A las chanclas sin suficiente agarre, los tenis o el calzado ligero se los “chupa” el humedal.
Apenas al pisar y hundirse los pies, las conchas de las almejas se sienten en las plantas. A quienes lo hacen por primera vez, las mujeres les recomiendan llevar todo guardado, porque es fácil resbalar. Los pasos tienen que ser firmes para vencer el terreno, como han sido los de ellas para sacar adelante esa cooperativa en un entorno dominado por la presencia masculina.
Te puede interesar | Cambio climático, crisis para el sector pesquero: pérdida de especies, pesca ilegal y ecosistemas destruidos, las consecuencias
La caminata se alarga hasta un punto donde una vara marca la zona de siembra. Entonces, colocan en el humedal una estructura tubular blanca cuadrada. Esa es el área que van a raspar para sacar a la superficie las almejas. Lo hacen con la ayuda de un rastrillo, como los de jardinería. Raspan una, dos, tres veces, hasta que las conchas se asoman a la superficie. Las recogen con las manos y las apartan en un carrito que una de ellas fue jalando sobre ese mismo terreno pantanoso.
Desde que se preparan para una vuelta más de cosecha, bromean asegurando que con el ejercicio que hacen para mantenerse en pie y caminar sobre el estero, ya no es necesario ir al gimnasio. Cada tanto, cuando sopla el viento, el olor a marisco inunda el aire. Ellas ya tienen práctica, de tantas veces que han sacado almeja, pero advierten que de todos modos, siempre hay que estar alerta de los riesgos: perder el equilibrio y caer, o que la marea suba y sea imposible salir.
Cada vez que van, organizan desde el día previo sus bitácoras y equipo. Llegan al área y entran hasta donde marca la vara: ahí inicia la siembra. Ahí hacen monitoreo por cuadrantes. Sacan la almeja, la llevan a la orilla, seleccionan algunas al azar, hacen sus biometrías, apuntan el peso y la talla que calculan con un vernier y una báscula, y elaboran una bitácora de vigilancia, donde anotan todo lo que observan desde el momento en que llegaron.

Entre 25 y 30 almejas salen por cuadrante. Como ejemplo cuentan que, recientemente, entre cuatro mujeres sacaron unas tres cubetas en un día. Antes, Delfina ha explicado, frente a una mesa de mantel azul, instrumentos, algunos platillos preparados con almeja y unas cuantas flores, cómo la asociación COBI (Comunidad y Biodiversidad) les ayudó a plantear el proyecto, ahora parte de la iniciativa Innovación Azul, financiada también por la Agencia Francesa de Desarrollo.
Lee | Estas especies habitan en el Mar de Cortés, la zona en donde Grupo México derramó acido sulfúrico
El objetivo es repoblar la laguna La Cruz con esa especie en peligro de extinción. Varias familias han dependido de ella económicamente, y estaba a punto de desaparecer. En 2018 empezaron a trabajar, pero las raíces de las Mujeres del Mar de Cortés con el océano son más profundas.
La mayoría es hija de familias almejeras. Sus mamás o papás las llevaban desde niñas al estero, y con la venta de almejas las sacaron adelante. Ahora están convencidas de devolver un poco de lo que el mar les dio mientras crecían. Conscientes de que la sobreexplotación, el cambio climático y la contaminación fueron poniendo en riesgo a las especies, piensan heredar a sus hijas esa nueva mirada de conservación y restauración.
Félix Guadalupe, por ejemplo, dice que las fundadoras ya están “un poquito mayores”, entre los 50 y 60 años de edad, por lo que se les complica el aspecto digital. Así empezaron a integrar a sus hijas. “Yo a Julia todo el tiempo la traje porque no pertenecía nada más al grupo de la cooperativa, también hacíamos exóticos, lagartijas… Fui enamorando a mi hija de todos estos proyectos, y a ella le gusta lo que hace”, cuenta.
No todo fue fácil. Enfrentaron muchos obstáculos como mujeres, en primer lugar para entrar en el rol de las demás cooperativas, todas de hombres. Las malmiraban, no las invitaban o las dejaban a un lado. Batallaron mucho porque el primer reto lo tuvieron en su propia comunidad en Bahía de Kino, dice Guadalupe. Ahora ya no hay tanto rechazo, y se les toma más en cuenta. Cuando la cooperativa inició eran seis, y hoy son 10.
Todas tuvieron que alzar la voz, y reclamar su turno y su derecho a participar en el trabajo comunitario, fuera de las paredes del hogar, al que se les relegaba. La labor que ahora hacen no se acabará en esta generación. Julia también busca continuar la tradición: “Quiero que mi bebé conozca la especie, que sepa que su mamá ayudó a rescatar esta especie; de hecho, ya lo he traído y miro la emoción cuando agarra una almejita, yo me emociono mucho más que él”, asegura.
Sabe que ella no enfrenta tantos retos como la generación de su mamá, aunque a pesar de los pasos firmes, no todo el terreno está ganado: “Más que nada la discriminación de las personas, que siempre nos dicen que por ser mujeres, o las ‘ecolocas’ nos dicen mucho; al principio sí se hacía difícil, pero ahorita siento que ya la gente es más flexible, está aprendiendo, está cambiando el chip, decimos nosotras, porque ya no lo sentimos tanto; o a lo mejor ya nos adaptamos a escucharlo siempre”, afirma Julia entre la duda y la resignación.

Doña Delfina está convencida de que sus aportaciones han sido muy valiosas en la conservación, porque está contribuyendo al repoblamiento de la almeja arrocera en el humedal y al mismo tiempo a la economía local. También tiene la certeza de que los productos sí se pueden extraer, pero con una buena práctica, comenzando por las especies que estaban o están en peligro de extinción. En eso, la participación de las mujeres es muy importante, sostiene.
“La mujer muchas veces hace lo que el hombre no puede hacer, o no quiere hacer. Suponiendo, aquí hay congeladoras, procesadoras donde se procesa la jaiba. La mayoría de quienes trabajan ahí son mujeres; un hombre va y trae el producto, lo entrega y hasta ahí, se deslinda de responsabilidades, pero quién es la que hace el procesamiento de esa especie: la mujer, que está muy involucrada en el sector pesquero; hay mujeres que han sido un apoyo para el beneficio de las comunidades, de las cooperativas, del sector, es muy importante el rol de la mujer en la pesca”, dice. Tal como el de ella.