Marcela Nochebuena · 19 de febrero de 2026
A 20 años de la explosión en la mina Pasta de Conchos, en Coahuila, donde murieron 65 trabajadores, las familias mantienen la misma exigencia: que se recuperen los 38 cuerpos que faltan y se les garantice el acceso a la verdad. Así lo subrayan en entrevista Elvira Martínez Espinosa, viuda de Jorge Bladimir Muñoz Delgado, y Tania Yesenia Muñoz Martínez, su hija. Consideran que, desde que comenzó la recuperación de los cuerpos, viven el momento más intenso de su lucha. Hasta ahora 25 han sido recuperados, 23 de ellos entregados y dos en proceso de identificación. Aún faltan 38, incluido Jorge Bladimir.
“Es increíble que tuvo que pasar todo este tiempo para ver lo que nosotros siempre pedíamos desde un principio”, lamenta Elvira. Si lo hubieran hecho desde aquel entonces, dice, hubiera sido menos difícil que ahora, porque las condiciones al interior de la mina se van deteriorando con el paso del tiempo.

Para las familias, solamente era cuestión de voluntad, porque técnicamente siempre fue viable. Ahora que el rescate sigue en marcha, han constatado que se trata de trabajos difíciles que deben hacerse con mucho cuidado, pero pudieron comenzar desde hace dos décadas.
Fue a partir de 2024, durante la administración de Andrés Manuel López Obrador, que empezaron los trabajos para recuperar los cuerpos. A mediados de junio de ese año, se encontró primero a José Alfredo Ordóñez Martínez, un proceso de identificación que tardó alrededor de 30 días.
Eso quiere decir que, en menos de dos años, han ocurrido muchos más hallazgos que en 18 años de parálisis. Elvira señala que se debe también a que una vez que se iniciaron las labores, se logró llegar a un área donde los trabajadores de la mina tenían que estar agrupados, lo que aceleró el ritmo de las recuperaciones.
Recuerda que en 2006, luego de la explosión en febrero, se recuperó un primer cuerpo en junio, por parte de Grupo México, propietario de la mina, y luego en diciembre uno más, pero para abril de 2007 se suspendieron los esfuerzos pretextando el riesgo.
“No hallábamos la lógica del porqué ya no —cuenta Elvira—, si ya había resultados. Las familias lo primero que pensamos fue ‘algo quieren ocultar’, por qué esta negación; ya cuando vemos que va pasando el tiempo, del gobierno federal vemos cierta protección hacia la empresa, hacia los intereses económicos, porque decían que iban a hacer una inversión muy grande. Era invertir en algo no redituable”, apunta.
La pregunta respecto al porqué de la parálisis permaneció siempre entre las familias. Hoy sostienen que se quiso ocultar una verdad. Tania agrega que a eso se sumaron las versiones no confirmadas que se difundieron en torno a que los mineros estaban calcinados por las altas temperaturas, y que no se hallaría nada.
La sorpresa fue que los dos cuerpos que se encontraron primero no tenían rastros de quemaduras: esos mineros murieron por aplastamiento. Aunque la versión falsa se cayó y se propagaron otras intrigas, la empresa y el gobierno se empeñaron en evitar que más pruebas salieran a la luz, quizá por la posibilidad de que se confirmara negligencia en las condiciones de seguridad, dice la hija de Jorge Bladimir.

Comenzar a recuperar los cuerpos de los mineros 20 años después no solo es distinto y más complejo por los cambios físicos que pudo sufrir la mina o la zona, sino que esas alteraciones pueden implicar diferencias importantes en las pruebas que logren recabarse, lo que, en consecuencia, dificulta conocer la verdad sobre lo ocurrido.
Elvira dice que hay familias cuya exigencia de justicia sigue siendo que se finquen responsabilidades penales, particularmente en torno a Grupo México y Germán Larrea. Para otras, como la de ella, lo primordial es más bien el acceso a la verdad: ¿Qué pasó y cómo pasó?
“La verdad es parte de esa justicia, y viendo que han pasado 20 años, las leyes, quieras o no, tienen vigencia; los delitos tienen vigencia. Yo, al menos ahorita, creo que para mí la justicia sería tener acceso a la verdad, que realmente se diga qué fue lo que pasó para que quede en la historia”, apunta.
Trae a la conversación el caso Ayotzinapa para ejemplificar cómo se hacen las investigaciones y las verdades que se quieren construir, “como a nosotros nos quisieron hacer en aquel entonces: la ‘verdad’ era que se habían pulverizado”. Por eso, el acceso a la verdad es lo último que busca. Una versión oficial definitiva aún no existe.
A la Fiscalía General de la República, que es parte del equipo en el sitio, se le ha preguntado qué está indagando, pero no ha ofrecido detalles, avances ni posibles hipótesis a las familias. A Elvira le quedó claro que no lo iban a decir cuando informaron que la encomienda era la recuperación e identificación de los cuerpos. Nunca hablaron de investigar.
Sería como un rompecabezas, interviene Tania, porque hay que ir uniendo y atando cabos a partir de las pruebas que se están obteniendo. Ella espera que estén hilando la información, y no puedan darla, por lo pronto, por temor a eventuales contradicciones si después se hallan más pruebas en un sentido distinto. Versiones ha habido incluso de que pudo haber quienes sobrevivieron a la explosión y después se quedaron esperando.
“No es lo mismo 20 años después, pero quizá puede ser que más adelante salga una prueba de algo. Yo le digo a mi mamá ‘creo que esa es la verdad a la que nosotros queremos llegar’. Ya no vamos a saber exactamente qué fue lo que pasó, pero lo que merecemos como familia es lo que nos pueda acercar a saber qué fue, cómo estuvieron las cosas”, sostiene Tania.
Para ella, el mensaje a 20 años sigue siendo la esperanza de poder cerrar un ciclo y un proceso que ha llevado tanto tiempo. Como hija, agradece la voluntad de haber continuado con el rescate, pero también quiere vivir un duelo como cualquier familia, y en lo personal, sigue en espera de que su papá regrese a casa.
Elvira pide a las autoridades no cejar: “nos faltan todavía 38 más, muchas áreas por abrir y por explorar, y la situación de los trabajos es que cada vez que se avanza más, se ponen más difíciles; yo sí quisiera ver si Comisión (CFE) puede ver la manera de buscar una alternativa para la cuestión de los trabajos artesanales, sobre todo el acarreo de rezaga”.
Para ello, se implementó un sistema mediante un carrito, pero las distancias dentro de la mina son un problema grande y ese método no lo va a solucionar. Al mismo tiempo, para ella es indispensable cuidar la salud física de los trabajadores que se ocupan del rescate, que ya se han accidentado o han padecido dolores crónicos. Hay que pensar a futuro, subraya, porque falta buena parte de la mina por explorar, lejos de la entrada.

A 20 años de los hechos en Pasta de Conchos, Elvira y Tania están en Ciudad de México porque este jueves se celebrará una misa en el Antimonumento, tras lo cual se leerá un pronunciamiento y se proyectará un documental por el aniversario, preparado por el Centro de Derechos Miguel Agustín Pro Juárez.
Durante su relato, Elvira ni sospecha aún la sorpresa que le tiene la organización. Al final de la entrevista recibe un sobre blanco. Es una foto de Jorge Bladimir y de ella, de novios, abrazados, hace más de 20 años. Elvira se conmueve. No recuerda con exactitud la edad que tenía ahí, pero calcula que tendría alrededor de los 19. A esa edad se casó. Él empezó a trabajar en la minería desde que tenía 20 años de edad, exactamente un mes antes de su matrimonio.
Era el trabajo común, recuerda ella, y la única oportunidad que había. Su primer empleo fue con otra empresa, y en Pasta de Conchos tenía apenas un año y medio. Nunca supo mucho de la actividad específica que hacía Jorge Bladimir, ni de sus condiciones laborales. Eso lo aprendió después de Pasta de Conchos, en el andar, la lucha y los diálogos con autoridades e ingenieros. “Todo esto le cambia a uno la vida completamente”, dice.
Desde los 20 y hasta los 34 años, cuando sucedió la tragedia, su esposo fue minero. Desde que se casaron, ella siempre tuvo trabajo y cada quien estaba en su papel. Ella, además, está a cargo de las tareas cotidianas del hogar y de sus hijos. No había mayor comunicación sobre lo que Jorge hacía, en parte porque en ese entonces Elvira no lo habría entendido, y también para que no se preocupara.

“Estos 20 años me ha costado aprender. Hemos aprendido términos técnicos, las condiciones en que trabajaban, cómo trabajaban, cómo se le hacía para poner una viga. Lo que él hacía, su trabajo, era dar mantenimiento a las bandas transportadoras, las que sacaban el carbón. Estos 20 años han servido para eso, para ver; si me hubiera dicho antes, no, y aparte él era una persona muy reservada”, cuenta.
aber dónde estaba la mina fue uno de sus primeros aprendizajes. Luego, en charlas posteriores con los amigos de su esposo, supo mucho más de lo que él platicaba sobre su trabajo. Tania, en cambio, tenía 12 años cuando sucedió la explosión: se enteró porque ese día en la mañana sus papás iban a salir a preparar alimentos para un evento. Ella siempre esperaba a Jorge de regreso porque solía volver con chocolates para ella y para su hermano.
Decidió ir mejor a la tienda —recuerda que eran las 9 o 10 de la mañana—, y escuchó la noticia en la radio. El señor que atendía llamó su atención sobre el evento y le preguntó si su papá no trabajaba ahí. Ella no tenía mucha idea de que la mina 8, que era como ella conocía su lugar de empleo, estaba en Pasta de Conchos.
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“No avisaron, nos enteramos mucho después. Ya después te vas enterando de cosas, yo soy la mayor de mis hermanos, la que tiene un poco más de recuerdos de lo que pasó en ese entonces, pero sí recuerdo que mi abuelo nos llegó a decir muchas veces que mi papá sí le comentaba que andaba preocupado porque la situación allá abajo cada vez estaba más peligrosa, y que a veces entre sus mismos compañeros decían que ya no querían bajar, pero que los mandaban”, relata.
Aunque alguna vez el abuelo le sugirió cambiar de trabajo, lo suyo era la mina. Lo decía con convicción, recuerda Tania, quien muchas veces se preguntó por qué regresaba ahí. Hoy sabe que era la actividad que le gustaba, pero también la responsabilidad de llevar el sustento a casa, a pesar de las adversidades. “Les tocó en esa situación”, concluye.
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Un mando unificado es el que hasta hoy continúa los trabajos en la mina Pasta de Conchos, conformado por la Comisión Federal de Electricidad, la Fiscalía General de la República, Protección Civil y la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, que coordina. Las familias pueden proponer, pero quien decide es la autoridad. Ellas tienen la sensación de que las oyen, pero no siempre las escuchan ni son realmente parte de las decisiones.
“Las respuestas que nos han dado son basadas en costos, que salía muy caro y nos íbamos a tardar más en hacerlo como propusimos a como lo tienen pensado, pero no te dicen cómo lo van a hacer. Necesitamos que la Comisión escuche. Yo veo que es como un pleito de ingeniería civil contra ingeniería de minería, a ver quién sabe más, a quién le sale mejor, es lo que yo veo. Hay mucho recelo, espero estar equivocada”, dice Elvira.