Manu Ureste · 29 de octubre de 2026
Juan Manzo llega pasadas las cinco de la tarde del miércoles 21 de octubre a un viejo café junto a la Casa de la Cultura de Uruapan, donde despachaba su hermano Carlos. A pocos metros está la jardinera donde fue asesinado hace casi un año y hay un busto en su memoria. Con una sonrisa leve, cuenta que por prudencia prefirió no asistir al homenaje y dejar que su madre recibiera la presea a nombre de su hermano.
El subsecretario de Gobernación de Michoacán lleva camisa azul claro, arremangada hasta los codos, y pantalones de mezclilla. Pide un americano que le sirven tan negro que parece chocolate espeso. Habla del hermano pequeño al que llamaban “el chirris” , de sus discusiones y del miedo a que lo mataran. También de la disputa con Grecia Quiroz y el Movimiento del Sombrero por la investigación del crimen y los teléfonos de Carlos.
Dice que le duele que lo llamen “Caín”, pero sostiene que exigir explicaciones es una forma de lealtad: su hermano, asegura, habría hecho lo mismo por él.

—Antes de hablar de Carlos como alcalde y personaje público, quisiera saber cómo era como hermano.
—Bueno, es un tema que muchos no se centran en preguntar —responde con una sonrisa franca—. Carlos siempre fue un niño muy inquieto, conflictivo en algunos casos en la escuela, aunque a la vez tenía una parte muy noble. Carlos era ingenuo, atrabancado, muy visceral en algunos casos. Conforme fue creciendo se le hizo un carácter duro, pero nunca perdió esa ingenuidad. A pesar de que pudiera mostrarse como un hombre muy rudo, yo siempre lo vi como al niño que conocí y con el que conviví.
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—¿A quién se parecía más en casa?
—Tenía un poco el carácter de mi papá, que también era muy duro, muy bronco, pero a la vez tenía esa nobleza. En la primaria, por ejemplo, varias veces me tocó, como hermano mayor, entrarle al quite porque se peleaba con compañeros de su salón o con otros más grandes. Después, a lo largo de su vida, cuando sucedía algún problema, él se alejaba y me dejaba a mí la bronca. Y así ha sido hasta ahora: aun con su muerte, la bronca de lo que le sucedió nos quedó a nosotros.
—¿Eran muy distintos como hermanos?
—Él tenía un carisma innato, era muy dicharachero. Mi personalidad siempre fue más seria, más mesurada. Él era el hermano que caía bien, que gustaba y que además era el más pequeño. Era muy chaparrito de niño y le decíamos “el chirris”. Yo era mucho más alto y más grande. Siempre estuve más pegado a mis padres y él estaba más apegado a mi abuela.
Tuvimos una muy buena relación, contrario a lo que se ha tratado de inducir políticamente. Aunque en algunos momentos, por mi dinámica en el gobierno del estado y sus posturas políticas, no coincidíamos o hasta salíamos mal —ríe.
—¿Alguna vez llegaron a discutir fuerte?
—Sí, muchas veces, muy seguido. Cuando llegó a la presidencia de Uruapan hubo problemas en los que su personalidad a la hora de gobernar generaba conflicto. Yo, por ser de Uruapan, ser el subsecretario y conocer la dinámica porque fui secretario del Ayuntamiento, venía a operar muchos temas que Carlos me pedía o en los que yo mismo me ofrecía. Y lo resolvíamos bien. Él me decía: “Tú encárgate de tener diálogo con actores que pudieran tener conflicto”. Ahora bien, que me gustara mucho su carácter fuerte, que hasta grosero era, pues no. Pero así era, siempre había sido así.
—¿Alguna vez le dijiste a tu hermano: “Oye, Carlos, ya bájale”?
—Muchísimas veces. Muchísimas veces.
—¿Te acuerdas de la última?
—Es hasta paradójico, porque yo venía saliendo de una operación, de un derrame cerebral —comienza a recordar—. Tuve un accidente cerebrovascular que me inhabilitó prácticamente desde finales de julio del año pasado hasta que murió Carlos, en noviembre pasado. No estaba trabajando, pero hubo unos conflictos de seguridad porque habían matado a un policía y Carlos empezó a elevar su nivel de exigencia al gobierno del estado y al federal.
En algún momento tomaron las instalaciones del teleférico para que viniera la seguridad y todo esto. Me involucré sin que nadie me lo pidiera. Incluso Carlos no quería que me involucrara, por mi salud, en cabildear sus conflictos con el gobernador.
—No acostumbro mencionar temas tan de Carlos y de mi relación con él, pero uno de los últimos mensajes que le escribí… Te quiero enseñar el mensaje, espera.
Se mete la mano al bolsillo de su pantalón y saca su celular.
—Le dije: “No rompas la relación con el gobierno del estado”.
El intercambio que recuerda Juan ocurrió el 17 de septiembre de 2025. Tres días antes, el policía municipal Vidal Brígido Guzmán había sido asesinado en un puesto de revisión sobre el bulevar Industrial de Uruapan. Tras el ataque, Carlos canceló las celebraciones patrias y paralizó temporalmente las obras del teleférico para exigir la captura de los responsables y apoyo en seguridad.
Juan explica que pidió a su hermano mantener la coordinación con las autoridades. Según el mensaje que lee durante la entrevista, le escribió: ”No rompas la relación con el gobierno. Está dura la situación y se puede poner peor. La coordinación es importante con Sedena y el estado. No está fácil y falta mucho tiempo de gobierno aún”.
En el WhatsApp del 17 de septiembre de 2025 que Juan compartió con este medio, Carlos le respondió: “Si hoy no se ejerce la presión necesaria y hacemos valer nuestra fuerza y respaldo que tenemos de la mayoría en Uruapan, al rato el asesinado puede ser otro compañero, inclusive yo”.
El mensaje muestra que contemplaba su propia muerte como un riesgo.

—¿Cuándo y cómo te enteraste del asesinato?
—Estaba en mi casa, en Morelia. Era de las pocas veces que empezaba a salir a caminar después de la operación. Llegué, me senté y estaba viendo el fútbol. Acababa de prender la televisión cuando me habló el secretario del Ayuntamiento de Uruapan. Me dice: “Oye, balearon al licenciado. Balearon a Carlos. Ya lo llevamos al hospital, pero parece ser que todo está bien”.
Salí a caminar para despejarme. Es una impotencia: aunque quieras ir, vas saliendo de una operación de la cabeza y estás en otra ciudad. Traté de hablar por teléfono con varios compañeros. Le hablé inmediatamente al gobernador, al secretario, y salí a caminar unos 10 o 15 minutos, viendo si realmente estaba vivo. No me querían decir, aunque para entonces ya había fallecido.
Le hablé a un agente de Gobernación: “Te me vas al hospital. Tú personalmente vas a decirme qué está pasando. Ya no quiero que me estén viendo lo pendejo”. Y ya dijo: “Sí, ya estoy aquí en el hospital y ya murió”.
Terrible. Finalmente, es como cuando llega algo inevitable, que sabes que tarde o temprano va a pasar. Con esa impotencia.
—¿Eso fue lo primero que pensaste: “Lo sabía”?
—Sí, eso pensé: “Lo sabía”. Lo dije y lo llegué a comentar muchísimas veces en mi casa, con mi mamá, con mi esposa, cuando estábamos cenando: “Es que Carlos, no sé qué vaya a pasar con él, lo van a matar”.

Los desacuerdos que Juan mantiene con el Movimiento del Sombrero, que fundó Carlos Manzo y que hoy continúa su viuda Grecia Quiroz, atraviesan elrelato de la pérdida de su hermano. Sus cuestionamientos por la seguridad de Uruapan y por la investigación del homicidio han provocado, según cuenta, descalificaciones de simpatizantes del movimiento.
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—¿Qué es lo peor que te han llegado a decir?
—Me dicen que soy Caín. Ese es el principal insulto, como si yo fuera traidor. Pero, para empezar, no soy traidor porque no militaba con ellos en el Movimiento del Sombrero. Nunca me dieron confianza, lo digo claramente. Pero sí, me dicen que traicioné a mi hermano.
—Eso tiene que ser duro…
—Sí me duele, pero tampoco me limita —encoge los hombros y sonríe—. Mi relación con Carlos, con mi familia, va más allá de una coyuntura política. No estoy haciendo otra cosa que Carlos no hubiera hecho: alzar la voz y decir lo que pienso.
Si a mí me hubieran matado y mi esposa no quisiera entregar mi celular u obstaculizara la investigación, Carlos no iba a tratarlos con caricias precisamente. Hubiera hecho mucho más que yo en los señalamientos. Se las estoy dejando hasta diplomático, comparado con cómo lo conozco. Si mi cuñado estuviera obstaculizando la investigación, Carlos sería capaz de cualquier cosa.
La entrega de los teléfonos de Carlos es uno de los puntos de ruptura entre Juan y Grecia Quiroz, la actual alcaldesa. Él sostiene que los dispositivos pueden contener información relevante. En esta misma conversación relata que, en la última visita en persona a su hermano, Carlos le mostró capturas y fotografías de personas que, según le dijo, querían matarlo.
Quiroz rechaza estar obstaculizando la investigación. En una entrevista con Animal Político realizada el día previo a esta con Juan, sostuvo que está dispuesta a entregar el celular, pero a las autoridades federales y ante un juez federal.
También aseguró que la Fiscalía michoacana no le ha proporcionado toda la información del caso que ha solicitado. “Yo no me niego, ni en ningún momento lo he hecho, a colaborar con la justicia”, afirmó.

—Grecia Quiroz dice que se lo entregaría a la Fiscalía General de la República (FGR). ¿Para ti eso sería suficiente?
—Lo puede llevar si hay voluntad, pero no la hay. Cuando la FGR se lo pida, va a decir que hubo una conspiración del gobierno federal. Si quieres justicia, no tienes que dudar. Cuando el entonces fiscal Carlos Torres Piña iba a su casa —desde mi punto de vista erróneamente, y eso que es mi amigo— a explicarle, a darles una serie de atenciones que no se dan con cualquier víctima, ella debió haber accedido, fuera quien fuera.
Juan acusa a Quiroz de ocultar información, pero matiza expresamente el alcance de su señalamiento: “Yo no me atrevo a decir que pudiera estar involucrada, pero sí me atrevo a decir que ha ocultado muchas cosas ciertas que han pasado”.
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—Para ir terminando, ¿cómo te sientes aquí? A pesar de esos insultos de ‘Caín’, he visto que la gente te saluda. ¿Nadie te increpa? ¿Es una cosa más con el movimiento?
—La gente de aquí nunca me ha dicho nada, ni cuando he hecho señalamientos clarísimos. Me han felicitado, pero tampoco lo hago para eso. Así como no me importa que me feliciten, tampoco me importa que me digan. Ni una sola persona, ni un amigo cercano, me ha dicho: ”Oye, están fuertes tus señalamientos”. Pero el Movimiento del Sombrero tiene una narrativa: por ser yo del gobierno y de Morena, estoy sirviendo como ariete para descarrilar sus aspiraciones (a la gubernatura). O que tengo yo aspiraciones a la presidencia de Uruapan, pero no. Ni siquiera me voy a presentar a elecciones aquí.
—¿Cuál crees que es el legado que dejó tu hermano?
—Como político, hablar de lo que no quiere hablar ningún político. Creo que ese es el legado y es lo que le cuesta la vida. Toda la gente sufre la inseguridad y les da miedo a los alcaldes, a cualquier funcionario, hablar de los grupos delincuenciales, de la extorsión, de cosas que incluso están más allá de sus facultades. Dicen: “Eso le toca a la Federación, eso le toca al estado. No me meto”.
Además, los alcaldes son el eslabón más débil de la estructura de gobierno. Así que creo que el legado de Carlos Manzo es hablar con valentía de lo que le duele a la gente. Eso trae riesgos y están a la vista por lo que le sucedió a mi hermano.