Jesús Verdugo - Noroeste / Redacción Animal Político · 24 de junio de 2026
En Las Víboras nada más se puede observar a un viejo reposando del calor en la entrada junto al canal, como si pasara el día cuidando a unos chivos maltrechos que deambulan por las siete calles del pueblo solitario.
Al fondo, el polvo se levanta en remolinos escandalosos que rompen contra las paredes de la escuelita comunitaria de la Congregación Lombardo Toledano, como se llama este pueblo desde 2010.
Las más de 80 familias que vivían allí se fueron después de que un emisario armado llegara a tocar las puertas de cada casa. “Se tienen que ir del pueblo, es por su seguridad. Luego vuelven”, les dijo.
Después de eso, todo se convirtió en una lucha contra la intemperie, el miedo y el desprendimiento de las añoranzas al dejar sus raíces.

El pueblo se encuentra a ocho kilómetros de Costa Rica, a 11 kilómetros de Villa Juárez y a poco más de 22 de Culiacán, Sinaloa. Está rodeado de parcelas y canales de riego. Parecía un buen lugar para vivir y el desarrollo de su escuela hacía pensar que todo era crecimiento positivo.
Aún hoy, casi todos los pobladores y vecinos conocen al pueblo como Las Víboras.
Está anclado a la precariedad del aislamiento. Sus pobladores renegaban históricamente de las condiciones geográficas, ya que es una zona hundida, donde cada lluvia tenía la garantía de meter agua a sus casas.
La situación, según recuerdan, se agravó cuando se construyeron granjas camaroneras en la zona, ocasionando más afectaciones, como el reblandecimiento del suelo y la proliferación de animales e insectos considerados plaga.
La imagen más nostálgica y dolorosa del éxodo de Las Víboras es la de la escuelita: un aula en un terreno que sirve de cancha de voleibol o de futbol, y el resto, un inmenso patio de juegos.
Todo en el centro de la comunidad, porque el pulso de la vida en el pueblo giraba gracias a los poco más de 30 niños y niñas que acudían a sus clases y actividades.

Pero la escuelita se quedó sola, como el pueblo, a principios de 2025, poco después de que la guerra del Cártel de Sinaloa estallara y tomara la forma que mantiene hasta hoy.
Los maestros dejaron de asistir; y no por miedo, que sí lo tenían, sino porque los transportes ya no llegaban hasta ese punto debido a los narcobloqueos y las extorsiones.
Poco a poco, el pueblo fue perdiendo su brillo. Sus habitantes cuentan, en una tertulia improvisada bajo una palapa, que la guerra no los alcanzó directamente. De vez en cuando escuchaban disparos a lo lejos y las sirenas rompían el silencio del campo.
Nunca hubo un enfrentamiento ni “levantones” masivos como en otros pueblos cercanos.
La violencia llegó disfrazada de una amistosa solicitud para dejar sus vidas atrás, y las familias de Las Víboras lo tomaron como el menor de los males posibles en una guerra donde el cártel se erosiona violentamente.
El éxodo culminó en una invasión masiva en la comunidad de Costa Rica: al menos 15 hectáreas de terreno colonizadas por familias sin hogar, nómadas sin pueblo y ahora desplazadas por la violencia.
Las casas, la mayoría sin más cimientos que maderos clavados en la tierra negra, están hechas de troncos y lámina galvanizada.
Por las carreteras y la falta de árboles, el calor es abrasador al mediodía y ni los vientos logran refrescar el ambiente.
En el centro de la nueva colonia se reunieron algunas mujeres a contar su historia. Una de ellas estaba acompañada de su padre, fundador de Las Víboras; de su hija y de su nieta. Cuatro generaciones arrancadas de sus raíces y arrojadas a un páramo caluroso para empezar su vida desde cero.
Ninguna mujer dijo su nombre. Sus rostros temerosos, conscientes de su vulnerabilidad, apenas revelaron detalles del éxodo y de su nueva vida. Al pasar los minutos comenzaron a encaminar la plática con mayor confianza.
“Entonces, a veces batalla mucho la gente para despegarse del pueblo, ¿no? Que me voy el lunes, cuando trabajo, y ya no me quiero regresar. Llorando los primeros días. Pasaba llorando. Pues todo el esfuerzo perdido, ¿no?”, dijo una de las mujeres.
Ya entrada la plática en la palapa improvisada de la nueva colonia, los relatos se vuelven nostálgicos y dolorosos.

La memoria de la matriarca invoca imágenes alegres de los niños desfilando en las fiestas patrias, aquella vez que, en Día de Muertos, los más extrovertidos se pintaron el rostro de calaveras y, por alguna razón, de fantasmas.
Hoy nadie quiere volver a Las Víboras: por el calor, por las inundaciones o por el miedo. Las casas van perdiendo el brillo y los patios son reclamados por las malas hierbas. La escuelita, cubierta de polvo, guarda memorias de mejores días pegadas en sus paredes; los pupitres están arrinconados junto a un montón de libros de texto de carátulas coloridas.
Desde septiembre de 2024, la entidad vive una crisis de inseguridad derivada de las disputas internas del Cártel de Sinaloa, que han provocado múltiples episodios de violencia, como ataques armados, enfrentamientos, bloqueos carreteros y agresiones contra negocios.
Entre el 9 de septiembre de 2024 y el 13 de junio de 2025, se han registrado 3 mil 400 homicidios dolosos, 3 mil 971 personas privadas de la libertad, 11 mil 520 vehículos robados, 3 mil 658 personas detenidas y 193 abatidas.
Asimismo, la entidad se ha convertido en una de las más peligrosas para las corporaciones de seguridad. Un total de 48 policías fueron asesinados en 2025 y, en lo que va de 2026, ya suman al menos 17 casos, de acuerdo con el conteo realizado por la organización Causa en Común.
En ese contexto, a finales de abril, el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusó al gobernador de Sinaloa, actualmente con licencia, Rubén Rocha Moya, así como a otros nueve funcionarios y exfuncionarios, de presuntos vínculos con el crimen organizado, por lo que se abrió una investigación en la FGR.
Con información de Noroeste.