Sharenii Guzmán y Silvana Flores · 25 de septiembre de 2024
Fabián cursaba la primaria cuando los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, fueron víctimas de desaparición forzada la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero. A 10 años, recuerda cómo esos hechos marcaron su infancia y adolescencia, tanto que eso lo impulsó a querer ser maestro normalista.
Ahora el joven estudia en las aulas y camina por los pasillos por donde alguna vez anduvieron los 43. Aunque son las mismas instalaciones, la normal de Ayotzinapa es otra a 10 años. Nunca volverá a ser igual. Cada muro y frase pintada en los edificios evocan a esa memoria colectiva. También es un recordatorio de que la impunidad prevalece en el caso.
La escuela es una de las 17 normales rurales que existen en el país. Su modelo educativo está enfocado a la formación política, social, educativa y cultural de sus alumnos y futuros maestros. La mayoría son hijos de campesinos, albañiles, comerciantes, obreros y amas de casa, a quienes el capitalismo ha excluido.

Los casi 600 jóvenes matriculados en la Normal Raúl Isidro Burgos saben quiénes fueron los 43 estudiantes. Es cómo si lo tuvieran tatuado en la piel o formara parte de su ADN. La escuela se encuentra en Tixtla, un municipio enclavado en la montaña a 17 kilómetros de la capital guerrerense: Chilpancingo de los Bravo.
Desde la entrada del plantel se anuncia que ahí estudiaron los 43 normalistas. En la parte de afuera hay pendones con los rostros de los jóvenes y, al cruzar la puerta, hay un monumento dedicado a ellos: un tronco cortado con tortugas alrededor y la frase “vivos los queremos 43”.

Fabián relata que el 29 de septiembre de 2014 llegaron normalistas de Ayotzinapa a la escuela primaria donde estudiaba. Fueron a difundir la noticia.
“Cargaban fotografías del compañero Julio César Mondragón, en ese tiempo no lo conocía, pero sabíamos por la foto que se había hecho viral en redes que le quitaron el rostro. En primera instancia, como niño, me entró miedo y pensé ‘en qué país estamos viviendo’. No tenía edad suficiente para ser consciente de todo lo que había pasado, pero sí fue un golpe duro”, comenta.
Incluso, afirma que hubo compañeros que querían ser maestros, pero después de la desaparición forzada de los 43 normalistas renunciaron a ese sueño. A Fabián le ocurrió lo contrario y se aferró a esa meta.
“Recuerdo que en ese tiempo Guerrero estuvo bastante activo y no sólo en el estado, sino normales de la Federación los buscaban de Norte a Sur y de Este a Oeste. Se unieron a la búsqueda de los 43 compañeros. Todo el pueblo mexicano estaba con ese coraje”, asegura.

Lee | “No podemos abandonarlos, queremos saber qué pasó”: a 10 años de Ayotzinapa inicia jornada de lucha
En la actualidad, Fabián estudia el tercer grado en la Normal. El plan de estudios establece que deben de cursar cuatro años. Hay dos licenciaturas: una en Educación Primaria, y la otra en Educación Primaria Indígena.
En los pasillos por donde alguna vez caminaron los 43 se siente su ausencia. Por todos lados hay pintas que los recuerdan, testigos de su existencia.
Hay reglas que cambiaron o se mantienen por ellos. Afuera del comedor hay una fila larga. Al esperar hay estudiantes que en su ropa tienen cintas de masking tape pegadas en la vestimenta para cubrir los logos de las marcas comerciales. El alumno que vigila la entrada comenta que hay formalidades que se mantienen dentro de la Normal, y una de ellas es que no pueden entrar al comedor con alguna marca que representa al capitalismo.

“No apoyamos a ningún partido político ni religión. Es por respeto a nuestros compañeros 43”, explica.
Abajo de donde está la biblioteca hay unas escaleras que desembocan a una cancha techada. Ese lugar no ha cambiado en 10 años. En el piso hay veladoras de color rojo que forman el número 43 y atrás hay igual número de pupitres con las fotografías con el rostro de los estudiantes, víctimas de desaparición forzada.
Los estudiantes entrevistados expresan que este gobierno ha intentado desacreditar el movimiento y criminalizar a los normalistas. Incluso dicen que esta administración pretende desaparecer a las normales rurales.
Al entrar a estudiar a estas escuelas, los normalistas deben elegir un pseudónimo. “A mí me dicen ‘Venceremos’, comenta uno de los jóvenes. “Venceremos” fue un himno de la Unidad Popular en Chile, y que en la actualidad los estudiantes de las escuelas normales entonan cada vez que concluyen un acto político.

El joven al que le dicen ‘Venceremos’ expresa que, desde la década de los 70, se criminaliza a los estudiantes rurales. Estas escuelas están cumpliendo 100 años de existencia, pues se fundaron en la época de los caudillos Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Y por sus aulas han pasado personajes como Genaro Vazquez y Lucio Cabañas, ambos luchadores sociales.
“Desde los 70´s nos criminalizan sin tener algún algún motivo. Ahora lo hacen porque salimos a manifestarnos, pero no salimos por gusto, sino porque hay motivos para hacerlo. Hay 43 compañeros que no aparecen y tenemos que estar haciendo ruido para que seamos escuchados, de otra forma no se puede lograr nada”, indica el joven.

Cada año que se cumple un aniversario de la desaparición forzada de los 43 normalistas, estudiantes de las 17 escuelas normales rurales realizan actividades para conmemorar los hechos, pero también para exigir la aparición con vida de los jóvenes.
“‘Somos nietos de la Revolución, hijos del 68 y hermanos de los 43’. Esta última frase tiene mucha relevancia, porque prácticamente las normales surgen a través de la Revolución. ‘Hijos del 68’. Después de la matanza de Tlatelolco nuestra Federación se volvió muy independiente al gobierno. ‘Hermanos de los 43’. Cuando llegas aquí te inculcan la hermandad, el compañerismo, y a un hermano nunca se le deja solo, por eso mismo nunca dejamos de buscarlos”, señala ‘Venceremos’.

Diez años después de la trágica noche de Iguala, la Normal Rural de Ayotzinapa mantiene viva la memoria de los 43, la memoria de Lucio Cabañas y de Genaro Vázquez, de Emiliano Zapata y del Ché Guevara. No sólo en los murales que adornan los edificios de dormitorios y aulas, sino en sus libros de texto, en su biblioteca y en la vocación de lucha social de sus profesores y alumnos.
No en balde, en la entrada a la escuela, junto a la palabra “Bienvenidos” hay una leyenda que advierte: “Ayotzinapa, cuna de la conciencia social”.
