Noroeste / Redacción · 3 de septiembre de 2026
Carolina no solo era maestra de educación especial y jefa del Departamento de Activos Fijos; era mamá, hija y jefa de familia.
Su nombre también estaba en los postres que vendía en tiendas locales bajo la marca “Carolina Postrecitos”: gelatinas, dulces de tapioca y, durante el día de Reyes, roscas que con el tiempo se convirtieron en una tradición.
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Este jueves, su homicidio consternó al municipio. No se encuentran razones para explicar por qué ocurrió. Carolina se convirtió en la mujer número 12 asesinada en Escuinapa, un municipio que durante mucho tiempo pareció ser uno de los más tranquilos del estado.

Carolina era madre de Francisco y Diego; este último un joven con autismo que dormía mientras, afuera de casa, su madre era asesinada. Su hijo mayor se encontraba en la universidad.
“¿Cuántas más? Mi hija era bonita, no se metía con nadie, era agradable, buena”, cuestionaba su madre, mientras familiares y amigos llegaban para acompañarla.
Desde hacía 10 años, Carolina laboraba como trabajadora sindicalizada. Inició como bibliotecaria en la Casa de la Cultura, donde durante las vacaciones de verano decenas de niños aprendieron y participaron en distintas actividades.
Al mismo tiempo, se desempeñaba como docente en el municipio de Rosario. Hace un año fue comisionada a labores en la Tesorería del Ayuntamiento, donde se desempeñaba como jefa de Activos Fijos y estaba a cargo del combustible destinado a empleados y apoyos.
Todo lo combinaba con la elaboración de sus postres, una actividad que representaba una alternativa para contribuir a la economía de su hogar, donde su familia estaba integrada por su madre y sus dos hijos.
Un moño negro fue colocado en la entrada de la Tesorería y, sobre su escritorio, una rosa blanca quedó como recuerdo de su compañera.
En el servicio público, Carolina era conocida como una persona agradable, atenta y reservada, aunque también de carácter fuerte, principalmente como madre. De acuerdo con sus amigos, esa firmeza era parte de su manera de educar a sus hijos para convertirlos en jóvenes de bien y responsables.
Carolina se convirtió en la mujer número 12 asesinada en Escuinapa, un municipio donde, durante los últimos dos meses, la muerte parece tener nombre de mujer.
Los asesinatos a mujeres se han dado en diversas circunstancias, en ataques armados en casas.
Una celadora del Centro Penitenciario de Aguaruto, llamada María de los Ángeles, fue sacada a la fuerza de su domicilio por un comando armado en el Fraccionamiento Santa Rocío, en Culiacán, y cuatro horas después fue hallada asesinada y semidesnuda en el Piggy Back, el pasado 11 de agosto.

También han sido asesinadas en establecimientos o en la vía pública, como Cindy Anahí, baleada en un autolavado de Culiacán; o Patricia, dueña y dependiente de una estética, a quien acribillaron mientras la atendía en Culiacán.
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Los hechos tampoco distinguen lugares, ni siquiera los puntos de mayor concurrencia, como la Colonia Centro de Escuinapa, en donde murieron tras ser agredidas a balazos Perla, de 20 años; y Mireya, de aproximadamente 45 años, el 14 y 19 de agosto, respectivamente.
Y otra de las modalidades en que se registran las mujeres asesinadas en Sinaloa, son aquellas que, como le sucedió a María de los Ángeles, hallaron con signos de violencia y sus cadáveres fueron dejados abandonados en distintos puntos.
Esto último ocurrió los días 4 y 18 de agosto, en Mazatlán, tanto en el Fraccionamiento Santa Teresa como en la carretera Mazatlán-Culiacán; así como en la carretera Navolato-El Castillo, de Navolato, en donde encontraron los restos óseos de una femenina.