Edgar Ledesma · 1 de julio de 2026
A las siete de la mañana, la victoria de México ya no olía a cerveza ni a fiesta, olía a orines. Sobre Paseo de la Reforma, entre el Ángel de la Independencia y la Diana Cazadora, la celebración por el triunfo ante Ecuador dejó latas aplastadas, botellas rotas, ropa tirada, espuma seca, plantas pisoteadas, jardineras hechas lodo, señales desprendidas, postes rotos, cables expuestos y un olor penetrante que salía de las esquinas, de los árboles, de los postes y de las calles aledañas.
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La noche anterior, la jefa de Gobierno, Clara Brugada, habló de un millón de personas en las calles de la Ciudad de México para celebrar el triunfo de la Selección Mexicana, y pidió a la gente ya no acudir al Ángel de la Independencia, al Caballito ni a Paseo de la Reforma, porque las zonas ya estaban saturadas.

Para la mañana siguiente, cuando la fiesta ya se había convertido en resaca urbana, lo que quedaba sobre ese corredor era una postal distinta: trabajadores de limpia barriendo carriles centrales, bolsas negras abiertas, envases de cerveza y refresco regados sobre el pavimento, vidrios rotos, manchas de alcohol seco y agua sucia bajando por las coladeras.
Antes del partido, el gobierno capitalino había pedido celebrar sin excesos y sin tirar basura. Brugada llamó a la afición a depositar sus residuos en los contenedores, dijo que habría 832 distribuidos en los puntos de concentración, además de brigadas de limpieza para atender la zona durante y después del partido, pero en la mañana del miércoles, sobre Reforma, la basura seguía apareciendo en cada tramo, entre camellones, banquetas, carriles y jardineras.
En el recorrido realizado por Animal Político se observaron montones de residuos acumulados sobre la avenida y en las calles de la Zona Rosa: latas de cerveza, botellas de vidrio, vasos de plástico, envolturas, botellas de espuma, ropa abandonada y restos de comida. También había señalética tirada, postes caídos, faros dañados y plantas aplastadas en los camellones, como si la fiesta hubiera pasado por encima de la ciudad y la hubiera dejado sin aliento.
Marcos Rodríguez no llevaba playera de la selección ni bandera, llevaba costales y bolsas para recoger lo que otros dejaron tirado. Llegó desde las tres de la tarde y, casi 18 horas después, seguía en Reforma junto con su esposa, levantando latas, botellas de alcohol, envases de refresco, plástico, metal y bolsas que podían vender para reciclar. No trabaja para el gobierno, dice que lo hace de forma particular porque en los festejos se junta “bastante material” y se puede sacar una ganancia de alrededor de 2 mil pesos, pero también porque la basura ya rebasó la fiesta. “Genera muchas toneladas de basura y al final afecta al planeta”, dijo, mientras seguía caminando entre cerveza seca y desperdicios que dejó la madrugada.
El olor era lo que más pegaba; no era solo basura, era orina, un olor fuerte difícil de esquivar. Se podía percibir en Amberes, Génova, Florencia y otras calles cercanas al Ángel, así como en los postes, las jardineras, las entradas cerradas de negocios, los rincones oscuros donde horas antes hubo música, gritos, empujones y gente tomando; mientras el sol ya iluminaba Reforma, la avenida seguía oliendo a madrugada.
A esa hora, la fiesta tampoco había terminado por completo. En la Zona Rosa, algunos bares y antros todavía sacaban gente; en Amberes se escuchaba música electrónica, había grupos cantando, otros tomando cerveza en la calle y aficionados con playeras verdes que no se querían ir, aunque la ciudad ya había comenzado su jornada normal, con oficinas abriendo, patrullas dando vueltas, trabajadores lavando banquetas y automovilistas pasando lento entre la basura.
“Nos agarró la mañana”, dijo David Elías de León Díaz, quien llegó desde las seis de la tarde al Ángel para ver el partido y terminó celebrando hasta que salió el sol. Vino desde Santiago Tianguistenco, Estado de México, y aseguró que la noche se alargó, que todavía había gente celebrando cuando empezaron los trabajos de limpieza, y que, desde su perspectiva, el ambiente se mantuvo tranquilo, con presencia de seguridad.
David Elías de León llegó desde las 6 de la tarde al Ángel de la Independencia para ver el partido de México y terminó celebrando hasta que salió el sol. Vino desde Santiago Tianguistenco, Estado de México, y aunque la fiesta se alargó durante toda la madrugada, asegura que el… pic.twitter.com/rLMbX2l574
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No fue el único que se amaneció. Rafa, Aldo, Leo y Sergio seguían cerca de Reforma alrededor de las nueve de la mañana, con tequila y cerveza en mano, sin que les importara mucho la hora, entre bromas, cansancio y la emoción de una noche que, según ellos, simplemente “se dio”. Uno trabaja en telecomunicaciones, otro en tablajería, otro en bares, otro en tapicería de sillas secretariales y otro es mecánico, pero esa mañana todos eran parte de la misma escena, los últimos aficionados de una fiesta que se resistía a apagarse.
“Para que vuelva a ver un Mundial en mi país, en mi nación, y golear como estamos haciendo, no lo vamos a hacer otra vez”, dijo uno de ellos, mientras sus amigos hablaban del siguiente partido, del rival que viene y de volver al Ángel, porque para ellos esto no era solo un festejo más, era una oportunidad que tal vez no se repite, una madrugada para decir que estuvieron ahí, aunque al lado pasaran trabajadores recogiendo botellas y bolsas de basura.
También hubo tensión. En Amberes y Reforma, un hombre aparentemente identificado como Andrés, en aparente estado de ebriedad, terminó golpeado tras involucrarse en una pelea callejera, luego de asegurar que le habían robado el celular durante la celebración. Según su versión, acompañaba a su hermano, se quedó solo durante la madrugada y comenzó a reclamar el teléfono entre otros asistentes, hasta que el reclamo terminó en empujones y golpes.
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En esa misma zona, Animal Político documentó daños en una cafetería de cadena ubicada sobre Reforma y Amberes, con cristales rotos, mobiliario desordenado y huellas de vandalización tras la noche de festejos. La escena contrastaba con los bares que seguían abiertos y con la música que todavía salía de algunos locales, porque mientras una parte de la Zona Rosa seguía en fiesta, otra amanecía rota, sucia y con olor a alcohol viejo.

El saldo más grave fue la muerte de tres personas por asfixia en las inmediaciones del Ángel, dos mujeres y un hombre, de acuerdo con reportes de autoridades capitalinas retomados por medios nacionales e internacionales.
Desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum lamentó los fallecimientos, envió condolencias a las familias y dijo que el gobierno daría apoyo a los deudos, además de señalar que las autoridades capitalinas ampliarían la información sobre lo ocurrido.
La basura tampoco apareció como un problema nuevo del Mundial. Después del festejo por el triunfo de México ante Corea del Sur, la Secretaría de Obras y Servicios reportó la recolección de 40 toneladas de residuos en el Zócalo, calles aledañas y Paseo de la Reforma, con trabajos de barrido manual, lavado de superficies, atención a jardineras y reposición de flores en maceteros centrales.
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La mañana después del triunfo ante Ecuador dejó esa postal; la ciudad celebró como pocas veces, pero amaneció con olor a orina, basura y cerveza, con camellones maltratados, plantas muertas, postes dañados, señales tiradas, botellas rotas y trabajadores intentando devolverle forma a Reforma. La fiesta no terminó con el silbatazo, ni con los goles, ni con la madrugada; terminó cuando salió el sol, y todavía quedaban aficionados tomando en la calle, convencidos de que al siguiente partido habrá que volver al Ángel.