Animal MX · 31 de mayo de 2026
Por: Ricardo Martínez
Desde los años 90 y a lo largo de los 2000, la periferia del Valle de México fue el epicentro de un movimiento que permeó profundamente en la juventud de la época. Si bien el ska ya había llegado a nuestro país gracias al músico veracruzano Toño Quirazco (quien popularizó “Jamaica Ska” en 1965), fue hasta la llegada de la “tercera ola” que el género estalló en México y gran parte de Latinoamérica.
Durante este fenómeno ocurrió algo muy particular: la música se fusionó con la fiebre del skate y los deportes extremos, dando origen en nuestro país a una tribu urbana inconfundible: los “skatos”.
El país atravesaba una transición histórica, cerrando el último sexenio del largo régimen priista para dar paso al primer gobierno de alternancia con el PAN en la presidencia. A la par de esa transformación nacional, este cronista vivía la suya propia: el paso de la primaria a la secundaria. En plena búsqueda de identidad y sentido de pertenencia, encontré en el ska un refugio mientras recorría los tianguis y mercados populares. Pero entre tantas propuestas, un grupo logró colarse en el gusto de la inmensa mayoría: Panteón Rococó.
Originarios de la zona norte de la capital, la banda se formó en 1995 con estudiantes de la Escuela Nacional Preparatoria Plantel (ENP) 9 “Pedro de Alba” de la UNAM, creciendo casi a la par del levantamiento zapatista.
Bautizados en honor a la obra teatral de Hugo Argüelles, El cocodrilo solitario del Panteón Rococó, su música empezó a circular de mano en mano. Yo los descubrí escuchando su primer demo, “Toloache pa’ mi negra” (1997), y poco después con temas profundos como “Cúrame”. Sin embargo, justo antes de la entrada del nuevo milenio, la banda lanzó en su álbum debut la canción que se volvería su gran himno: “La dosis perfecta”, una oda al dolor por la partida de la persona amada y la cruda necesidad del protagonista de “seguir necesitando su dosis”.
Para aquel entonces, los patrones de cuadros blancos y negros ya dominaban mi indumentaria. Cargaba con orgullo mis pines, mis corbatas delgadas y mi primera patineta. Ahorraba cada peso para comprar discos; dos de los que adquirí sin dudarlo fueron Compañeros Musicales (2002) y Tres veces tres (2004). De esas joyas se desprendieron himnos de mi banda sonora personal como “La carencia”, “Esta noche” y “La Ciudad de la Esperanza”.
Todo esto lo viví en mi natal Nezahualcóyotl. El fenómeno me atravesó por completo; no solo cantaba sus temas, sino que experimentaba en carne propia las realidades que abordaban: las injusticias sociales, el tenso clima político y la incertidumbre de una juventud periférica frente a un entorno cambiante.
El tiempo no perdona, pero moldea. Muchos de los jóvenes que nutrieron este movimiento crecieron. Nacieron nuevas bandas que hoy reconocen a los autores de “La Ciudad de la Esperanza” como su máxima influencia. Aquellos “skatos” de antaño nos integramos a la fuerza laboral, tuvimos hijos y, de una forma u otra, nos “alineamos al sistema”.
Si bien mantuvimos nuestra “conciencia de clase”, también teníamos cuentas que pagar. Al final del día, como bien recordaría el propio Dr. Shenka sobre el escenario al evocar la época en que nacieron, “todos somos hijos de la crisis”. A pesar de los años, su música nos ha acompañado ininterrumpidamente, logrando que sus discos trasciendan y pasen ya a una nueva generación.
Es así como, en el marco del Circuito Nacional de Festivales por la Paz organizado por la Secretaría de Cultura, Panteón Rococó regresó este fin de semana al Deportivo Ciudad Jardín en Nezahualcóyotl. Con su gira “XXX Aniversario Generación 95”, la banda demostró que sigue siendo la pieza clave en el gusto melómano del municipio tras tres décadas de trayectoria.
La convocatoria fue monumental: más de 120 mil almas, según información del gobierno local, —desde jóvenes que descubrieron a la banda gracias a los algoritmos de redes sociales, hasta familias enteras con niños— se dieron cita desde el mediodía para unirse al festejo masivo en la periferia. La jornada musical calentó motores con las excelentes presentaciones previas de Fania y la Rebelión Rumbera, Los Kamer, Out of Control Army y Nana Pancha, preparando el terreno para una noche de baile, paz y resistencia.
El show principal arrancó de manera magistral. Dr. Shenka, vocalista de la banda tomó el micrófono y soltó un caluroso saludo que hizo vibrar el recinto:
”¡Bienvenidos! Todo se ve hermoso, Nezahualcóyotl, tierra de grandes artistas, de cultura y de luchas. Le mandamos nuestro amor a la raza que vino. Muchas gracias a todos por llenarnos con su alegría, con su sonrisa, con su energía ¡Panteón Rococó está en la casa y vamos a seguir bailando!”

Dieron apertura con una ráfaga de adrenalina, tocando temas como “Punk-O”, “Asesinos” y “La Ciudad de la Esperanza”. El ambiente era simplemente estimulante. Mientras los jóvenes desataban su energía en enormes e intensos “círculos de paz” durante el slam, a los costados se veía a parejas y familias enteras cantando a todo pulmón.
”A toda la pandilla que llena todo con sonrisa, energía y alegría…”
Dr. Shenka no dejó de animar a su público cautivo durante la hora y media que duró el viaje musical.
El repertorio hizo espacio para canciones más recientes de su discografía, como “El último ska”, el fresco sencillo “Cha-Cha Love”, además de su conocida versión de “Mil horas”. Hablando de covers, uno que destacó y puso a bailar a todos fue “Cariñito” —tema en el que llegaron a colaborar en el estudio con Lila Downs—; en vivo, la agrupación la interpretó de manera sublime, encadenándola perfectamente después del magistral puente musical de su nostálgica “Cumbia del olvido”.
En medio de la euforia, Dr. Shenka aprovechó para lanzar uno de sus característicos y potentes discursos, conectando el pasado de la banda con el presente de su gente:
”Empezaban a venir a vernos. ¿Y te acuerdas? Nadie dio un peso por nosotros, ni por ti ni por mí. Y el tiempo pasó y crecimos… ¡Hay que hacerla de pedo por todo lo que no nos gusta!”
Fue un mensaje profundamente poderoso. No hablaba solo de la banda, sino de la misma audiencia. Hablaba de cómo hemos sido reconocidos, de los logros obtenidos y de la realidad irrefutable de que ni ellos en el escenario, ni nosotros en la pista, somos los mismos chavitos que se iban de pinta de una prepa de la UNAM —como aquella Prepa 9 donde ellos mismos iniciaron— u otra institución pública.

A este emotivo momento le siguieron clásicos infalibles como “Toloache pa’ mi negra”, “La dosis perfecta”, “Esta noche” y “La rubia y el demonio”.
Los fanáticos estaban en éxtasis total; el recinto era un mar de gorras, playeras y paliacates de la banda adquiridos en el comercio informal afuera del deportivo. Una sorpresa entrañable fue escuchar “Loco (Tu forma de ser)”, original de su banda hermana argentina, Los Auténticos Decadentes, que se ligó perfectamente al ritmo de su sencillo y danzón “Vendedora de caricias”.
El final se acercaba y el encore definitivo llegó para desatar la locura colectiva con “Arréglame el alma” y el himno por excelencia, “La carencia”, cerrando una velada en la que 120 mil corazones latieron en perfecta sintonía, paz y baile.
Neza vivió una jornada mágica de música y fraternidad. Toda una estirpe, la Generación del 95, volvió por un momento a su etapa más íntima: a los recuerdos de sus primeras pintas, a la música a la que tus papás pedían que “le bajaras a tu escándalo”, y a aquellas tardes de rodillas raspadas tras caerse de la patineta.
Sí, todos nos volvimos adultos. Muchos formaron familias amorosas, se convirtieron en ciudadanos responsables y conforman una enorme fuerza laboral que lleva su talento, experiencia y esfuerzo todos los días a la capital de nuestro país.
Sí, venimos de la periferia, de los lugares que muchos ignoran o estigmatizan, pero lo hacemos con una resiliencia inquebrantable que enorgullece a toda nuestra generación: la invencible Generación del 95, que anoche demostró que su fuego sigue completamente vivo.