La crítica murió ¡Viva el algoritmo!

Animal MX · 5 de agosto de 2026

La crítica murió ¡Viva el algoritmo!

Por: Gonzalo Lira Galván

Hubo un tiempo en que la crítica cinematográfica era el puente entre las películas y el público. Porque el ejercicio crítico nunca se ha tratado de dictar sentencias inapelables ni repartir estrellas como estampitas, sino de ofrecer herramientas para mirar mejor. Hoy eso ha cambiado.

Hace unos días, el director Christopher Nolan decidió hablar del tema durante una entrevista con la periodista y académica china Zhong Shu. En la conversación, el director señaló que uno de los grandes problemas de la crítica consiste en creer que “identificar un mecanismo narrativo equivale a desmontarlo”. Confundir el truco con el efecto.

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Los comentarios de Nolan rápidamente provocaron animadversión, obligándolo a recular y hacer una aclaración: era sobre la “crítica amateur” su embestida. Pero su observación reveló algo más allá del debate sobre La Odisea, su más reciente película. La controversia alrededor de sus declaraciones lejos está de ser una conversación que invita al análisis. El internet la convirtió en un evento viral del montón, cuyo principal combustible fue la indignación. Sin quererlo, Nolan hizo un diagnóstico sobre el ecosistema cultural que hemos construido.

Primero, una verdad: la crítica cinematográfica atraviesa una crisis de identidad. Se dejó de competir por la calidad de las ideas o la invitación a la reflexión. El ejercicio crítico empezó a competir por segundos de retención, porque el algoritmo no premia el análisis tanto como recompensa el rage baiting. Un ensayo debe competir con videos cuyos títulos parecen escritos bajo los efectos de la hiperventilación. La economía de la atención se alimenta de la exageración permanente.

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En ese contexto, los influencers de cine, los youtubers y los tiktokers tuvieron su auge. El ecosistema de la creación de contenido para redes nos ha dado a muchas personalidades informadas, con ética y profesionalismo; pero también a muchos mercenarios.

Sin embargo, el problema no son los creadores en sí, sino el modelo de negocio que ha moldeado su discurso. Los estudios entendieron que podían convertir a cientos de creadores de contenido en una extensión gratuita de sus campañas publicitarias. Invitaciones especiales y photo opportunities para Instagram sustituyeron la conversación crítica. Muchos influencers dejan de ser observadores para convertirse, consciente o inconscientemente, en parte del departamento de marketing.

El resultado es una inflación artificial del entusiasmo. Películas que son elogiadas antes de siquiera estrenarse, basándose en un tráiler y nada más, han terminado desplomándose en la taquilla, porque el público siempre descubre cuándo la expectativa es fabricada. La conversación digital crea éxitos y fracasos mucho antes de que existan las condiciones para juzgarlos. Al espectador ya no le venden solo el boleto para una película; el público paga por un lugar en una conversación colectiva que premia el berrinche más escandaloso o la declaración más incendiaria.

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En esta realidad, donde la disección y el análisis parecen no tener cabida, el verdadero crítico no ha desaparecido: solo dejó de ser rentable. Porque cuando la conversación sobre cine queda en manos de quienes necesitan producir una opinión con la única finalidad de sobrevivir en internet, las películas dejan de ser experiencias culturales y se convierten en combustible para el siguiente posteo.

Hoy ni siquiera el hype logra salvar una película mediocre. Las campañas duran menos que un reel. Los estudios gastan fortunas en fabricar tendencias que desaparecen antes del lunes. El algoritmo tiene la misma capacidad de retención que un pez con déficit de atención.

La conversación sobre cine terminó pareciéndose al mercado bursátil. Las películas ya no se estrenan: cotizan.

Se estrena un tráiler. Las acciones suben. Se filtra un póster. Las acciones caen. Los influencers especulan. Vuelven a subir. Y mientras todos juegan a ser corredores de bolsa del entretenimiento, casi nadie habla de las películas.

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Quizá por eso las palabras de Nolan encendieron las redes. Porque recuerdan que el cine no es un concurso de popularidad e inmediatez; que el algoritmo nunca ha querido espectadores en las salas, siempre quiso consumidores. Por desgracia, buena parte del ejercicio crítico ha cedido ante él, combatiendo erróneamente el vacío con más indignación. Sería un buen momento para salir de la trampa.