Olivia Zerón Tena · 15 de mayo de 2026
Por: Olivia Zerón Tena
La primera canción que Julieta Venegas cantó frente a una banda, sin haber tomado nunca una clase sobre cómo entonar o vocalizar, fue “Boys Don’t Cry” de The Cure. Estudiaba el bachillerato y un panorama desconocido y emocionante se abría ante ella, empezando por la presencia de hombres en la escuela. Había cursado la primaria y secundaria en un colegio de monjas; un sitio desde el que ella y su hermana gemela miraban hacia fuera anhelando la libertad. El baterista de la banda le dijo que buscaban tecladista y Julieta, un poco cansada de sus clases de piano clásico, aceptó.
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No hubo vuelta atrás. La música ya la habitaba. Se le atravesó cual flecha de Cupido en cada clase con su maestra Margarita. En cada momento a solas con el piano antiguo que llegó un día a su casa y terminó siendo suyo por decisión de su padre, al notar la conexión de la niña con el instrumento. El piano —primer instrumento—, y su lugar seguro hasta el día de hoy.
“Toda mi historia está contada ahí frente a sus teclas, en su sonido fuerte y suave, mi refugio”, dice Julieta Venegas en su primer libro “Norteña, memorias del comienzo” de editorial Almadía.
“Norteña” son también las 12 canciones de su nuevo álbum, que compuso a la par de la escritura literaria, en un proceso lento, contemplativo y panorámico, pensando en su ciudad raíz: Tijuana, donde la vida ocurre de un lado y del otro de la línea.
“Para mí es bonito ubicarme en el mapa”, explica Julieta en entrevista con Animal Político. La “norteña” del disco y del libro es ella: la artista que salta de una aventura creativa a otra —y por el mundo—, abrazada de su acordeón. “Norteña” es una más de esas aventuras: un proyecto literario y musical indivisible. Una vuelta al origen, a partir de Tijuana, donde The Cure se lleva bien con Juanga; la de las calles habitadas por la resiliencia, la de los encantos ocultos en la primera impresión.
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P: ¿Cuál es tu particular forma de ser norteña y tijuanense? ¿En qué perspectiva frente a la vida y la música te ha colocado ese origen?
R: Este ejercicio de memoria para mí fue importante porque sí pude decir: ¡ah!, ya entiendo por qué soy como soy. No es nada más casualidad que yo piense que la música es más amplia que solamente la lengua.
Yo crecí realmente bilingüe, pero en mi casa hablamos español siempre. México siempre fue: “¡México!” Digo, estar en Tijuana era estar lejos de México y tu vida cotidiana está al lado de un país tan diferente como Estados Unidos. Entonces, sí te sientes un poquito como en el margen, supongo, al ser fronteriza. Pero también hay algo de eso que a mí me generó una visión donde no idealizo tanto lo extranjero. Siento que más idealizaba México, desde donde estábamos nosotros, porque mi papá era todo el día “¡México!”: las noticias, todo era a través de México. Entonces, cuando llegué a la Ciudad de México, sí dije: wow, esto es glamour.

P: Tú has dicho que Norteña es principalmente un proyecto sobre la memoria —que es un disco pero también es un libro—, y sabemos de tu amor profundo por la literatura… Me da curiosidad preguntarte, ¿cómo fue ese proceso paralelo —no sé si simultáneo— de escritura y composición musical que, además, sé que empezó fuera de México?
R: Sí, casi todo sucedió fuera de México. El libro sí lo acabé terminando ya habiéndome mudado a México, pero sí fue un proceso medio en estéreo. Yo decía, bueno, tales días son para tocar, tales días son para escribir…Y me gustó mucho porque fue como hacerlo en estéreo; hacer el proyecto en estéreo. Primero, leer mucho, porque antes de empezar el proyecto estuve leyendo sobre Baja California como por un año, dos años…
Estuvo muy divertido ese proceso y sentirme inmersa en el tema mientras escribía las canciones. Como que todo se ubicaba ahí, todo se ubicaba en Tijuana, en Baja California. Imaginaba el paisaje de Baja California. Entonces, fue muy bonito… Sentí que lo estaba haciendo como en 360°, estaba inmersa totalmente. Y ahora me doy cuenta que era como una búsqueda: quería mi rinconcito para imaginarme el lugar que estaba extrañando, pero yo no sabía. (…) Tuve que hacer todo este proyecto para decir: claro, lo que pasa es que yo me quiero regresar. O sea, qué locura toda la vuelta que estoy dando para darme cuenta que yo realmente lo que quiero es…, que ha tenido mucho que ver con una nostalgia o con una añoranza muy grande de México.

P: En esto de la memoria, ¿cómo jugó también espejear esos recuerdos con tu hermana gemela, Yvonne, que es fotógrafa? Y que ella también, a través de la cámara, del lente, hizo toda una inmersión también en Baja California. Pudimos ver sus fotografías hace poco en un evento —donde, además, estuvieron ustedes dos conversando—, sobre los orígenes de la familia. Supongo que el poder espejear con alguien con quien viviste muchas cosas y poder reconstruir a partir de ahí la memoria, debió ser un proceso muy interesante, muy enriquecedor…
R: Sí, definitivamente el proyecto de Yvonne fue el disparador. O sea, cuando yo vi las fotos de Yvonne, me pasó algo como de: ¡ay, wow! Y entonces, ahí fue cuando dije: quiero empezar a leer Baja California, quiero empezar a leer Baja California. Porque para mí acercarme a un tema siempre es leer y me di cuenta de cuántos escritores tijuanenses no había leído todavía. Entonces fue como de: ah, qué divertido, voy a descubrir Tijuana otra vez. O sea, en ese momento presente, con esas lecturas, pues digo, de ahí empezó como a tirarme todo el proceso, porque también leer de historia de Baja California es leer mucho el paisaje porque siempre está presente. Lo que ha hecho a Baja California ser lo que es, tiene mucho que ver con el desierto, con el mar, un poco el abandono, la soledad…o sea, como que hay algo en el paisaje que es importantísimo. Entonces, para mí empezó como a habitar mi cabeza y ya cuando estaba componiendo las canciones, siempre estaba presente ese paisaje y yo dije: esto tiene que estar en el arte del disco.

Como que también lo lindo de este proyecto ha sido que me di el tiempo de imaginar mucho antes de hacer, entonces ya estaba yo pensando en avanzada: ¿cómo quiero que se vea? Bueno, estaría genial que Yvonne haga las fotos, que vayamos a Baja California, que vayamos a tomar las fotos en ese lugar. Como que todo empezó imaginando antes de hacerlo y eso fue bien importante en este proyecto, creo. Porque descubrí algo, que es la lentitud del proceso, que me es muy importante y cada vez me va a ser más importante, porque me puedo adentrar más, puedo profundizar mucho más y este libro es una muestra.
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Yo siempre le llamé texto, yo no pensé que lo fuera a terminar, pero de alguna manera, cuando llegué ya a la última frase sí lo sentí, fue como de: ay, creo que ya lo terminé. Fue como un shock y de decir: ay, no sé. Y luego, platicarlo con mi editora, que ella lo revisara y como que ella volteara y me dijera: ¡sí, lo terminaste!”, igual de sorprendida; como de: ah, lo terminé, ¡no lo puedo creer!. Eso fue bien bonito también, la verdad.
P: Oye, y en este ejercicio de memoria, ¿qué te sorprendió a ti misma descubrir? Yo creo que para quienes te seguimos fue muy bonito —lo digo en lo personal— lo que nos cuentas de cómo fue tu historia de enamoramiento con la música: ese primer piano que tuviste, el conocer que en tu familia siempre hubo música, el papel de tu madre también ahí al decirte: no, no regreses y sigue tus sueños…Como que son de esos momentos, así cruciales, que dices: si no hubiera pasado esto, si mi mamá no me hubiera dicho esto, no sé qué hubiera pasado con Julieta…
R: ¡Sí! No, y te juro, esa historia con mi mamá fue, yo creo, de las cosas que dices que pude descubrir también… Porque esa anécdota siempre la recordé, yo siempre me acordé de ese momento, pero al escribir el libro, me di cuenta lo importante que fue su validación, o sea, lo importante que era que mi mamá me dijera esas palabras, porque cuando yo me fui (de Tijuana a la Ciudad de México), tanto mi papá como mi mamá estaban aterrados y no estaban de acuerdo. Entonces es muy duro, por más que yo sabía que algo me estaba empujando hacia delante, pues iba con mucho miedo porque no tenía el apoyo de mis papás. Ellos no estaban tan seguros de que era una buena decisión. Entonces, eso sí te afecta cuando tienes 21 años. Sí piensas: pues sí, quiero hacer mi vida, pero qué gacho que la gente que me crió no está de acuerdo…
Pero yo iba hacia adelante y no podía detenerlo. Yo decía: pero algo más me está jalando y yo no sé lo que es, pero qué terrible y qué rompimiento esto de que mis papás no estén de acuerdo. Y qué duro fue para mí al principio en la Ciudad de México. La soledad, como se impone la ciudad… Aunque yo es lo que deseaba, estar lejos de Tijuana, cuando llegué dije: ay, no, no, no, no sé si esto es mucho para mí, si estoy preparada…
P: No sé si voy a poder…
R: Ajá, si voy a poder sobrevivir esto, si me va a aplastar toda. Y fue esas palabras de mi mamá de decirme “no vuelvas, ya te fuiste”, fue como: wow, o sea que sí cree en lo que estoy haciendo, aunque tenga miedo, aunque le cueste, aunque no sabe cómo apoyarme. Este momento para mí fue como tan importante, como que ellos siempre hubieran estado a favor de que me fuera.

P: Como alguien que ha escuchado tu música desde Tijuana no! y luego tu disco Aquí —que siempre digo que me constituyó en la adolescencia, no sólo porque abrió otro panorama sonoro con aquel acordeón aparentemente descontextualizado, medio rockero, melancólico, norteño—, sino también en lo que posibilitó, yo creo que para mi generación, tener un modelo femenino como el tuyo, que también rompía con muchos cánones, con esa rebeldía que también transmitías—, entendí leyendo Norteña cuál es el denominador común en tus canciones y es que siempre hay algo ahí que es intuitivo. Tuviste un proceso de búsqueda de la simpleza y lo explicas de una manera muy hermosa en el libro: quiero hacer música que a mi mamá le guste…
R: Sí, como que pensamos que crecer significa complejizar todo cada vez más. Yo creo que, en la música, y yo por lo menos lo que descubrí también, incluso lo escribí en este texto —o este libro, ya tengo que llamarle libro, ya no es un texto, es un libro—, era como siempre volver a la sencillez. A mí me da flojera cuando me dan muchas vueltas y me están tratando de, como dicen en Argentina, el chamuyarme. Ay no, no me hagas tanta vuelta. Dime lo que me tienes que decir y ya. Y así soy en las canciones cuando escribo y así fui con el texto cuando lo escribí. Quiero decir las cosas de la manera más sencilla posible porque cuando alguien comienza a utilizar como las herramientas intelectuales y empieza a moverse… Güey, no me estás sorprendiendo, o sea, di lo que sientes. Se me hace más importante en el arte la emotividad que el concepto —y aunque el concepto es súper importante y a veces eso te lleva a otros lugares de emotividad—, siento que decir las cosas directo es más difícil y a la vez es más bonito. Yo di un montón de vueltas y llegué a esa conclusión de: quiero juntar la expresividad emocional con lo que quiero decir.
De hecho, este proyecto es un poco juntar una idea, como un concepto, porque ya me di cuenta que al pensar Baja California y todo Tijuana, estaba en un concepto porque estaba en un territorio, en un territorio muy ubicado en el mapa. Y eso me lo facilitó, dije: ah, entonces ya sé, lo quiero contar, está por acá y lo delimito. Porque yo no quería contar mi carrera en el libro, quería contar mi proceso artístico: ¿por qué fregados estoy haciendo música? ¿por qué la música? Y me quedó muy claro que es por mi familia y eso me vino genial, escribir el libro en ese sentido. Les decía a mis tías: acabó siendo una celebración de ustedes, me encanta eso, que acaba siendo una celebración de lo que me inculcaron a mí, que es esta felicidad.
De hecho, yo nunca puedo llorar cuando canto y creo que es porque no puedo relacionar la música con el llanto. Para mí cantar es alegría y eso me lo contagió mi mamá.
P: Aunque la canción sea triste, ¿no?
R: Aunque la canción sea triste. Para mí es: ya estoy cantando, ya estoy sonriendo. No puedo cantar así de: aaagh, ya quisiera…