Ricardo Martínez Vargas · 16 de abril de 2026
Por: Ricardo Martínez Vargas
Mi primer encuentro con Raphael fue involuntario: su voz era la banda sonora de mi familia, escuchándose de fondo lo mismo en las reuniones de domingo que durante las tardes de limpieza en el hogar. Conforme fui creciendo y descubriendo mi propio gusto musical, me encontré con otros intérpretes en español que desbordaban una teatralidad y un dramatismo que, inevitablemente, me remitían al “Divo de Linares”.
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El tiempo pasó y Raphael dejó de ser un gusto heredado para convertirse en uno muy propio. Recuerdo que, a ratos, durante mis jornadas de trabajo, pasaba de escuchar a bandas como Enjambre, Love of Lesbian o La Gusana Ciega, para reproducir himnos como “Cierro mis ojos”, “Como yo te amo” y “Yo soy aquél”. No es difícil conectar los puntos: la línea que une a estas agrupaciones contemporáneas con Raphael es innegable. Ellos, al igual que yo, conectaron en algún momento con su magistral interpretación y se dejaron influenciar por su arte.
Basta recordar su debut en México allá por 1967, cuando me faltaba mucho para nacer; lo apadrinó por la mismísima María Félix, lo cual da pistas de cómo se fue colando en el ADN musical de los mexicanos. Es bien sabido que en este país nos gusta sentir a flor de piel. Si bien Raphael es uno de los cantantes en español con mayor reconocimiento mundial, su relación con México siempre ha sido un idilio especial: nosotros nos identificamos con su estilo de balada y él sabe que nos fascina el drama.
Cuando anunciaron su participación para el festival Vive Latino, la cita se volvió imperdible para mí. Si algo ha caracterizado su trayectoria es esa búsqueda constante por acercarse a las nuevas generaciones sin perder la esencia que lo hizo leyenda: una voz inquebrantable y una presencia arrolladora. Por desgracia, aquel encuentro en el festival fue cancelado debido a un severo bache en su salud. Linfoma cerebral. Me resigné. La oportunidad de corear “Mi gran noche” o “Estar enamorado” en vivo, se podría haber esfumado. Para siempre.
El destino tenía otros planes. La noche de ayer, Raphael reclamó su trono en el Coloso de Reforma. Al arribar al Auditorio Nacional se hizo evidente que la mayoría de los asistentes me doblaban la edad; sin embargo, entre el mar de gente, pude vislumbrar a varias personas de mi rodada e incluso más jóvenes —algunos tímidos, otros acompañando a sus padres o abuelos—, demostrando que hay música que trasciende décadas y generaciones.

Irónica y poéticamente, la velada arrancó con “La Noche”. El público estalla en emoción al comprobar que el ídolo no solo goza de una salud envidiable: mantiene intacto aquel poder de voz. Avanza el concierto, las butacas se vuelven coro emotivo… con“Cierro mis ojos” o “Digan lo que digan”. La verdadera fiesta… cuando hasta la voz más tímida del recinto canta a todo pulmón “Mi gran noche”. El repertorio navega entre sus más grandes éxitos… con homenaje exquisito a Edith Piaf: “Padam, padam…”, “La vie en rose” y “Hymne à l’amour”.
Y luego, otros monumentos… todos lo son: “Estuve enamorado”… “Que nadie sepa mi sufrir”… un éxito tras otro. Pausa del divo para devolverle a México un poco del amor incondicional, profesado por acá, nada más por casi 60 años.
“Señoras y señores, es para mí un verdadero placer estar de vuelta en esta maravillosa ciudad como es México. Desde el comienzo de mi carrera, hace unos años ya, ustedes han sido conmigo absolutamente maravillosos, y ésta es una canción que me ha dado muchas satisfacciones”.
Desgarradora interpretación de “La Llorona”.
Se sigue con “Estar enamorado”, “Se nos rompió el amor”, “Yo soy aquél”… no se acaban las que todo el mundo se sabe y recuerda. Ovaciones ensordecedoras… la gente de pie. El artista, desde una genuina humildad, conmovido.
Diez mil 10 mil almas ‘tocadas’ canción tras canción… rendidas ante el poderío de Raphael. Se advierte inevitable la despedida cuando suena “Como yo te amo…”.
“¡Los amo tanto, tanto!”, expresa a mitad de su última canción. Besos al aire. Abandona el escenario y vuele en dos ocasiones. Tímidamente. Por un poco más de cariño para llevar. Gesto entrañable, espontáneo, genuino. Le sorprende la magia de la noche. De esta noche. La del próximo sábado, 18 de abril, segunda y última fecha en el Auditorio, será distinta. Con su propia magia, seguro. Y así, otra locura.
Experiencia catártica que saldó la deuda de ver en plenitud, a sus casi 83 años, al exponente definitivo de la balada romántica. Hombre originalmente, que inspirado en figuras como Pedro Infante, Elvis Presley, Carlos Gardel o Manolo Caracol, resultó elevado, igual, a deidad. Que seguirá, como quienes nunca se van… estando aquí, para adorarnos.
