Hollywood y la libertad de expresión a conveniencia: el caso de Mark Ruffalo

Animal MX · 6 de septiembre de 2026

Hollywood y la libertad de expresión a conveniencia: el caso de Mark Ruffalo

Por: Gonzalo Lira Galván

Hay una historia que Hollywood lleva años intentando contar de la manera más cómoda posible: que la libertad de expresión es un principio sagrado… siempre y cuando nadie diga algo que incomode a quienes pagan las cuentas.

El último capítulo tiene como protagonista a Mark Ruffalo, aunque el asunto va mucho más allá de Hulk.

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De la disputa corporativa a la acusación de antisemitismo

A finales de agosto, Paramount Skydance respondió públicamente a las críticas de Ruffalo contra la operación de 111 mil millones de dólares para adquirir Warner Bros. Discovery. El actor cuestionó los vínculos de la familia Ellison y Oracle con Israel y con la tecnología utilizada por el ejército israelí, describiendo lo que ocurre en Gaza como “un genocidio construido sobre un sistema de apartheid”.

Paramount respondió acusándolo de recurrir a expresiones “antisemitas” y aseguró que utilizar palabras como “genocidio” y “apartheid” en una disputa corporativa era «ir demasiado lejos».

Pero vamos a detenernos un segundo.

Porque una cosa es discutir si Ruffalo tiene razón sobre la fusión Paramount-Warner, sobre Oracle o sobre la familia Ellison. Y otra, completamente distinta, es convertir una crítica al Gobierno de Israel, a sus operaciones militares o a empresas que colaboran con su aparato tecnológico en una acusación de antisemitismo. Se trata de cosas diferentes, y pretender que no lo son resulta peligrosísimo.

El propio Ruffalo lo explicó de manera bastante sencilla: aclaró que criticar al primer ministro israelí, un contrato de tecnología militar o a los ejecutivos que lo suministran no equivale a atacar al pueblo judío, e insistió en su respeto por la comunidad judía.

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La respuesta de la comunidad judía en la industria

Entonces ocurrió algo particularmente significativo. Al poco tiempo de haber estallado la controversia, más de 170 artistas, intelectuales y figuras públicas judías salieron en defensa del cuatro veces nominado al Oscar. Entre los firmantes aparecen Joaquin Phoenix, Jonathan Glazer, Joel Coen, Todd Haynes, Tony Kushner, Ilana Glazer y Wallace Shawn.

La carta denuncia el uso de la acusación de antisemitismo para desacreditar críticas legítimas contra Israel y las estructuras corporativas relacionadas con el régimen de Benjamin Netanyahu.

Esto no es un detalle menor, porque la discusión ya no puede reducirse a «Ruffalo vs. Paramount». Ya hay miembros de la comunidad judía diciendo públicamente que denunciar los abusos cometidos contra los palestinos no es antisemitismo. Y eso debería bastar para obligarnos, como mínimo, a dejar de utilizar el término como un botón de emergencia para terminar cualquier conversación. La historia reciente de Hollywood demuestra por qué.

Un patrón sistemático de represalias en Hollywood

En 2023, Melissa Barrera fue expulsada de Scream VII después de publicar mensajes de apoyo a Palestina y describir lo que ocurría en Gaza como “genocidio” y “limpieza étnica”. Spyglass sostuvo que sus comentarios cruzaban una línea hacia el antisemitismo.

Susan Sarandon también perdió representación profesional después de pronunciarse sobre Gaza. Y Javier Bardem ha recibido ataques por denunciar lo que llamó “crímenes contra la humanidad” cometidos por el Gobierno israelí y por advertir que condenar esas acciones no convierte a alguien en antisemita.

Aunque quizá los ejemplos más polarizantes han sido casos como el de Jonathan Glazer, director judío de The Zone of Interest, quien ganó el Oscar mientras denunciaba la ocupación y la deshumanización de palestinos e israelíes. Su discurso al aceptar el premio provocó una tormenta política y cultural.

Algo aún más difícil de justificar ocurrió con Hamdan Ballal, codirector palestino de No Other Land, quien fue golpeado y detenido después de un ataque de colonos israelíes en Cisjordania.

El patrón es demasiado evidente para ignorarlo. Cada vez que alguien en Hollywood intenta hablar de Palestina, aparece una discusión sobre los límites del lenguaje, las responsabilidades de los artistas, el antisemitismo, la neutralidad o la «complejidad» del «conflicto». Todo eso puede discutirse. Ese derecho existe y debe existir en cualquier debate serio.

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Los límites del debate y la responsabilidad moral

Pero detengámonos una vez más.

Porque los ciudadanos israelíes tienen derecho a condenar a Hamás. Las víctimas del 7 de octubre tienen derecho a la memoria, la justicia y el reconocimiento. Y cualquier persona tiene derecho a considerar que determinadas expresiones sobre Israel pueden llegar a ser injustas, desinformadas, exageradas y, sí, algunas antisemitas.

Pero ese derecho no incluye el monopolio de la conversación, así como tampoco concede inmunidad frente a la crítica.

Llamar genocidio a lo que ocurre en Gaza no es una ocurrencia del Hollywood woke ni una moda de Instagram. Es una acusación de enorme gravedad sustentada en la escala de destrucción, el número de civiles muertos, el desplazamiento masivo, la devastación de infraestructura indispensable para la vida y las restricciones al acceso de alimentos, agua y medicamentos.

Organismos internacionales, expertos y organizaciones de derechos humanos han utilizado el término. Las vidas palestinas también importan y la destrucción sistemática de una población civil merece ser denunciada.

La diferencia entre combatir el odio y silenciar la crítica

Hollywood, que durante décadas convirtió sus películas en sermones sobre libertad, justicia y resistencia frente al poder, hoy tiene la incómoda obligación de practicar aquello que predica.

Por eso el caso de Ruffalo es relevante. No porque Mark Ruffalo sea un héroe; no lo es. Ruffalo es un actor que puede equivocarse, exagerar y hacer afirmaciones debatibles como las de cualquier otra persona.

Pero su caso importa porque cuando una de las mayores corporaciones de entretenimiento del mundo responde a una crítica política acusando al crítico de antisemitismo, debemos preguntarnos qué está ocurriendo realmente.

Y más importante aún es que cuando decenas de artistas judíos responden pidiendo un alto a la persecución, quizá deberíamos escucharles también.

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Porque hay una diferencia fundamental entre combatir el antisemitismo y utilizarlo a la ligera para combatir a quienes denuncian atrocidades como las cometidas contra la población civil en Palestina.

La primera es una obligación moral; la segunda es una forma de censura. Y frente a un genocidio, el silencio no es neutralidad: es complicidad.