Animal MX · 31 de julio de 2026
Por: Gonzalo Lira
Hollywood está en crisis. Pero no es una crisis que se reduzca a la falta de creatividad, la caída en la taquilla o el cambio de hábitos en sus audiencias. El problema es más profundo. Porque el entretenimiento, más que nunca, se ha convertido en una herramienta de poder económico, influencia política y control cultural. Para muestra está la compra de Warner Bros. Discovery por parte de Paramount Skydance, valuada en alrededor de 111 mil millones de dólares.
Mientras una coalición de doce estados ha logrado bloquear momentáneamente la operación por considerarla una amenaza para la libre competencia en los Estados Unidos, los promotores del acuerdo insisten en que únicamente una empresa de semejante tamaño puede sobrevivir a un mercado dominado por gigantes tecnológicos como Netflix, Amazon, Apple o YouTube.
Por el momento, y como parte del acuerdo judicial, Paramount aceptó no consumar la adquisición antes de junio de 2027 – o hasta que exista una resolución definitiva-. Porque aunque la discusión parece financiera, en realidad es política.
Cada vez que una industria entra en crisis tecnológica, la primera respuesta suele ser la concentración. Ha ocurrido con el petróleo, con las telecomunicaciones y con los bancos. Ahora el entretenimiento parece no ser la excepción.
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Hace unos 100 años, durante la primera mitad del siglo XX, cinco grandes estudios controlaban todo el negocio cinematográfico estadounidense. Producían las películas, las distribuían y además eran dueños de las salas donde se exhibían. El modelo parecía indestructible hasta que, en 1948, la Suprema Corte de Estados Unidos resolvió el histórico caso United States v. Paramount Pictures, obligando a que los estudios vendieran sus cadenas de cines. El caso marcó uno de los precedentes antimonopolio más importantes de la historia moderna. Lo que inició como un conflicto en torno al cine, se transformó en un debate sobre democracia económica.
La llegada de la televisión volvió a modificar el tablero, y aunque muchos pronosticaron el fin de Hollywood, ocurrió exactamente lo contrario. Los estudios aprendieron a vender contenidos a las cadenas televisivas y encontraron nuevas fuentes de ingresos. Décadas después apareció la televisión por cable y el mercado volvió a expandirse. Hasta que llegó el internet.
Netflix, que inició como un videoclub por correo postal, terminó convirtiéndose en la mayor revolución audiovisual desde la invención de la televisión. El streaming destruyó las ventanas tradicionales de exhibición, modificó los hábitos de consumo y obligó a los grandes estudios a crear sus propias plataformas. Los estudios no anticiparon que competir contra empresas tecnológicas resultaría infinitamente más caro de lo previsto.
Hoy en día, Netflix supera los 300 millones de suscriptores en el mundo, mientras Disney+, HBO Max y Paramount+ continúan buscando el equilibrio entre crecimiento y rentabilidad. Y es en esa carrera que producir más contenido ha dejado de ser sinónimo de ganancias. Porque ahora los presupuestos crecieron, las deudas aumentaron y las utilidades comenzaron a desaparecer.
¿Y cómo reaccionó la industria? La respuesta corporativa fue la de siempre: comprar al competidor.
Disney absorbió buena parte de 21st Century Fox por más de 71 mil millones de dólares. AT&T adquirió Time Warner por 85 mil millones antes de reconocer que su apuesta había fracasado, mientras que Discovery terminó fusionándose con WarnerMedia para crear Warner Bros. Discovery. Apenas cuatro años después, esa empresa ya busca un nuevo propietario. Pero esta vez la operación tiene un ingrediente adicional.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha desempeñado un papel que trasciende lo institucional en todo este caso. David Ellison, director ejecutivo de Paramount Skydance, ha reconocido públicamente su cercanía con el mandatario y ha señalado que Trump considera la fusión una forma de “fortalecer la competencia” frente a las grandes plataformas tecnológicas. Paralelamente, el mandatario ha intervenido exigiendo en distintos momentos la venta de CNN como parte de cualquier reestructuración de Warner Bros. Discovery, lo que ha alimentado las críticas sobre una politización del proceso.
La Casa Blanca sostiene que la revisión se apega a criterios legales. Sin embargo, resulta imposible ignorar el contexto. Porque en el caso de Warner Bros. Discovery ya no se trata únicamente de controlar estudios de cine. Significa administrar cadenas de televisión, streaming, derechos deportivos, bibliotecas audiovisuales, sistemas de publicidad digital y, en algunos casos, medios informativos capaces de influir sobre millones de personas.
Eso explica por qué la oposición a la fusión involucra también sindicatos como el Writers Guild of America, quienes han advertido que una empresa de semejante tamaño tendría la facilidad de reducir salarios, cancelar proyectos, disminuir la producción y concentrar la negociación laboral. Cuando hay menos empresas, hay menos compradores para el trabajo creativo y, por lo mismo, una menor capacidad de negociación para quienes escriben, producen o dirigen contenidos. Paradójicamente el streaming, que nació prometiendo mayor diversidad, hoy amenaza con producir el efecto contrario.
Si hace ochenta años el gobierno de Estados Unidos obligó a los estudios a desprenderse de las salas de cine para evitar monopolios, la pregunta inevitable es si las leyes de competencia están preparadas para enfrentar monopolios mucho más complejos.
Porque estas corporaciones ya no controlan únicamente la distribución física de una película, sino los datos de los usuarios, los algoritmos que recomiendan contenidos, las plataformas donde se exhiben y las empresas que los producen. Lo que se disfraza como una inocente y útil sugerencia de “qué ver” puede traducirse también en qué pensar, cómo sentir o por quién votar.
La batalla entre Paramount y Warner no trata únicamente de Batman, Superman o Harry Potter. Tampoco de balances financieros. Lo que realmente está en juego es quién tendrá la capacidad de decidir qué historias contará la industria audiovisual del siglo XXI.
Porque cuando unas cuantas corporaciones concentran la infraestructura tecnológica, el capital financiero y el poder cultural, el entretenimiento deja de ser un negocio para convertirse en una herramienta de influencia. Porque los monopolios nunca terminan controlando solamente los mercados. Tarde o temprano, también intentan controlar el relato.