Más allá de los hongos: por qué ver Hijas del bosque en FIC Morelia

Paula Paredes · 19 de octubre de 2026

Más allá de los hongos: por qué ver Hijas del bosque en FIC Morelia

Ya empezó el Festival Internacional de Cine de Morelia y con esta edición llega la oportunidad de conocer historias para mirar el mundo desde otra perspectiva, una de ellas es “Hijas del Bosque”.

Conversamos con su directora, Otilia Portillo Padua, sobre esta cinta documental que a partir del universo de los hongos y de las mujeres que resguardan los conocimientos vinculados con ellos, abre una conversación sobre la memoria, los saberes ancestrales, la ciencia y nuestra relación con la naturaleza.

Otilia Portillo-directora. Foto: Jesse Sabatier

¿De qué se trata “Hijas del bosque”?

A primera vista, “Hijas del Bosque” podría parecer una película sobre hongos, sin embargo, conforme avanza, su universo se expande hacia otros territorios que acaba tocando temas como el conocimiento que se transmite de generación en generación, el diálogo entre la ciencia y los saberes comunitarios, la pérdida de las lenguas indígenas y la posibilidad de imaginar formas distintas de relacionarnos con nuestro entorno.

Lo curioso es que para su directora, el origen de esta historia no estuvo precisamente en los hongos ni en las comunidades que aparecen en pantalla, sino en una inquietud filosófica sobre la manera en que contamos historias y nos acercamos a otras formas de vida.

Durante la pandemia, mientras leía a la pensadora Donna Haraway y reflexionaba sobre las relaciones entre especies, la cineasta se encontró con un ensayo de Ursula K. Le Guin titulado La teoría de la bolsa de mano de la ficción.

Allí encontró una idea que terminaría por convertirse en el punto de partida de la película: la posibilidad de construir relatos que, en lugar de seguir el recorrido lineal de un héroe, funcionen como recipientes capaces de contener múltiples historias.

Una canasta para contar otras historias

La narrativa tradicional suele construirse alrededor de un protagonista que emprende una aventura, enfrenta obstáculos y llega a una resolución.

Pero ¿qué sucede cuando una historia no necesita seguir esa línea? ¿Qué otras voces pueden aparecer cuando el relato deja de girar alrededor de un solo héroe?

La directora recuerda que el ensayo de Le Guin proponía precisamente otra manera de entender la narración, a partir de la idea de que la primera herramienta humana pudo haber sido un recipiente para recolectar y transportar, en lugar de un arma. Esta imagen abrió la posibilidad de pensar una película que reuniera experiencias, conocimientos y perspectivas distintas.

“Entonces esta historia empieza un poquito queriendo decir: ‘Ah, bueno, entonces, ¿cómo construyes una historia que sea un recipiente, un contenedor de otras historias, en vez de una flecha?’”.

A partir de esa pregunta aparecieron las recolectoras y, con ellas, el universo de los hongos.

En aquel momento, explica, los medios de comunicación y la literatura mostraban un interés creciente por el mundo fungi, sus propiedades y sus posibilidades. Sin embargo, en medio de esa conversación, había una ausencia que le parecía significativa: las mujeres que recolectan hongos comestibles y que poseen conocimientos profundos sobre las especies y sus entornos.

“Queríamos hacer la historia de la canasta, nos acercamos a científicos y los científicos con los que platicamos eran profesores de estas jóvenes, de Julieta y de Liz. Entonces, ya llegamos ahí como con una vuelta gigante”.

El recorrido que llevó a la película desde una reflexión sobre la narrativa hasta las recolectoras de hongos terminó por darle forma a una propuesta que no busca avanzar en línea recta, sino reunir distintas maneras de comprender el mundo.

El encuentro entre saberes 

Uno de los ejes centrales de “Hijas del bosque” es la relación entre el conocimiento científico y los saberes transmitidos de generación en generación.

En la película, ambos aparecen como formas de aproximarse a los hongos que no necesariamente se contradicen, sino que pueden complementarse.

Para la directora, conocer más sobre el tema durante la investigación le permitió cuestionar la idea de que únicamente aquello que se produce dentro de la ciencia académica puede considerarse conocimiento científico.

“Entre más aprendía sobre el tema, más entendía que, si bien no se le llama como ciencia occidental académica, sí es una ciencia. O sea, los saberes originarios sí son ciencias. Además, es otra metodología”.

La experiencia de las recolectoras muestra hasta qué punto ese conocimiento puede ser especializado. Reconocer numerosas especies, distinguir aquellas que son comestibles de las que son tóxicas y diferenciar hongos que pueden parecer prácticamente idénticos requiere una observación constante y una relación estrecha con el entorno.

“En ese universo de dos saberes, como uno quizá de la escuela y otro, el saber que te dan tus abuelos o tus padres o tus generaciones, porque finalmente tú te vuelves como una especie de contenedor del conocimiento de muchísima más gente, ¿no?”.

Esa convivencia se refleja en la manera en que Julieta y Liz se relacionan con los hongos, tanto desde la observación científica como desde una dimensión cultural y espiritual. La posibilidad de estudiar una especie mediante un microscopio no excluye necesariamente el reconocimiento de su significado dentro de una tradición.

“Lo que tienen ellas, que es muy lindo, es que estas ambas formas de conocimiento no están en oposición. Son complementarias. O sea, tú ves a Julieta en un microscopio observando a la especie del hongo santo y no hay ninguna contradicción. No hay ninguna contradicción en hablar con el hongo santo y en hacer una taxonomía del mismo”.

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La escena que quedó fuera de la película

Durante el proceso de realización hubo momentos que no llegaron al montaje final, pero que para la directora condensaban algunas de las tensiones más interesantes de la historia.

Uno de ellos ocurrió durante la preparación de un hongo conocido como hongo de cal, una especie que puede resultar tóxica si no se somete al proceso adecuado para volverla comestible. La familia protagonista recolectaba ejemplares blancos y el equipo tuvo la oportunidad de registrar cómo se preparaban para su consumo.

La escena tenía un valor particular porque Liz nunca había probado ese hongo. Frente a la preparación, el conocimiento científico que advierte sobre los riesgos de ciertos hongos blancos entraba en tensión con la confianza depositada en las prácticas tradicionales de la comunidad.

“Esa escena a mí me gustaba mucho porque Liz nunca había probado ese hongo. O sea, sí le daba miedo. Era una escena particular en la que ahí el conocimiento científico de que no te acerques a los hongos blancos como que le daba duda con respecto al conocimiento tradicional”.

La situación planteaba una pregunta que atraviesa buena parte de la película: ¿cómo actuar cuando dos formas de conocimiento parecen ofrecer respuestas distintas? Para Liz, la decisión de probarlo implicaba enfrentarse a esa incertidumbre y reconocer el valor de una práctica heredada, sin que desaparecieran por ello las dudas.

“Cuando se lo come, dice: ‘Tampoco voy a dudar del conocimiento tradicional’. Pero hay un poco de tensión porque, pues sí, ahí hay como un contraste: mis ancestros me dicen que está bien comerlo, pero la ciencia me dice que ojo con estos hongos”.

Un documental especulativo: imaginar cómo ve y escucha un hongo

Esa intención de desplazar la mirada humana se tradujo en las decisiones visuales y sonoras de Hijas del bosque. La película no presenta los hongos únicamente como organismos que deben ser observados, sino que explora la posibilidad de aproximarse a ellos desde una perspectiva distinta.

La directora explica que, desde el inicio, el equipo se preguntó cómo podría ver y escuchar un hongo. Más adelante, esas preguntas se extendieron al lenguaje: si el hongo pudiera hablar, ¿cómo sonaría su voz y qué tendría que decir?

“Para nosotros lo que siempre fue muy importante es darle perspectiva, dar una perspectiva no humana en la película, o sea, usar las herramientas del cine para dar presencia a lo no humano”.

Las lenguas como redes vivas

El lenguaje constituye otra de las dimensiones fundamentales de Hijas del bosque. En la película aparece el zapoteco, una lengua viva cuya diversidad regional implica que sus hablantes no necesariamente se entiendan entre sí en todas las comunidades.

También se aborda el caso del tlahuica, una lengua en peligro de desaparición, cuyo número de hablantes, de acuerdo con lo comentado por la directora durante la entrevista, se había reducido a unas pocas personas.

Para ella, la convivencia de estas lenguas representa distintas maneras de comprender el mundo. Mientras una conserva una presencia activa en sus comunidades, la otra permite reflexionar sobre lo que está en juego cuando una lengua deja de transmitirse.

La directora describe el sonido del tlahuica como una experiencia particular, cercana al canto, con frases largas que parecen desplegarse de manera continua. Su acercamiento posterior a los últimos hablantes, junto con el trabajo de los especialistas, profundizó su percepción de la relación entre lengua, memoria y territorio.

“Cuando se pierde una lengua, pues se pierde una comprensión del mundo”.

La desaparición de una lengua no implica solamente que dejen de utilizarse determinadas palabras. También puede significar la pérdida de conocimientos, relatos, formas de nombrar el entorno y experiencias que han sido construidas colectivamente a lo largo de generaciones.

En la película, esa posibilidad de pérdida se relaciona con otras amenazas: la transformación del territorio, el debilitamiento de los saberes comunitarios y la interrupción de los procesos de transmisión cultural.

“Para nosotros la lengua también era como una especie de micelio que puede seguir creciendo y latente o, pues, se apaga y se apaga. Y, pues sí, algunas lenguas están muertas y algunas están en fase de morir”.

La comparación con el micelio permite entender el lenguaje como una red que se sostiene mediante las relaciones entre quienes lo hablan y lo transmiten. Mientras exista esa conexión, el conocimiento puede continuar creciendo; cuando se interrumpe, desaparece también una parte de la diversidad cultural.

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Porque ver “Hijas del bosque”

¿Y si una película sobre hongos terminara hablándonos de nosotros mismos?

Con una propuesta visual y sonora que invita a mirar el bosque desde una perspectiva no humana, la cinta nos recuerda que hay otras formas de comprender el mundo y que no todo necesita ser explicado para despertar nuestra curiosidad.

Pero su reflexión más profunda está en la colectividad: en la posibilidad de aprender de los hongos, de sus redes y de sus conexiones para cuestionar el individualismo y reconocer que necesitamos de los otros para construir algo en común.

“Es una invitación a la audiencia a que se deje un poco sumergir en los bosques mexicanos a través de otra mirada y en el reconocer al otro y la otredad, no como algo extraño y al que tenerle miedo, sino algo del que podemos aprender”.

Esa invitación también se extiende a nuestras relaciones con otros seres humanos. Aprender a observar lo que parece ajeno, reconocer que existen formas de conocimiento distintas a las propias y aceptar que no siempre es necesario comprenderlo todo pueden ser los primeros pasos para construir relaciones más abiertas.

¿Cuándo ver “Hijas del Bosque” en el FIC de Morelia?

  • Lunes 19 de octubre, 15:45 horas en el Cinépolis Centro, Sala 3
.
  • Martes 20 de octubre, 18:40 horas en el Museo Regional