Animal MX · 6 de noviembre de 2026
Por: Gonzalo Lira Galván
Desde sus inicios, hace más de un siglo, hacer cine ha significado reunir a un grupo de personas para conseguir lo extraordinario: provocar emociones en otras personas. Actores, actrices, directores, escritoras, fotógrafos y más han dedicado su talento a construir mundos que, aunque ficticios, contienen algo humano. Pero ahora parece que estamos entrando en una etapa en la que algunos empresarios consideran que todo ese proceso puede convertirse en un inconveniente prescindible. Elon Musk acaba de ofrecer un ejemplo de hacia dónde podría conducir semejante ocurrencia.
Hace unos meses, Musk cuestionó públicamente la “fidelidad histórica” de La Odisea, la película más reciente del director Christopher Nolan, asegurando que la inteligencia artificial de sus plataformas digitales podría generar una versión superior y más fiel. Su respuesta a la adaptación de Nolan consiste en una versión generada con Grok Imagine que parece tener otras intenciones más allá de las artísticas o históricas: demostrar que una inteligencia artificial puede fabricar una película sin la necesidad de atravesar el engorroso proceso de hacer una película.
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Lo publicado hasta ahora por Musk a través de la plataforma de X es solo un episodio de aproximadamente siete minutos, no el largometraje que se esperaba considerando el desafío inicial. El resultado es una sucesión de imágenes artificiales, movimientos extraños, expresiones inconsistentes y diálogos que se sienten salidos de una máquina. Una porquería sin mérito artístico pero un experimento bastante revelador. La experiencia es algo más cercano a contemplar las capacidades de un generador de imágenes en una expo tecnológica que la de ver una película. En conjunto con Grok, el proyecto también cuenta con la participación de Wonder Studios X y el director Dev Walker, una curiosa contradicción para una iniciativa que pretende demostrar hasta dónde puede llegar la automatización sin la intervención humana.
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Pero el verdadero fracaso no está en sus deficiencias técnicas. Está en su incapacidad para transmitir humanidad. La Odisea es una historia sobre la pérdida, la nostalgia, el deseo, la muerte y la perseverancia. Sobre un hombre que atraviesa un mundo hostil para regresar a casa. En la versión de Grok, todo parece reducido a una colección de estampas espectaculares pero sin conexión emocional alguna. Hay imágenes y personajes pero no hay postura, no hay ángulos ni interpretaciones. La máquina puede imitar la apariencia de una película, pero todavía no parece entender por qué alguien querría verla.
El peligro en este tipo de experimentos crecerá cuando dejen de ser simples curiosidades para convertirse en modelos de negocio. La inteligencia artificial ofrece a los grandes estudios una oportunidad tentadora para reducir presupuestos, eliminar puestos de trabajo y prescindir de profesionales cuyos conocimientos han tardado décadas en desarrollarse. Tilly Norwood, la actriz virtual creada mediante IA que busca abrirse camino en la industria, representa una de las primeras manifestaciones de ese escenario. Una intérprete que no cobra salario, no exige derechos laborales y puede ser modificada de acuerdo a las necesidades comerciales de sus creadores.
La reciente adquisición de Warner Bros. Discovery por parte de Paramount, bajo el nuevo conglomerado Skydance, tampoco ofrece demasiados motivos para el entusiasmo. La operación contempla miles de millones de dólares en sinergias y ahorros operativos. En una industria donde las fusiones suelen traducirse en despidos, cancelaciones y concentración de poder, la automatización aparece como otra herramienta para hacer más con menos. El problema es que, cuando se trata de cine, producir más barato no siempre es sinónimo de producir mejor.
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Por fortuna existen cineastas y estudios dispuestos a defender una filosofía distinta. El reciente estreno de Wildwood: El Bosque Salvaje, de los estudios Laika, es una extraordinaria demostración de lo que puede conseguirse con un trabajo artesanal. La película de Travis Knight apuesta por la animación stop-motion con cientos de marionetas, sets físicos y miles de expresiones faciales construidas para dar vida a sus personajes en cada cuadro de la pantalla. Es un trabajo minucioso, costoso y deliberadamente humano. Cada movimiento requiere tiempo y cada gesto es el resultado de una decisión tan creativa como es humanamente posible.
Guillermo Del Toro ha defendido en numerosas ocasiones la importancia de la animación artesanal y la materialidad de los objetos en el cine. Christopher Nolan, por su parte, ha manifestado reservas sobre la sustitución de procesos creativos por sistemas automatizados. Y es que no se trata de rechazar cualquier avance tecnológico, sino de entender que una herramienta no debe convertirse en el sustituto de aquello que hace posible el arte.
La diferencia entre algo como Wildwood y lo que hizo Grok al “adaptar” La Odisea es mucho más profunda que una simple cuestión de presupuestos o tecnologías. Porque mientras una usa herramientas para expandir las posibilidades de la imaginación, la otra parece celebrar la posibilidad de prescindir de ella.
Quizá sea momento de recordarle a Musk y todos los empresarios detrás de los grandes conglomerados del entretenimiento que el viaje de Odiseo nunca fue solamente una sucesión de monstruos, batallas y escenarios espectaculares. Se trata de una historia sobre la condición humana, la necesidad de pertenecer y el deseo de regresar a casa. Y por más que Grok consiga reproducir cada isla, cada criatura y cada naufragio, hay algo que todavía no puede fabricar: la emoción de entender por qué ese viaje importa.