El idioma de la rabia: System of a Down y el arte de perdonar a un bully

Animal MX · 30 de mayo de 2026

El idioma de la rabia: System of a Down y el arte de perdonar a un bully

Por Ricardo Martínez

Si bien en mi memoria ya residían vagamente algunos acordes de System of a Down desde que era muy pequeño, recuerdo con exactitud la primera vez que los reconocí. Fue en un día de escuela, en medio del matoneo habitual. Uno de mis bullies llevaba en su mochila un parche de la banda. Era un niño «güerito», de esos que cargaban dinero suficiente para comprar lo que quisieran en la cooperativa escolar, lo que se traducía en un evidente sobrepeso para su edad. Se movía en una especie de pandilla con otros chicos de gustos afines, aunque físicamente distintos. No solo se juntaban para agredir a los demás, sino para compartir un ecosistema de intereses propios de la época: los tazos, el futbol, los chistes de Otro Rollo con Adal Ramones, las irreverencias de Incógnito con Facundo y, por supuesto, los videos musicales del momento.

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Yo estudiaba en una escuela pública, pero para aquel entonces, a muchos de nuestros hogares ya estaban llegando los ecos de la globalización. Los sistemas de televisión por cable se volvieron más accesibles, trayendo consigo a MTV y toda su barra de música alternativa. Al mismo tiempo, la piratería inundaba los tianguis de los barrios populares; así como podías encontrar los grandes éxitos de José José o Rocío Dúrcal, empezaban a colarse propuestas rebeldes que sacudían «las buenas costumbres». Y, como telón de fondo, el internet comenzaba a infiltrarse en nuestra realidad cotidiana.

Para ese entonces, el grunge se iba desvaneciendo; su pesada carga depresiva parecía apagarse poco a poco tras la pérdida de su ícono más grande. Mientras el inicio de los 2000 le entregaba la batuta a figuras del hip-hop como Eminem, 50 Cent y Snoop Dogg, una nueva semilla germinaba tomando prestada la rabia del grunge: el nu-metal. Diré algo que para muchos puede sonar controversial: así como hoy un sector de la sociedad mira con recelo a los corridos tumbados, en aquel tiempo se miraba al nu-metal. La diferencia radicaba en que este género no hacía apología del delito, sino que, por el contrario, lo denunciaba. Sin embargo, le hablaba a audiencias igual de vulnerables: chicos llenos de rabia, víctimas de matoneo, jóvenes provenientes de entornos desfavorables donde ambos padres tenían que salir a trabajar o madres que emprendían negocios desde casa para sobrevivir.

Los niños de nuestra generación tratábamos de entender el mundo a través de las pantallas, cruzándonos a principios del nuevo milenio con palabras como guerra, terrorismo y genocidio; conceptos que nos parecían más propios del cine bélico que de los libros de historia. Y aunque muchos artistas hablaron del tema, fue System of a Down quien alzó la voz por una tierra para muchos desconocida: Armenia. Los cuatro miembros de la banda, descendientes directos de sobrevivientes del genocidio armenio de 1915, convirtieron su arrollador éxito global y canciones como “P.L.U.C.K.” en un megáfono ineludible para exigir el reconocimiento oficial de la masacre. Transformaron su furia musical en un activismo tenaz, el cual culminó en 2015 con un histórico concierto en su patria ancestral para conmemorar el centenario de la tragedia.

Con esa potente conexión entre sus letras y su estilo, era inevitable que el público mexicano adoptara a System of a Down como suyo. Nuestro propio entorno político y social nos acercó a ellos a un nivel sumamente personal: éramos jóvenes enojados que necesitábamos canalizar la rabia, y qué mejor manera de hacerlo que a través de una causa justa. Su primera visita —aquel mitológico 28 de septiembre de 2011 en el Palacio de los Deportes— quedó grabada a fuego en el corazón de miles de fanáticos.

Esta semana, la banda finalmente regresó tras ocho largos años de ausencia en México, una espera que se sintió aún más pesada debido a su prolongado silencio discográfico. Recordemos que pasaron quince años sin lanzar material nuevo hasta que, en noviembre de 2020, sorprendieron al mundo con “Protect the Land” y “Genocidal Humanoidz”. Fieles a su identidad, rompieron década y media de pausa por una razón puramente humanitaria: recaudar fondos y visibilizar el conflicto bélico que azotaba a Artsaj y Armenia. Con este nivel de devoción, el querido “Domo de Cobre” les quedaba pequeño; fue así como agotaron dos fechas en el imponente y recientemente rebautizado Estadio GNP.

Me tocó asistir a la segunda noche en este recinto. El ambiente se sentía extrañamente amable para tratarse de una banda de metal conocida por su sonido arrollador. En los alrededores vi mercancía bastante juguetona, desde bolsas de mandado hasta playeras con referencias infantiles, gatos y caricaturas. Pero la noche tenía que empezar. El acto de apertura corrió a cargo de IDLES. Los británicos, conocidos por su sonido punk caótico y desenfrenado —y vistiendo jerseys del futbol mexicano—, nos entregaron una dosis perfecta de ruido y caos con temas como “Mr. Motivator”, “Never Fight a Man With a Perm” y “Car Crash”. Fueron el aperitivo ideal para el plato fuerte.

Finalmente, Serj Tankian, Daron Malakian, Shavo Odadjian y John Dolmayan tomaron el escenario. ¿El tema elegido para abrir? «X», una canción sobre inmigración, superpoblación y genocidio que nos anticipaba un setlist cargado de sus himnos más contestatarios. Le siguieron “I-E-A-I-A-I-O” —con Daron pidiendo al público que coreara el estribillo— y la brutalidad esquizofrénica de “B.Y.O.B.”. Entre la multitud comenzaron a vislumbrarse bengalas y fuegos artificiales improvisados; si la banda no traía pirotecnia, el público mexicano se encargaría de ponerla.

Sonaron joyas como “Radio/Video”, “Hypnotize” y “Psycho”. Daron Malakian fungió como un auténtico maestro de ceremonias. Por su parte, aunque los años han pasado por el vocalista y en el escenario se percibía un poco más contenido físicamente, la imponente voz y presencia de Serj Tankian brilló de manera soberbia en cada interpretación. Como era inevitable, la locura absoluta se desató con uno de los grandes himnos de la banda: “Chop Suey!”. Los mosh pits reventaron en la pista, las bengalas iluminaron el recinto y los 65 mil asistentes fuimos parte de un ritual demencial, viendo a distintas generaciones unidas disfrutando de una agrupación que definió los dosmiles.

Uno de los momentos de mayor comunión entre el público y la banda llegó durante “Lost in Hollywood”. Como parte de un proyecto coordinado en redes sociales, los asistentes usamos las pantallas de nuestros teléfonos para formar los colores de la bandera de Armenia, un gesto que los músicos agradecieron profundamente. Poco después, Serj presentó “Tentative” con un fuerte y emotivo mensaje de apoyo a los niños de Gaza.

La noche llegaba a su fin. Dos temas fueron los elegidos para la despedida. El primero fue “Toxicity”, uno de los mayores éxitos de su carrera, que sonó más masivo que nunca. Pero el verdadero cierre, el broche de oro, fue sumamente especial: “Sugar”, lanzada exactamente un 24 de mayo de 1998 como su primer sencillo. Un final deliciosamente caótico que nos devolvió al inicio mismo de su historia.

Me marché camino a casa procesando todo. Acababa de ver en vivo a una banda que, en mi infancia, me causaba rechazo debido a aquellas malas experiencias escolares. Sin embargo, puedo decir que hoy ocupan un lugar muy especial para mí. Hace tiempo que hice las paces con su música y, en mi interior, le otorgué el perdón a aquel bully. Con los años me volví más reflexivo; logré entender la profunda rabia que tanto él como otros cargábamos. Somos individuos tratando de sobrevivir dentro de una sociedad rota. Pero si existe algo cercano a un lenguaje universal y curativo, es la música. Por fortuna, tanto yo como todas las almas que estuvimos anoche en el estadio pudimos fraternizar y sanar gracias a ese idioma. Así que, si alguna vez quieres entrar en la mente de alguien y conocer sus heridas, quizá valdría la pena empezar por preguntarle qué le gusta escuchar.