Carlos Díaz-Barriga / @diazbarriga1 · 2 de marzo de 2026
Domingo 1 de marzo, tres de la tarde. Todos los caminos llevan al Zócalo. En la ruta, cuatro revisiones. Anuncian a tres mil ‘azules’ cuidando. Hay que abrir la mochila y aguantar el cateo. Una cuadra tras otra. Ni que fuéramos reporteros. En Tacuba, en Isabel La Católica, en 5 de Mayo y en la calle Monte de Piedad, mera esquina de la Catedral ya para entrar a la Plaza de la Constitución: el espacio natural para los grandes mensajes políticos de coyuntura. Pongamos el caso.
Shakira y la manada mexicana que le sigue siendo fiel
Apenas hace una semana se esbozó en redes la posibilidad de cancelar este concierto que ya se preveía masivo entre los masivos. A pie de calle, ni asomo del domingo anterior, ahora lejanísimo, cuando el gobierno mismo reconoció 252 bloqueos en 22 estados del país tras la detención y abatimiento de Nemesio Oseguera, omnipotente narcotraficante, a manos de las fuerzas federales. Cero preocupación por afectaciones al ya inminente cachito de Mundial que nos toca. El bombardeo de EU e Israel a Irán, tampoco es nota.
Ya en la plancha, gorras bordadas con el nombre de la colombiana mayor “a cien varos”; estampitas religiosas pa’ la cartera con la imagen de la barranquillera, a 10; billetes de a dólar con su rostro luciendo mejor que el de Washington, igual, de a 10 pesillos: “más baratos que en el banco, jefe”; nieves de limón… ¡de limón la nieve!, a 30; y una bandera a toda asta. Ésa no se vende.

En la era de la inmediatez, transcurren cinco horas al rayo del sol… del sol de invierno. Miles se protegen con miles de sombrillas. Serenidad, sudor y paciencia. El escenario está a las puertas de la Catedral. A manera de atrio musical. A Dios rogando y con ‘la bataca’ dando. A las 8.30 retiembla en sus centros la tierra. Hela ahí, en el altar. Vibrando la cadera, ondulando el vientre y rematando con ‘shimmy’ árabe de hombros. Navegando a los 49 años entre la sensualidad y el erotismo más puro. Se ha ganado el cielo. Por lo menos, esta noche, el cielo despejado. Y una luna llena.
La otra vez que ofreció un concierto, descalza, en el Zócalo, más gratuito para el público que para los que lo pagan, fue en mayo de 2007. Hace casi dos décadas. Entonces retacaron 200 mil los 47 mil metros cuadrados de la plaza. Ahora, dicen autoridades que se duplicó la cifra. Viva la tabla del dos.

Más allá del esparcimiento y de la cultura y de las buenas repercusiones políticas, internas y externas, hay otro gran gran motivo para esta fiesta en el ombligo de la nación: hace justo 30 años, en 1996, cuando no habían nacido la mitad de los asistentes y la otra mitad eran jóvenes veintiañeros, Shakira se presentó por primera vez en México.
Esta vez hay patrocinio chelero. La mercadotecnia es perfecta. Con el concierto concluyen las celebraciones por los 100 años de Corona. La autoridad se sumó con originalidad a la conmemoración y anuncia un día antes: “ley seca en todo el Centro Histórico”. Miles circulan portando, reinas y reyes, una tiara amarilla de cartón. Las regalan en cada esquina. Reparten además cientos de miles de pulseras electrónicas, tatuadas con la marca, de leds sincronizados a la iluminación del espectáculo. La producción sobre el escenario es impactante. Abajo del escenario, más. En la muñeca de cada asistente, se ilumina cada una de las 30 canciones… 200 o 300 o 400 mil luces azules o rojas o rosas o verdes o blancas, simultáneamente. Con 200 o 300 o 400 mil voces que sonando como una sola, hacen vibrar algo más que los vidrios del antiguo edificio del ayuntamiento. Memorable.
Ahí estamos. Ante la artista latina más premiada de la historia. Talento sin límite o políglota con siete idiomas que en sus ratos libres estudia historia de la filosofía. Estrella que deja de serlo cuando sale del escenario. Gigantesca bienhechora de 1.57 que con humildad ejerce empoderamiento, congruencia o solidaridad sin tregua con las niñas y niños y adolescentes más pobres… como si nunca se le hubiera olvidado que su padre en bancarrota, la llevó de niña a un parque repleto de huérfanos, para que entendiera que siempre había algo peor y más importante que resolver. Todo indica que en la cúspide de la cúspide, Shakira Isabel Mebarak Ripoll ya es mucho más de lo que es. Es lo que representa.

Los que ayer fueron al Zócalo quizás no sepan que Gabriel García Márquez le pidió dos temas (‘La despedida’ y ‘Hay amores’) para la adaptación cinematográfica de ‘El amor en los tiempos del cólera’ (2007). Años antes, en 1999, el Gabo la había entrevistado -como el reportero que nunca dejó de ser- para la revista Cambio. Y en aquel texto, viejo sabio, fino y caminado, expuso haber visto en ella lo que un cuarto de siglo después, pudo conformar la crónica plagiada de este domingo, en catorce palabras: “es el caso ejemplar de una fuerza telúrica al servicio de una magia sutil”.
Shakira hace historia en su show número 13 y se prepara para cierre en el Zócalo
Atiborrados los balcones del Hotel Majestic y del Gran Hotel de la Ciudad de México, en la acera de enfrente -en Palacio Nacional-, alguien más podría haber disfrutado y observado el inaudito concierto. A discreción. Detrás de las cortinas. Con las luces apagadas. ¿Por qué no? Al instante mismo en que concluye, a las 22.47, se confirma la ingenua sospecha. La presidenta Claudia Sheinbaum publica en su cuenta de X: “Las mujeres ya no lloran”. Y agrega 25 manitas con aplausos.
Concierto extraordinario, oportuno… perfecto en su realización y en su logística. Pleno de mensajes entre canción y canción. Uno de ellos, poderoso, dice sin decir: todo bajo control.
