¿Ronaldinho? ¡El show se lo roba Cuauhtémoc Blanco!

Felipe Morales · 20 de abril de 2026

¿Ronaldinho?  ¡El show se lo roba Cuauhtémoc Blanco!

Hay ídolos paridos por los Dioses, personajes barrigones con pantaloncillos cortos adictos a los macarrones, que se mudaron de sus cuerpos, pero nunca de sus mentes.

Jamás dejaron de pensar. Sus ideas están intactas, porque en el futbol puede jubilarse todo menos el talento.

Eso se confirmó en el partido de leyendas, entre México y Brasil, jugado en el Estadio Azteca, ante más de 70 mil aficionados, porque la nostalgia es otra de las formas de la felicidad.

Si, en un inicio, la afición perseguía los trucos de Ronaldinho, el conejo también lo sacó del sombrero Cuauhtémoc Blanco Bravo, el político disfrazado de futbolista con sobrepeso, que cambió los iniciales abucheos por aplausos, porque no hay un sitio más democrático que un estadio de futbol.

Ronaldinho y nuestro “Cuauh” tuvieron eso: el descaro desprendido del instinto. Si es cierto que salieron del barrio y de las favelas, el pueblo nunca salió de ellos.

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Y si recordar es vivir, entonces el Azteca fue una vida feliz. Lo fue antes, pero no se sabía. Lo fue esta vez. Lo ha sido siempre, pero sucede que, de generación en generación, se repite un discurso con perfume de añoranza. “Era mejor el futbol de antes”.

Ante esa verdad capital hay poco que hacer. Aunque la vida está allá adelante, la melancolía ha servido, sirve y servirá para hacer canciones y para chutar a portería.

La Selección Mexicana ha sido el permanente triunfo de la ilusión sobre la desazón. México es Campeón del Mundo en perder bonito. “Pero los de antes sí tenían huevos y personalidad”, ataja algún aficionado con la bandera tricolor pintada en los cachetes, mientras pide otra cerveza que le disimule el coraje.

Ese temperamento, el del aficionado de a pie, vive en los botines de Cuauhtémoc y sus pases viendo hacia otro lado; o en sus recepciones de balón con las nalgas; o en su manera de escaparse de dos defensas atenazando la pelota y gravitando por los aires para salir montando a caballo de un espacio tan reducido como sus complejos.

Esa añoranza del seguidor común, aún vive en el recuerdo de Oribe Peralta y sus goles de oro que dieron una medalla olímpica; o en las atajadas de San Oswaldo Sánchez, a quien muchos mexicanos le prendieron veladoras y recibieron milagros en forma de salvación de su portería. O en la elegancia de un Rafael Márquez que sigue entrando al campo como si lo hiciera a una boda: de smoking.

Esas ganas de disfrutar el presente, porque el pasado fue mejor, todavía respiran en la zurda de Andrés Guardado o en el número “100” que vistió “El Bofo” Bautista, que, dicen, corrió más en este partido que contra Argentina, en el Mundial de Sudáfrica 2010.

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Foto: Cuartoscuro

El gol sigue siendo cantado proveniente de las gargantas encendidas por Luis Hernández. El “Matador” marcó picando la pelota como si Julio César fuera alemán y su gol contara para unos Octavos de Final, contra Alemania. La pelota tiene eso: es viajera del tiempo y quien la toca se teletransporta a Francia 98.

O a Estados Unidos 94, cuando “Zague” surcó, de nuevo, las tierras del Azteca, que, en algún momento de su vida, fue su segunda casa. Luis Roberto es la excepción a todo. Si antes solamente sabía pegarle con la zurda, ahora es el único que parece jugador profesional. En algunos casos, la disciplina tampoco se retira.

Pero, a veces, solo es suficiente el talento de envenenar una pelota y convertirla en dardo como lo hacía y lo sigue haciendo Pável Pardo. Unas ocasiones es suficiente ser Carlos Salcido para desbordar por izquierda al recuerdo argentino desvanecido en aquel gol en Copa Confederaciones 2005. O basta para ser Miguel Herrera y habitar la banca y pensar que 12 años se consumen en el puño apretado del tiempo, que comete la estupidez de transcurrir…

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A veces, basta marcarle dos goles al Brasil de veteranos para que Oribe Peralta tenga mejores números que en el Guadalajara. Pero tardes como estas también funcionan de palanca. Destraban el odio hacia lo actual. Una ola y la ausencia de gritos homofóbicos al rival, también reeducan al seguidor, que es noble por naturaleza, y que, quizás, ha distorsionado su exigencia porque cree que los actuales jugadores nacionales “son unas divas”. Pero quienes estuvieron esta vez en la cancha no. Ellos vencieron 3-2 al Pentacampeón. Aunque Ronaldinho haya viajado por los aires haciendo rehiletes y ruletas, los mexicanos sobrevivieron, incluso, a un gol de Kaká y a otro de Adriano, en fuera de lugar.

Las pantallas del Coloso de Santa Úrsula, que no sabe mentir, exhibieron la posición adelantada del exariete del Inter de Milán. Fue un puñal clavado en el corazón, como cuando en Sudáfrica 2010, las televisiones gigantes también transmitieron el offside de Carlos Tévez. Misma energía. Idéntica decepción que, en aquel entonces, sepultó las aspiraciones mexicanas en un juego recordado por aquella injusticia y por un error tan grosero de Ricardo Osorio, que por la pena casi no sale a jugar este partido de expiación. En algunos casos, el pasado también puede doler. El domingo 19 de abril de 2026 no.

Este fue un día en el que, como en aquella Copa Confederaciones de 1999, México le ganó al Brasil de Ronaldinho. Porque pueden cambiar muchas cosas, menos la paternidad tricolor sobre la verdeamarelha.

Donde algunos vinieron buscando a “Dinho”, se reconciliaron con el político Cuauhtémoc Blanco. Con 20 kilos de más, sigue jugando mejor de lo que gobierna.