Felipe Morales · 15 de julio de 2026
Para quien dice que es solo un partido de futbol, los himnos no se escucharon. No fue por la ausencia del sonido local. Fue por el exceso de presencia rival. Las notas patrias fueron abucheadas por ambos bandos.
No se había jugado un solo minuto del partido cuando las aficiones ya lo dejaban claro: el Argentina vs. Inglaterra no es, no ha sido y nunca será un partido más. No lo fue hace 40 años con Maradona, ni hoy con Messi.
¿Quieres estar al día con Animal MX? Dale clic a nuestros canales gratuitos en Whatsapp y en Instagram.
Porque el pasado también tira centros, la albiceleste jugará su segunda Final de Copa del Mundo seguida. Si el 22 de junio de 1986 Maradona anotó con ‘La Mano de Dios’ y surcó el césped del Estadio Azteca con una persecución autodestructiva, esta vez, Argentina ganó desde lo colectivo. Y desde el jugador 12: el carácter. No hay equipo en el mundo con más temperamento que el sudamericano.
Remontar (2-1) es una forma de vida. Y eso es algo muy poco inglés, porque el coraje toma mate y no toma té.
Mira esto: Argentina pasa a la final con una remontada épica sobre Inglaterra
En partidos como estos, con acervo político e histórico, la pelota es igual de redonda que el mundo. Aunque una rueda y el otro gira, los dos laten. Y lo que pasa en un ecosistema no excluye al otro.
Que haya existido una guerra en disputa de las Islas Malvinas, con duración de 74 días y más de mil militares fallecidos de ambos bandos, es algo tatuado a fuego que, cada tanto, se enciende de nuevo.
Algo que también bota como un balón, a veces, es la forma más pacífica de resolver un conflicto; por lo menos desde el otro partido, desde el simbólico.

“Las Malvinas son argentinas”, fue la conclusión que los futbolistas ganadores, vestidos de Final, exhibieron en una manta al acabar el partido.
Fue el doble triunfo argentino. La victoria sobre la victoria. El recordatorio de soberanía ante un territorio ocupado, pero nunca goleado.
Como el tambor del orgullo se bate al ritmo de las injusticias sociales, el futbol sirve de pretexto. En el primer tiempo se cometieron 19 faltas. Como si el partido se jugara con un hacha, interesaba todo menos la pelota.
Era la demarcación de un nuevo territorio que estaba por jugarse…
Ahí, en la cancha, donde en un Mundial importa, el miedo a no perder podía más que las ganas de ganar. Era un juego de errores. Ganaría quien cometiera menos o supiera jugar desde otro sistema: desde el nervioso.
Lee más: Argentina festeja con manta sobre Las Malvinas ¿habrá multa?
Como quien patea mucho piensa poco, en el primer tiempo la partida transcurrió desde el goteo de ideas. Ambos equipos jugaban como consumidos por un recuerdo. No es que fueran soldados, pero sí que representaban las mismas banderas. Y el futbol tiene eso. Es capaz de mirar con un cristal de aumento hacia el pasado, para que chute en el presente.
Fue hasta el segundo tiempo cuando, tanto argentinos como ingleses, aligeraron la carga emotiva. Y entonces, por fin, jugaron al futbol.
Y en ese contexto, Anthony Gordon hizo un Gary Lineker cuando anotó el primer gol de Inglaterra con un arribo silencioso en el segundo poste.
Un centro proyectado por derecha por Morgan Rogers se paseó por toda el área; el defensa Nahuel Molina no le puso doble llave al área chica y, así, le abrió la puerta de la anotación al nuevo jugador del Barcelona.
Primer tiro.
Primer gol con puntualidad inglesa.

Jugar a no perder casi siempre es perder. Los ingleses no lo sabían, aunque después lo conocerían. Con la ventaja parcial, los de Thomas Tuchel se replegaron tanto que casi se salían de la cancha. Activaron el modo resistencia. Pero enfrente estaba un Campeón del Mundo reinante.
Entonces, Argentina jugó desde el instinto, según explicó el entrenador Lionel Scaloni: “A este grupo no le pesa la responsabilidad, no tiene miedo. Ellos juegan como si tuvieran 6 o 7 años. Los últimos 40 minutos representan nuestro futbol, todo lo que nos enseñan desde chiquitos”.
De esa forma, como perseguidos por una manada, hicieron figura al arquero inglés Pickford. Muchos recordarán a Vozinha en este Mundial, pero, hasta ese entonces, el portero de los ‘Tres Leones’ rugía con dos atajadas propias del mejor arquero de la competencia.
Sus guantes magnetizados aplazaban el grito de gol argentino: primero, en un cabezazo, seco como una verdad, de Nico González; y después con un lance acrobático ante un envío lejano, como las Malvinas, de Enzo Fernández.
Pero como la suerte también alinea, dos postes le dijeron que no a Mac Allister. Entonces, Maradona jugó desde el cielo. De alguna manera, esta vez les echó una ‘mano’. No fue la de Dios. Fue la del merecimiento.
Lee de más: Argentina ya es segundo junto con Brasil en más finales del mundo
Así, Enzo le metió toda la agujeta a un balón lejano que perforó la red. El disparo de larga distancia funcionó como una flecha cargada de veneno.
Después, Messi, siempre Messi, hizo de un desborde por derecha un centro exacto de diestra hacia la cabeza de Lautaro Martínez, el delantero que parece un puma que afila sus garras para destrozar las redes oponentes.
Leo aparece cuando más se le necesita, incluso sin usar la zurda.
Estaba hecho. La improbable remontada estaba consumada.
No es que Argentina sepa sufrir. Es que le encanta. Es su vitamina. Como alimentados por una necesaria forma de escalarse a sí mismos, entienden al futbol como una montaña, como un Everest.
O como una isla que, algún día, habrán de reconquistar.
Si aquella mítica tarde del 86 Maradona se subió a un caballo blanco para hacer el gol más individual de todos los tiempos, esta vez el partido se ganó desde el conjunto apretado en un puño.
Y sin polémicas arbitrales.
Fue así como al final, el “It’s coming home!” inglés se apagó y se cambió por una resonante declaración: lo hecho en estas Semifinales fue “¡Por las Malvinas, por el Diego, por la última de Leo!”.