Felipe Morales · 30 de mayo de 2026
La suerte depende de agentes de cambio y de un cúmulo de modificadores. Todo lo que tuvo que pasar repetida, y sucesivamente, para que todo suceda como debió pasar, es lo que sostiene al PSG como Bicampeón de la ‘Orejona’. París tiene dos de la Champions League.
El futbol es un juego de errores. Gana quien comete menos. No es que Marquinhos fuera uno, pero su despeje sí. El central brasileño estrelló la pelota en Leandro Trossard, el extremo belga que no solo sabe hacer goles. También da asistencias por accidente.
Ese bloqueo involuntario, sirvió de pase a Kai Havertz. El espigado ariete alemán arrancó por izquierda. Galopante, dejó a su marca a dos cuadras y, cuando ingresó al área, se descubrió tan solo que se asustó. Así que le llamó al gol con un zurdazo, a primer poste, que quemó la red. Después, llegaron todos a abrazarlo. La soledad, ahora, era francesa.
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Ya no era un juego. La Final de la Champions League funcionaba de crucigrama. Y el PSG se quedaba sin letras. Pero siempre existe una palabra, en forma de apellido, que aunque sea difícil de leer y pronunciar, resuelve la falta de imaginación. Khvicha Kvaratskhelia negoció un penal favorable al equipo parisino. El acertijo estaba resuelto.
Como si cobrara la pena máxima subido en la Torre Eiffel, Ousmane Dembélé disparó con perspectiva aérea. Así, venció al arquero Raya con un envío a la derecha de la portería. Todo París encendió sus luces saludando con un elegante ‘bonjour’ al empate.
Después, el billarista Vitinha colgó una pelota por encima del travesaño. A su envío de faltó tiza para incrustarse en la buchaca derecha más lejana.
Casi al final, Kvaratskhelia y Bradley Barcola pudieron beberse la copa con par de descolgadas. Fueron calcas del gol de Havertz, pero sin puntería. Escapándose por aquella pradera izquierda, también intentaron taladrar el primer poste de la portería, pero no sucedió, porque el futbol insistió en estirar sus paredes con tiempos extra.
Aunque el drama se extendía, nadie es alérgico a 30 minutos más de futbol gratis ni a seguir viendo a un elástico Raya, portero español que merece ser titular en el Mundial.
El alargue del partido sí era algo muy costoso para los aficionados ingleses y franceses. Ambos preferían ahorrarse tanta tensión y polémica arbitral. Eberechi Eze cayó en el área, pero el árbitro hizo caso omiso, al igual que antes había ignorado una mano, de Bukayo Saka, así como una doble amonestación para Cristhian Mosquera. Europa no se escapa del tercer mundo arbitral.
Todo se resolvería, entonces, desde los once pasos. En ese trecho caben niños y hombres. Quienes tienen la mayoría de edad emocional suelen ser quienes aciertan los cobros desde el manchón penal.
Antes del catálogo de penales, el portero Raya se sentaba en la banca para estudiar a los pateadores como si se tratara de un examen final. Las coordenadas limitan el instinto, pero en instancias definitivas como éstas, un partido de futbol califica como una maestría en aritmética. Si un jugador cobra el 73% de sus tiros a la derecha, hay que lanzarse ahí aunque el reflejo quiera tenderse a la izquierda.
En esa dinámica, Gonzalo Ramos pateó el primero para el PSG. Lo ajustó casi en la escuadra, mientras Raya voló al otro lado. Apuesta fallida propuesta por su acordeón de papel…
Viktor Gyökeres, delantero del Arsenal, cobró a la izquierda del portero con la frialdad de un vikingo sueco. Era el 1-1 de la tanda. Después, Désiré Doué amagó hacia la derecha y ajustó la pelota, con la cara interna del pie, hacia la izquierda. Mucho temple para un joven de 20 años graduado de futbolista que le daba la ventaja de 2-1 a los de París.
Por su parte, Eberechi Eze hizo una paradinha y vació su disparo al lado del palo derecho: no todos saben ser Raúl Jiménez. El Arsenal estaba abajo en la serie… pero el portugués Nuno Mendes también falló. Cuando el PSG pudo irse arriba, apareció David Raya para repeler aquel disparo dirigido a la izquierda y telegrafiado a media altura.
Todo volvió a la normalidad cuando Declan Rice, y su exceso de puntería, fintaron que romperían el arco y cobraron, con sutileza, hacia la izquierda del portero. Era el 2-2 que sostenía la trama en su pico más tenso… Hakimi, después, le metió todo el empeine al balón para un cobro cruzado que rugió en toda Europa. PSG ganaba 3-2.
Luego, Martinelli creyó que estaba en una playa de Brasil cuando dio pasitos cortitos y mandó la pelota a la red. El Arsenal era una sucursal de Río de Janeiro con el 3-3… y Lucas Beraldo cobró de zurda con la mira puesta en La Orejona. Era el 4-3 para el PSG.
Gabriel Magalhães tenía el quinto penal en sus pies. Si lo fallaba, todo acababa. Pero si lo anotaba, la serie se iría a muerte súbita. Desde su condición de central, la pelota voló por los aires hasta Saturno. La muerte fue súbita, efectivamente, pero para las aspiraciones del derrotado Arsenal del técnico Mikel Arteta, que es el futuro, hoy.
Dicen que los penales son suerte. Pero entre más se trabaja, más suerte se tiene. Luis Enrique no depende de la fortuna. El PSG, Bicampeón de la Champions League, no un trébol de cuatro hojas, es, incluso, un equipo con 22 piernas. Y con dos ‘orejas’.
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