Felipe Morales · 1 de abril de 2026
La Selección Mexicana fue un triángulo.
Su futbol fue simétrico.
Encontró al tercer hombre y generó superioridades permanentes.
Pero la geometría también tiene a sus preferidos. Y no hay nada mejor que cerrar un círculo perfecto. Pero México no lo hace. Casi nunca lo ha hecho. Cuando es subrayadamente superior, como en el primer tiempo contra Bélgica, cuando sus trazos en el campo provienen de un compás, algún contorno se delinea con imperfección. Y no cierra los partidos con victoria.
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Pero los empates también son hijos de las formas. Si contra Portugal, los aficionados pintados de verde, blanco y rojo abuchearon, contra los belgas corearon “oles”, porque, se sabe, no hay sitio más voluble, más triste y más feliz que un estadio.
México tuvo desplantes de George Foreman, contra Muhammad Ali, en Zaire. Tiró tantos golpes que se vació. Fue tan superior que no vigiló el tanque de oxigeno. No es que Bélgica haya sido Ali, porque tampoco tuvo un impacto seco que dejara al conjunto azteca en la lona, pero sí mostró su resistencia.
La pelea en la jungla, fue, esta vez en el frío de Chicago, lugar donde Michael Jordan se suspendió en el aire y donde la Selección Mexicana, por un momento, supo volar…
Lo hizo a través de las alas de un Julián Quiñones que también fue como un tractor con piernas, que excavaba territorio enemigo. Julián fue como una locomotora que taladró tan profundo, que casi saca petróleo, en forma de gol, cuando apenas iniciado el partido, desbordó, por izquierda, y disparó al vigilado primer poste europeo.
Todo pasa más rápido y mejor cuando Quiñones está en la cancha. Juega por izquierda o detrás de Raúl Jiménez. Es una carta con dos dobleces. Una navaja con doble filo que intentó otro par de disparos, uno al arquero y otro qué pasó contándole un secreto al poste derecho.
Julián no puede no ir al Mundial.
Ya se lo dejó claro al Vasco.
Y a México.
Los primeros 45 minutos de la escuadra tricolor se sostuvieron en Julián y en Brian Gutiérrez, el futbolista que hace cuatro meses jugaba en la MLS y hoy, es piedra angular del superliderato de Chivas. Es como cuando volteas a ver a la persona que te gusta y esa persona también te está viendo.
Un lindo descubrimiento.
Pero si el primer tiempo se recargó sobre ellos dos, todo el partido se puso cómodo en las piernas de Erik Lira, el futbolista que aún no lo sabe, pero triunfará en Europa.
Lira es el clutch del equipo. Sin él, no hay cambio de velocidad. Cabalga los juegos como si llevara años en la titularidad. Es una mezcla entre Gerardo Torrado y Alberto García Aspe. Tiene su misma personalidad. Y corre más y mejor, porque siempre sabe hacia dónde hacerlo.
Si México tiene esperanzas es a través del ADN de Erik, el capitán del futuro…
Fue tanta la armonía estética del primer lapso, que hasta Jorge Sánchez parecía el Dani Alves mexicano. Atento en la marca y en los mano a manos defensivos, siempre pidió pasaportes para quienes pretendían atravesar su frontera derecha. Y anotó gol, su tercero con la selección.
Lo había hecho en eliminatorias, contra Canadá y contra Honduras; ahora, lo cristalizó ante un mejor rival, como Bélgica, después de un tiro de esquina, por izquierda, que rebotó en Quiñones, que asiste hasta cuando no quiere.
Cuando la pelota rebotó en Julián, quedó viva en el área. Sánchez la mató con una ágil reacción. Y con una especie de media vuelta, la conectó, mientras caía, para besar el césped.
Es que también hay maneras de caer. Y no hay nada más lindo que hacerlo bajo los brazos de un país que canta tu gol.
Si es cierto que un reloj no es mejor porque dé la hora más rápido que el resto, sino por su exactitud en los tiempos, no es menos cierto que la Selección Mexicana fue intensa. Si el futbol es tiempo y espacio, velocidad y precisión, por momentos, los dictaron, los ocuparon, agilidad y prolijidad.
Pero justo en ese exacto momento, México se relaja. Debe ser algo cultural. Cuando a un mexicano le dicen que no puede hacerlo, lo hace doble. Y cuando cree que con lo que ha hecho le alcanza, se relaja. Pasa seguido, sobretodo, en nuestro futbol.
Aguirre no había llegado a su banca, cuando en los albores del segundo tiempo se escuchó el silencio. Ali había dado un derechazo. Bélgica había derribado a Foreman.
Lo empató con un tanto de Lukébakio. Alzó la cara por izquierda y observó que el poste era un amigo. Como si fuera un compañero, ajustó el esférico al segundo palo.
Fue un gol con mucho ‘punch’. No de KO. Pero sí que reavivó ciertos fantasmas.
Al combinado mexicano le duele jugar como nunca y perder como siempre.
Es como subirse a una montaña rusa, estar arriba y sentir el vértigo de que la felicidad nunca es suficiente.
O de que la nostalgia es otra de las formas de entendernos a través de lo que pudo ser.
Pero esta vez no. México ni ganó ni perdió.
Ante Bélgica, se superó.
Esta ocasión, un “ole” favorable, y no un abucheo de su propia afición, sirvió para confirmarlo. Fue suficiente para saber que el “sí se puede” no solo es el recordatorio de que casi nunca se ha podido, sino de que jugando así, como en el primer tiempo, en el Mundial se podrá…