Jugar como niña: lo que define quién puede crecer en el deporte

Animal MX. · 27 de abril de 2026

Jugar como niña: lo que define quién puede crecer en el deporte

Durante años, la conversación sobre niñas y deporte ha girado en torno a una idea clara: la desigualdad.

Que a ellas se les limita, que a ellos se les impulsa. Que unos crecen con libertad para probar, mientras otras son dirigidas o frenadas desde el inicio. Pero no todas las historias encajan ahí. algunas, más que hablar de barreras visibles, apuntan a algo más complejo: las condiciones que determinan quién puede quedarse y quién no.

Hablamos con Montse Méndez, quien juega futbol americano desde los 12 años y nos compartió como fue su experiencia practicando un deporte de contacto, además, en el mes de las infancias,  profundizamos en la importancia de enseñanza de una disciplina para las y los más peques.

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Empezar sin cuestionarlo

Montse empezó a los 12 años, pero su historia con el deporte comenzó mucho antes.

“Siempre he practicado deporte desde los tres, empecé haciendo taekwondo y danza regional… luego hice básquet y voleibol. El deporte nunca fue opcional para mí, mis papás decían: ‘sí o sí tienes que hacer’”.

Cuando llegó al fútbol americano, un espacio históricamente asociado a lo masculino no lo hizo desde la duda, sino desde la continuidad.

“Le dije a mi papá: ‘ok, consígueme un equipo’… y no tardó nada, como a la hora ya tenía equipo”.

En ese primer acercamiento, la diferencia de género no fue una barrera evidente, aunque sí estaba presente.

“Al inicio era la única niña, solo era yo… pero después fueron llegando más y al final terminamos jugando dos o tres”.

Aclara que desde su punto de vista, la reacción inicial fue de sorpresa, pero no de rechazo.

“Sí se les hacía extraño ver a una niña… y cuando empezamos con el golpeo pensaban que me podía dar miedo, pero pues no. Entonces fueron viendo que no había problema”.

El único momento: demostrar que sí podían

Aunque su experiencia fue mayoritariamente positiva, hubo momentos que evidenciaron los estereotipos. Recuerda uno en particular, durante un partido en su infancia:

“Alguien dijo: ‘ahí vienen las porristas’… y nosotras dijimos ‘¿qué?’… éramos tres niñas. Entonces dijimos: ‘pues vamos a demostrarles’”.

La respuesta no fue discursiva, fue en el campo:

“Jugamos con eso en mente… como con esa idea de demostrar que somos niñas y jugamos bien”.

Al final, el reconocimiento llegó: 

“Me felicitaron por cómo había jugado”.

No fue una constante, pero sí un recordatorio de que los prejuicios existen, incluso cuando no dominan toda la experiencia.

Cuando el problema no es entrar, sino quedarse

Si algo cambió con el tiempo no fue su lugar en el equipo, sino su lectura del entorno. De niña, no cuestionaba por qué eran pocas.

“En ese momento no me lo cuestioné… entendía que no muchas niñas jugaban porque no a todas les gusta el contacto, y hasta ahí”, explica.

Pero al crecer, la perspectiva cambió.

“Después me di cuenta de que sí hay más niñas que quieren jugar… pero no hay los espacios, no hay coaches, no hay lugares. No tienes los mismos espacios para una niña de 12 años que para un niño de 12 años”.

Ahí aparece una diferencia clave: no es solo quién entra al deporte, sino quién puede continuar.

“Si yo no me hubiera enterado del fútbol americano femenil, lo hubiera dejado”.

Sumado a esto hay menores oportunidades encaminadas en darle espacio al deporte femenino, esto va desde un campo físico, hasta una beca o acompañamiento 

“No hay becas, no te dan gimnasio, no te dan alimentos… y los entrenamientos suelen ser muy de noche. Es difícil acomodar todo: el gimnasio, el campo, la escuela o el trabajo. No todas tienen esa disponibilidad de tiempo”.

Más que una barrera evidente, son varias pequeñas que terminan alejando.

Un espacio que también sostiene

A pesar de esas condiciones, Montse insiste en que su experiencia fue, en lo esencial, positiva.

“Siempre fui bien recibida… los coaches veían mis aptitudes y me alentaban. Nunca hubo alguien que me dijera ‘no, hazte para allá’”.

Incluso en momentos de duda, encontró apoyo: “Cuando yo decía ‘ya no voy a poder’, me decían ‘no pasa nada, tú puedes’… y eso te empuja”.

Para ella, parte de esa experiencia tiene que ver con el propio deporte.

“No voy a generalizar, pero siento que el fútbol americano sí crea valores de respeto desde el inicio… se deja muy claro el respeto a tus compañeros, a tus papás, a todos”.

Lo que el deporte deja (más allá del campo)

Más allá de la competencia, el deporte en la infancia deja huellas que trascienden lo físico. Desde como relacionarse con el mundo, hasta valores personales:

“Te da disciplina, constancia, resiliencia… te enseña que no todo te sale a la primera, pero que trabajando te va saliendo. Aprendes a convivir, a compartir… en mi caso, siendo hija única, el deporte me enseñó eso. Si no, yo sería una persona muy diferente”.

Y, en un contexto donde el tiempo libre cada vez es más digital, insiste en su importancia.

“El deporte debería ser fundamental para todos… aunque no sea en un equipo, desde salir a jugar, patear un balón. Aprendes qué te gusta, en qué eres bueno, en qué puedes mejorar”.

La experiencia de Montse no niega la desigualdad, pero sí la complejiza.

Hay niñas que encuentran espacios donde pueden jugar sin ser cuestionadas, equipos que integran, entrenadores que impulsan. Pero también hay trayectorias que se interrumpen no por falta de interés, sino por falta de condiciones.

Ahí está la diferencia.No necesariamente en quién puede empezar, sino en quién puede quedarse.

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