Animal MX · 1 de julio de 2026
Por: Mariana Anzorena Lozoya
Después de 40 años y 15 días, México volvió a ganar un partido de eliminación directa en un Mundial. El último triunfo en esta instancia fue ahí mismo, en el Azteca, contra Bulgaria (otro 2-0) en 1986. Aunque entonces jugaron 24 y no 48 equipos y la eliminación directa comenzó en octavos y no en dieciseisavos de final, como ahora. Y claro, el único nombre de aquel equipo que se repite hoy es el de Javier Aguirre.
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Ahora, vamos por un complicadísimo partido de octavos de final. Se puede (sin el “sí”, porque esa afirmación implica la posibilidad de un “no”). Ya sabemos que Quiñones (qué bárbaro), Jiménez (goleador de la Premier), Morita (el más joven del Mundial, nuestra joya en ciernes)… pero, por favor, ovación de pie y reverencia absoluta para El Piojo, El Cachorro, El Tala y Jorge Sánchez. Verlos jugar enchina la piel.

Pero la génesis de esta increíble camada comenzó hace muchos años.
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El 11 de agosto de 2012 el restaurante donde desayunaba en Acapulco se convirtió en un mar de lágrimas y festejos. Aquel día, nuestra selección olímpica de futbol varonil se colgó el oro en Londres. Raúl Jiménez (que ya lleva dos tantos este Mundial) formaba parte de aquella plantilla. Pero otros, la mayoría, eran niños o adolescentes que miraban en sus televisiones que México era campeón. Nada de “sí se puede” o “ya merito”, simplemente estábamos (así en plural) en la cima del pódium.

Algunos de aquellos niños no podían estar más alejados de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Álvaro Fidalgo ingresó aquel 2012 a la cantera del Real Madrid, Obed Vargas daba los primeros toques al balón en las ligas infantiles de Alaska, lo mismo que Brian Gutiérrez en Chicago… Julián Quiñones, en las juveniles colombianas, no podía imaginar entonces que un día sería mexicano y anotaría tres goles en el camino de calificar a los octavos de final de un Mundial.
Crónica: México es un relámpago
El 17 de junio del 2002 un vacío bar madrileño me vio llorar en solitario la derrota de México contra Estados Unidos en los octavos de final de Corea-Japón 2002. Aquel día, nuestro entrenador, el mismo Javier Aguirre, decidió cambiar el parado táctico de los juegos anteriores y no funcionó. Antes de terminar el partido, Rafa Márquez se hizo expulsar con una horrible falta a Cobi Jones. Mi frustración, la frustración de todo México, se cristalizó en aquella patada voladora.
24 años después, Rafael Márquez es asistente técnico del Vasco Aguirre y sucesor en el puesto de mister de la selección mayor. Hoy también, Javier Aguirre no solo es un buen entrenador, un magnífico motivador y un hacedor de grupos de trabajo. Él mismo lo ha dicho: es más sereno, reflexivo… goza más.
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Y ahí, en el goce, quizá reside el secreto de esta selección y en la generosidad. Memo Ochoa, arquero histórico, arropa al novato y no se enfrasca en la idea de ser titular. El otrora capitán, Edson Álvarez, entiende que, tras su lesión, le toca entrar de cambio o simplemente no jugar. Los medios no nos venden como campeones del mundo pero tampoco como ratones verdes.
Este 30 de junio del 2026 caminé la famosa “última milla” para llegar al Estadio Azteca (que seguirá llamándose así porque los nombres son de los hablantes). Cantamos y bailamos entre chinelos, mariachis y danzoneros. Brindé con aficionados ecuatorianos deseando que “ganara el mejor” y felizmente así ocurrió: México fue el mejor y ganó. Sin espacio para la duda; pasando del “sí se puede” al “podemos”.

La noche anterior, algunos aficionados mexicanos, fueron a llevar serenata al hotel del equipo ecuatoriano. Rompiendo así el fair play del derecho sagrado al descanso de todo conjunto que vaya a disputar un partido. Un apoyo torpe y mal intencionado. Sin embargo, el atraso de una hora, por tormenta, permitió otra serenata de mejor tipo y se convirtió en un espacio para hacer jugar desde las gradas a otros héroes nacionales: Luis Miguel, José Alfredo y Juan Gabriel nos hicieron cantar en un coro unísono de 80 mil voces que seguro, segurito, hizo retumbar el vestidor ecuatoriano.