Felipe Morales · 27 de abril de 2026
Hay jugadas que fueron un meme antes de que existieran. Por allá de 2009, Joel Huiqui creo la ‘muertiña’. Derribado en el pasto, el ex defensa de Cruz Azul, tocó la pelota con la mano derecha; acto seguido, como consecuencia de un electroshock imaginario, se recostó boca arriba con los brazos pegados al cuerpo. Joel fingió su muerte en el área, porque, en el futbol, es preferible dejar de respirar que ser fusilado con un tiro penal.
Eran otros tiempos. No existía el VAR. Esa jugada no fue sancionada por Paul Delgadillo, en aquellas Semifinales de Vuelta, contra el Morelia. “Metí la mano y dije: ‘ya la regué’, me van a marcar penal’. Me quedé como muerto, como dormido”, describió en aquel entonces el ahora entrenador interino de La Máquina, quien, terminado el partido contra el Necaxa, advirtió, a manera de broma: “¡La Liguilla no está ‘muertiña, eh!”.
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Cruz Azul tiene pulso. A pesar de ellos. Y de sus decisiones directivas.
Mucho porque La Máquina es experta en inventarse problemas. Si no los tiene, se los fabrica. Es como una forma de salir adelante de sí mismo.
Los celestes se consolidaron como el mejor equipo del año futbolístico. Como nadie hizo más puntos que ellos, ganaron un millón de dólares de premio. Eso en el mundo azul amerita correr técnicos…

Como los dramas innecesarios habitan en la inmadurez, los dirigentes vieron el árbol más cercano y no el bosque completo.
A media semana, echaron al entrenador Nicolás Larcamón, en una decisión proveniente de la víscera. Si es cierto que la maquinaria no estaba tan aceitada y se sumaban nueve partidos sin conocer la victoria, con una plaga de siete empates, entre compromisos locales e internacionales, el equipo azul finalizó el torneo en tercer lugar.
Más problemas como esos..
Cruz Azul jugará contra el Atlas. Esa era la misión del improvisado debut de Huiqui: vencer al Necaxa para evitar, a toda costa al Bicampeón, Toluca. No es algo que Larcamón no hubiera podido hacer, pero cuando en un equipo se pierde la confianza es como si se jugara con una pelota ponchada.
Tuvieron que pasar 896 días para que la oncena cementera fuera local en el Estadio Azteca.
Después de una gira, entre CU y Puebla, La Máquina pitó, de nuevo en Santa Úrsula, con aires de triunfo, ante unos Rayos que no sugirieron tormenta.

Pasaron dos años, cinco meses y 14 días para que la afición celeste regresara a la casa donde han edificado sus mayores triunfos.
Como el Azteca no hay dos. Lo saben los Mundiales, lo saben los locales.
Y lo sabe Dios, que muchas veces, es redondo.
Lo que alguna vez fue una Final electrizante, entre Rayos y celestes, hoy es una calca multiplicada en la opacidad. Necaxa ya no es ese equipo que dominó los 90 y le ganó un título a los cementeros.
Aquel 4 de junio de 1995, de Ivo Basay, Ricardo Peláez, Alberto García Aspe, el ‘Ratón’ Zárate, Luis Hernández, Nicolás Navarro, ‘Chema’ Higareda, Ignacio Ambriz, Octavio Becerril, ‘Cuchillo’ Herrera, Vilches, Gerardo Esquivel, Alex Aguilanaga, Manuel Lapuente, y compañía, vive solo en páginas de libros rojiblancos como El Primer Baile. Aquel primer título rojiblanco, hoy tiene compases desafinados.
Tanto que el Necaxa reforzó a La Máquina.
Provenientes de los Rayos, José Paradela y Agustín Palavecino firmaron la ley del ex. Ambos marcaron. Y aunque los dos juntaron las manos y las alzaron pidiendo disculpas, los goles no saben de cortesías.
En un inicio, Rodolfo Rotondi trazó una diagonal que cortó el área con una navaja; en el punto penal apareció Paradela, el hechicero azul que, esta vez, profirió conjuros de gol contra sus amados Rayos. Solo tuvo que hacer de su zurda una pócima venenosa, porque hasta cuando solo empuja la pelota a la red, lo hace con polvos mágicos.
Después, el otro ex necaxista, Palavecino, encontró una anotación donde buscaba un centro. En un desborde por derecha, trazó un servició para el ‘Toro’ Fernández, que había picado a primer poste, pero la pelota se escurrió hacia el segundo palo, sin hacer ruido.
Como cuando llegas a casa sin zapatos para no despertar a nadie, Agustín hizo un gol silencioso, que estalló en la tribuna.
Luego, Necaxa, que solo deambulaba por la cancha, se encontró un penal a favor, cambiado por anotación desde los botines, en forma de bazuca, de Ricardo Monreal. Los Rayos tuvieron el empate, a dos goles, en los pies de Javier Ruiz, el próximo futbolista que se venderá, porque en el modelo de tiendita de abarrotes, quien destaca en los rojiblancos, se va.
De inmediato, Emilio Lara regaló una tarjeta roja. En una contra, tacleó a Ebere y concedió un tiro libre que Luka Romero ajustó casi en la escuadra, con cierta complicidad del arquero Ezequiel Usain, que no vigiló su poste. Eso es como si el portero de un edificio hubiera dejado la puerta abierta.
Al final, Andrés Montaño rubricó el cuarto tanto, desviado por el defensa Agustin Oliveros, confirmando así que este partido lo ganaba Huiqui, Larcamón o quien fuera.
Pero Nico se fue.
No es que Cruz Azul no tenga signos vitales. Es que está más vivo que nunca. Ya lo avisó Huiqui: “¡La Liguilla no está muertiña!”.