Felipe Morales · 31 de octubre de 2026
Saúl Álvarez llevó escrito su primer nombre “Santos” en los guantes y en el pantaloncillo como homenaje a su padre. No es que sea su otra personalidad.
Es que no necesitó rezarse.
Si el ‘Canelo’ fuera un vuelo, no habría turbulencias. Santos Saúl pelea en piloto automático, sin contratiempos. No es que su panorama sea nublado, pero tampoco es un sol con guantes. Es estable. El tiempo le ha dado eso: el equilibrio entre no ser golpeado y ganar sin golpear tanto…
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Mbilli se cansó de manotear el aire. Su filo solo encontró el viento y la derrota, en las tarjetas, (115-112/116-111/117-110) ante un ‘Canelo’ que no es espectacular, pero sí suficiente. Como si se tratara de un día en la oficina, su jerarquía le bastó para recuperar el título mundial de peso supermediano del CMB.
Dominante de su estilo, Saúl tiene un flow proveniente del ego.
El ‘Canelo’ boxea porque se sabe mejor, aunque no siempre lo demuestre.

Al inicio, el ‘Canelo era una especie de esfinge con guantes. Un blanco fijo. ‘Solide’ lo probaba, como se prueba un costal nuevo: con una ráfaga de golpes. El francés era imprecisamente rápido o rápidamente impreciso, si es que eso no es lo mismo.
A veces, parece que Saúl no pelea los rounds, sino que los nada sumergido bajo el agua. El ‘Canelo’ se defiende mejor de lo que ataca. Por eso, cuando el combate era joven, invitaba a Mbilli a buscarlo. Pero lo hacía por orgullo, no por estrategia.
Hasta el cuarto round, el francés perseguía a un ‘Canelo’ desvanecido en el caminar del ring. Como dejando correr el reloj, que no tira puños, Saúl le encontraba esquinas al tiempo para contragolpearlo con sus manecillas exactas.
El lenguaje corporal del ‘Canelo’ era la de un boxeador dominante que no soltaba las manos. Eso es como un auto que revoluciona las velocidades sin acelerar.
Así llegó el quinto episodio, con más frecuencia y golpes de poder del francés. Pero si es cierto que la ‘Pantera Asesina’ era veloz, también era rápido para ser ineficaz.
Y eso funcionó de radar para un Santos Saúl que, en el sexto round, demarcó el Norte de la contienda. Fue en ese momento cuando una combinación de cuatro bazucas hacía pensar que el mexicano podía hacer más de lo que había hecho.
A pesar de que Saúl parecía más una intermitencia, como la de un cable que no conduce electricidad, de a poco, calentó las manos.
Ya a la mitad de la pelea, actuó con cierta suficiencia, incluso con cierta petulancia.
Como si supiera algo, lanzó dos puños, en forma de martillos, que entraron sólidos para derribar una pared francesa.

Ya para el séptimo, un Álvarez, con mucha lona, peleó con el oficio por delante y un par de combinaciones por detrás. Así conectó una derecha que sacudió a Francia, Camerún y a todos los descendientes de Mbilli.
A veces, muy de vez en cuando, el ’Canelo’ también sabe ser un rotundo ‘no’ estrellado en la cara del rival.
En el octavo, una cadena de ataques intercambiados hacían de la pelea algo con más ritmo, pero nunca con voltaje. Intercambiaron golpes como estampitas hasta que le quitaron un punto al francés por un golpe ilegal. Eso sería el preludio de su derrota.
Luego, el ‘Canelo’ dejaba venir a ‘Solide’ enseñándole el dulce para después arrebatárselo con un escopetazo de cuero. Pero así como no se siente peligro cruzando la calle, cuando los coches están detenidos, en Arabia Saudita nunca se sintió peligro en ninguna esquina.
Ya para el décimo round, se confirmó que, muchas veces, una pelea se mide en la Escala Richter de la emoción. O de los gritos desenfrenados, o en el público rabioso. Pero en Riad, los jeques ubicados en primera fila, no volteaban ni a ver la pelea.
Como show, da más Julián Quiñones con sus goles árabes. Pero sucede que el ‘Canelo’ es un espacio para vender publicidad. En la transmisión se muestran más anuncios que golpes suyos. Sabes que puedes ordenar una de las pizzas que te venden y que cuando llegue, habrán más aceitunas que golpes.
Eso se patentó cuando en el penúltimo episodio, parecía que Álvarez estaba manopleando a Mbilli. El mexicano iba y venía como si lo estuviera entrenando y no enfrentándolo.
Ya para el final, Mbilli peleó con la prisa de quien sabe que llegaría su primera derrota a manos de Santos Saúl, el boxeador que, en un día en la oficina, más parecido a un lunes, no necesitó rezarse.