Felipe Morales · 25 de julio de 2026
Hace 19 años, YouTube solo tenía dos años de vida; la música se descargaba en Ares o LimeWire; Messi era una promesa; los celulares tenían teclado; México era gobernado por Felipe Calderón y dirigido por Hugo Sánchez. En aquellos tiempos se usaban los iPods, y el iPhone ni siquiera tenía señal en México.
Hace casi dos décadas, cuando el Atlante jugó su último partido como local en el Estadio Azteca, se usaban los jeans entubados; RBD sonaba en discos compactos; Facebook era un simulacro de red social y nadie podía dejarte “en visto” en WhatsApp.
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En esas épocas lejanas de los últimos trotes del Potro de Hierro por los lares de Santa Úrsula, solo había un juego más divertido que la viborita del Nokia: un América contra Atlante, un choque que, hasta el día de hoy, no se jugaba desde hacía 12 años.
Mucho pasa cuando la vida se acelera. Las redes sociales nos volvieron todo menos sociales.
Miguel Herrera ganó dos títulos con los de Coapa y ahora comanda a los azulgranas; porque podrá descontinuarse el BlackBerry usado en 2007, pero nunca el amor por la camiseta. Y no hay nadie más atlantista que el Piojo.
Tantos años después, el Azteca es tres veces mundialista. Y hasta cambió de nombre. Los campos pisados hace pocos días por Bellingham y compañía, hoy también son surcados por caballos percherones que reconocen la querencia.
Siempre hay que saber volver a casa.
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Y este Atlante lo hizo con el pundonor de un pura sangre combativo que empató (1-1) con un América que, si fuera una aplicación, estaría en plena actualización. Pero en aquellos tiempos, cuando el Atlante jugó por última ocasión como anfitrión en el Monumental, las apps no existían. Los taxis, por ejemplo, se tomaban alzando el brazo. No llamabas a choferes a través de datos móviles, porque lo único móvil era el Tsuru verde que te recogía. Hasta para viajar se era convencional.
Pero la rivalidad entre azulgranas y azulcremas no cabía —porque no existía en ese entonces— ni cabe ahora en un USB. Cabe en la historia del futbol mexicano: reeditada, corregida y aumentada con el equipo del pueblo, que, otra vez, combatió ante los millonarios de amarillo.
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Y así, una vez más, se batieron en duelo cuando Raphael Veiga disparó un tiro libre que fue haciendo patitos sobre el césped, como si la pelota fuera una piedra sobre un lago. Ahí se encontraba Óscar Jiménez para rechazar esa divertida prueba. Como en los viejos tiempos de jugar por el puro placer de hacerlo.
Así llegó el gol de las Águilas: como una combinación de Tetris entre Violante y Cristian Borja, quien se lanzó por los aires de la contundencia para hacer de un cabezazo una palomita mensajera con destino a la red.
Pero si una cosa no ha cambiado a través del tiempo es la polémica arbitral cuando juega el América. Con recorrido mundialista, Katia Itzel García no sancionó una posible roja sobre Ícaro por una doble plancha. Y no la llamaron al VAR. La que sí sancionó sobre Rodolfo Cota fue corregida por la tecnología. En 2007, las dos habrían sido expulsiones.
Vivimos nuevos tiempos, con exceso de cámaras y micrófonos listos para exponer el gol colectivo del Atlante. Cuando una pelota viajó alta por los aires de la nostalgia, Puente la aterrizó en el presente para Jhojan Julio. Pizzuto lo leyó todo con el radar del gol en forma de zurdazo.
Con esa anotación, como en 2007, la tribuna local explotó:
“¡Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre, el Atlante es su padre y si no, chinguen a su madre!”.
Porque en 19 años pueden cambiar muchas cosas, menos la pintoresca fidelidad.
Así fue como, en pleno 2026, después de descensos, cambios de sede, destierros y falta de identidad, este renovado Atlante sobrevivió no solo al América, sino al tiempo.