Animal MX. · 25 de octubre de 2025
A más de cuatro décadas de su debut con Ferrari en la Fórmula 1, Stefan Johansson demuestra que la velocidad no solo corre en los circuitos.
Hoy, el piloto sueco que alguna vez rozó la gloria en Imola, Italia, transforma la adrenalina del volante en trazos y color, cambiando el rugido del motor por el silencio del estudio. Te contamos cómo fue que paso de una actividad a otra y cómo el arte se convirtió en una especie de refugio para el ex piloto.
Una manera de procesar la intensidad de una vida en movimiento. Johansson, hoy de 69 años cambió el volante por el pincel
El camino de Stefan Johansson no fue sencillo. Su paso por equipos como Shadow, Spirit-Honda y Tyrrell estuvo marcado por el esfuerzo constante para mantenerse en la cima de un deporte feroz.
Todo cambió en 1985, cuando el legendario Enzo Ferrari lo convocó a Módena.
“Recuerdo caminar por esos pasillos con fotos de Fangio y Nuvolari en la pared, con la piel de gallina ya puesta”, contó alguna vez.
Aquel encuentro marcó el inicio de su etapa más recordada: el debut con Ferrari y una temporada en la que rozó la victoria en el Gran Premio de Imola, hasta que un problema de repostaje agotó el depósito de su auto a pocos metros de la meta.
Ese año, Johansson terminó segundo en Canadá y Detroit.
En 1986 repitió actuaciones destacadas y superó incluso a su compañero en la clasificación general, aunque el rendimiento del equipo no fue el esperado. Una tragedia lo obligó a frenar.

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En mayo de 1986, el mundo del automovilismo perdió a Elio de Angelis, piloto italiano y gran amigo de Johansson, en un accidente durante unos entrenamientos en Paul Ricard. Esa muerte marcó un antes y un después para el sueco.
“La muerte de Elio fue muy dura para mí; fue la primera vez que perdí a un amigo muy cercano”, confiesa. “Me motivó a comprar pintura y lienzo. Fue casi como una terapia.”
Aquella necesidad de canalizar el dolor dio paso a una búsqueda creativa que no se detuvo más. De este modo pintar se convirtió en una manera de mantener viva la memoria, de transformar la pérdida en algo tangible, lleno de color y energía.

El primer cuadro de Johansson, según él mismo, fue “absolutamente terrible”, sin embargo siguió pintando.
La constancia, la disciplina (de alguna forma herencias del automovilismo) lo llevaron a pulir su técnica con el tiempo. Incluso buscó la guía de su amigo James Rosenquist, uno de los grandes nombres del arte pop estadounidense.
Hoy, Johansson trabaja en tres estilos principales:
Aunque el camino del piltoo parece haber cambiado, no se distancia de lo que le cambió la vida, su historia con Ferrari se entrelaza en su obra como un hilo invisible: ha retratado desde el F1-86 que él mismo condujo hasta el SF-24 de Charles Leclerc.

Ahora en el Gran Premio de México puedes disfrutar un poquito de la obra de Johansson. Las pinturas se exponen en el paddock.
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