Felipe Morales · 12 de abril de 2026
Un eclipse es un fenómeno astronómico en el que un cuerpo celeste tapa, total o parcialmente, a otro. Es como si la sombra y las fauces de la oscuridad devoraran y consumieran a la Tierra, a la Luna y al Sol. América y Cruz Azul fueron eso: un eclipse total, que bloqueó la luz del futbol. “Fue un juego tácticamente para neutralizarnos, en detrimento del espectáculo”, confirmaría después el astronauta técnico, Nicolás Larcamón.
En tiempos de expediciones a la Luna, las Águilas y La Máquina son la promesa de caminarla de nuevo, como lo hizo Neil Armstrong en 1969, y como lo han hecho estos exploradores de pantaloncillos cortos, sobre los cráteres de alguna Final.
Si las Águilas tardaron 685 días para su regreso al Estadio Azteca, algo muy parecido a un planeta, su futbol sigue siendo una expedición sin coordenadas. Tardaron un año y once meses, orbitando alrededor de varios estadios, para que su aterrizaje fuera forzado en su Tierra, la de Santa Úrsula, donde sí existieron terrícolas que pagaron precios de otra galaxia, de entre 680 pesos, el más barato, hasta los más lujosos de entre 2 mil 300 y 9 mil 113 pesos, porque su afición es algo más parecido a un privilegio casi igual de caro que emprender la misión espacial Artemis II…
¿Quieres estar al día con Animal MX? Dale clic a nuestros canales gratuitos en Whatsapp y en Instagram.
Pero como en toda exploración se encuentran polvos de estrella, Patricio Salas fue uno. El primer gol en el remodelado estadio, nació en la cabeza del “Pato”, pero se incubó en la anticipación. Fue un testarazo muy de ‘9’ antiguo, aunque el joven de 22 años sea el presente y el futuro del América.
Cuando Alejandro Zendejas llovió un centro, desde el costado derecho, una tormenta de ideas pasó por su cabeza. La primera: usarla no solo para pensar sino para anotar…
Si el yucateco Henry Martín había anotado el último gol del Azteca, el 26 de mayo de 2024 contra Cruz Azul, Salas, también originario de Mérida, cristalizaría el primero en su reinauguración, también ante La Máquina; porque, a veces, al futbol le gustan las simetrías.
Mientras el partido se consumía en un hoyo negro, Sebastián Cáceres, defensa azulcrema, desafió a las leyes de gravedad, cuando saltó para abajo. Si es que no es posible desde la física, sí lo es desde el deficiente fildeo de un balón proveniente de la zurda de Carlos Rotondi.
Como a una cita con la pelota se llega antes, justo a tiempo o tarde, el central uruguayo prefirió quejarse de una falta inexistente del “Toro” Fernández antes que aceptar su impuntualidad con la jugada. Como consecuencia de tan poco ‘timing’, esa pelota se escurrió hacia el punto penal. El cronómetro del gol estaba ajustado a la hora exacta de un Omar Campos, que anotó con salva sea la parte. La necesidad, muchas veces, carece de estilo.
Nicolás Larcamón festejó como si hubiera encontrado un noveno planeta. O como si Plutón nunca hubiera dejado de ser el noveno. Omar lo hizo llorando viendo hacia el cielo, donde encontró a su abuelo.
Después, el juego transcurrió entre los recuerdos de un Brian Rodríguez que es como un cohete que se propulsa, de izquierda a derecha. Con el “Rayito” se descubre porqué la velocidad de la luz viaja antes que el sonido. Siempre avisa lo que hará. Y lo hace, porque se comprobó una vez más, que los destellos carecen de marcaje personal. AsÍ disparó, en par de ocasiones, hacia la meta de un Raúl Gudiño que, después le metería un manotazo providencial a un disparo del “Pato” Salas. Si la tripulación de La Máquina se sostenía era porque su piloto portaba guantes.
La lesión de Nico Ibáñez había disminuido la gasolina azul. Lo que parecía un rompimiento del tendón de Aquiles, podría reducirse a una dolencia muscular. “No es nada ligamentario ni tendinoso”, explicaría después Larcamón.
Como nadie llega al espacio en un solo pie, Ibáñez abandonó el campo, pero quienes permanecieron no ofrecían las garantías únicamente por tener dos. Agustín Palavecino, por ejemplo, hizo de un disparo, un peligro para Saturno. Nunca un balón había pasado tan cerca de un planeta.
Pasa que Cruz Azul suma una victoria en sus últimos seis partidos y el América acumula cinco sin triunfo. Pese a ello, las Águilas, que se tiraron sin paracaídas desde la estratosfera y aterrizaron en el séptimo puesto. Terminada la Fecha 14, están en zona de Liguilla; los cementeros, por su parte, ocupan el segundo puesto de un certamen, que en ciclo mundialista, es algo más parecido a un simulacro que a un verdadero viaje espacial.
Ambos equipos tienen que resolverse en el torneo de Concacaf, a media semana. Tenían la mira más puesta en el futuro que en confrontarse con el presente más cercano. La promesa sigue siendo que, con un futbol más sustancial y astronómico, lleven a sus aficionados a los cuernos de la Luna.
Y no solo se la bajen con promesas de buen futbol. Esta vez, eclipsado por sus sombras….