Felipe Morales · 20 de septiembre de 2026
Miguel Borja se tendió de espaldas, sobre una hamaca invisible, para volar —con las alas de un águila real— sobre los vientos de la eternidad. Esa postal ya está colgada en una de las paredes de los Clásicos, perteneciente a los amos de la estética.
Como nadie es ajeno a tanta plasticidad, aquella bíblica chilena también funcionó de catalizador anímico. A partir de ese momento, el América recordó que la efectividad también es otra de las formas de la belleza.
En Coapa recobraron la memoria porque el colombiano y sus trucos aéreos contornearon un regreso azulcrema casi improbable. En tan solo tres minutos, Borja cristalizó todo lo que en un tiempo y medio sus compañeros no materializaron con fútbol…
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Así como los partidos, la pelota también puede cortarse en pares o dividirse en mitades. De esa forma, el Clásico le perteneció al Guadalajara y al América en partes iguales.
En el primer lapso, las Chivas hicieron de su fútbol algo sinfónico. Con partituras dictadas por la pelota, el ritmo tuvo melodías rojiblancas. Milito, desde su condición de director de orquesta, descubrió que la afinación también es una expresión del juego.
Un concierto de pases, con duración de 45 minutos, obligó a que las Águilas supieran que correr no es lo mismo que saber correr. Para hacerlo bien, hay que hacerlo con intensidad. Y quienes estaban en la cancha no emulaban la de su técnico Guillermo Almada, que es efusivo hasta para pedir la cuenta en un restaurante.
A partir de tanto dominio inicial, Chivas tocó las teclas correctas. Mucho tuvo que ver que el América jugó sin defensas centrales titulares. Por ello, y por su fútbol casi musical, llegó puntual un gol del ‘Cotorro’ González, quien voló como ‘palomita’ para chocar la pelota con la cabeza mientras planeaba en el aire. Las alas de su apodo también sirvieron donde importa: en la realidad.
Los azulcremas se empaparon con centros cruzados llovidos al área. “Esas distracciones son cosas anunciadas. Centros de 60 metros. Le dimos libertades a sus volantes centrales y la pusieron en el área”, explicaría después Almada, ya con las pulsaciones más bajas.
Como consecuencia de esas desconcentraciones amarillas, Santiago Sandoval le ganó la espalda a un simulacro de central como Emilio Lara. Sandoval remató de cabeza, pero los guantes de hielo de Rodolfo Cota enfriaron el envío. Sucedió que la pelota quedó viva. Trompicado, Ricardo Marín la mató en el área chica para empujarla a remolque. Justo cuando el aficionado ‘chivahermano’ no extrañaba a la ‘Hormiga’ González y le contabilizaba el quinto tanto del torneo a Marín, un rebote hizo que el gol se lo anotaran en propia puerta al ‘Shocker’ Vázquez. Hasta ese momento, todos querían anotar para las Chivas…
Pero, en el segundo tiempo, la semántica también jugó su partido. No es que Chivas jugara a no perder la ventaja: es que la perdió. Pero lo hizo como consecuencia de una pirueta dibujada en los aires del por siempre. La chilena del recién ingresado Borja fue “un gol que los metió al partido, espectacular, que les dio ánimo. Yo no dejé escapar puntos”, remarcó Milito terminado el partido.
Lo subrayó tanto que sostuvo un diálogo tenso con un reportero. Casi tan tenso como el final del juego. Pero lo hizo, incluso con el ceño fruncido, como síntoma de la molestia de haber dejado dos puntos en el camino. No por gusto, sino por mérito del rival. O de Borja, el delantero con desplantes de caballo purasangre por su actitud y de bailarín de ballet por su sutileza goleadora, que ya suma tres goles en 36 minutos vestido de azulcrema.
Así, el segundo gol del refuerzo colombiano provino de la generosidad de Henry Martín, quien demostró que, a veces, pensar de más en el área también sirve, sobre todo si es para amagar con romper el arco y después ceder el balón con la amabilidad de quien cede el paso para que marque un compañero en la raya. Gol de Martín anotado por Borja…
Para ese entonces, el Estadio Azteca —sitio donde hierven las pasiones— otra vez levantó el puño de cemento sobre el cielo de la noche. Sus pulmones rugieron como lo hicieron en el Mundial, porque el fútbol vivido en Santa Úrsula tiene eso: partidas ciclónicas que se baten hasta el último aliento…
El Clásico Nacional se resumió en un punto de diferencia entre uno y otro. Entre el segundo y el tercero del torneo, cupo también la pasión. Borja acaba de llegar y ya fabricó una rivalidad con el ‘Tala’ Rangel: por si había dudas, le señaló con los dedos en la cara los dos goles que le hizo.
Por eso y más, y si es cierto que América y Chivas no empataban en el Azteca desde 2021, esta igualada supo a triunfo. La victoria fue del fútbol, que enmarcó entre dos vidrios y puso en el museo de los Clásicos la chilena de Miguel Borja: el hombre que vino de Colombia para vivir por siempre dibujado, de espaldas, en el aire de la nostálgica belleza…