Ana Lilia Ramírez · 25 de octubre de 2026
Tijuana.-. No solo el corazón de Claudia López quedó hecho pedazos cuando desapareció su hijo Christopher Giovanni. También la posibilidad de encontrarlo como alguna vez lo abrazó: completo. Un cuerpo que ella reconocería entre miles, su rostro, manos, todo él. Aunque a veces pierde las esperanzas de tenerlo a su lado, redobla esfuerzos, se anima, se convence de seguir adelante en la búsqueda. Su rostro lo dice todo: angustia, desesperación, dolor, “muerte”. También refleja esperanza, pero sobre todo fuerza para seguir luchando, buscando por todo Tijuana.
Desde el 15 de septiembre de 2022, cuando Christopher ya no llegó a su casa en Tijuana, Claudia lo ha buscado sin descanso. En esa búsqueda se ha enfrentado a una de las realidades más crueles que puede vivir una madre: la posibilidad de recuperar a su hijo en partes, entre restos humanos encontrados en fosas clandestinas, mientras espera que las pruebas genéticas confirmen si alguno de esos fragmentos le pertenece a Christoipher. Desde ese 2022 lleva una sudadera negra con el rostro de Christopher plasmado grande y las palabras se busca. Es un cartel andante que Claudia pasea por barrancas, lotes baldíos, casas abandonadas, calles de Tijuana, por todos lados, si es posible.
En 2024, una llamada anónima la llevó a un predio de Infonavit Cachanillas, cerca del lugar donde desapareció Christopher. Hubo hallazgos, pero no resultados. Así es la justicia para ella y para otras madres buscadoras. Lenta, abrumadoramente lenta.
En octubre pasado, en la misma zona, otros 10 cuerpos fueron recuperados y aunque cada hallazgo renueva la posibilidad de encontrar a su hijo, la incertidumbre se prolonga. Porque para las madres buscadoras, encontrar restos humanos no siempre significa terminar la búsqueda. A veces, significa esperar meses, años, para que una prueba de ADN confirme si los huesos que alguien recuperó de la tierra pertenecieron a su familiar. Y después, enfrentar el dolor de confirmar que la persona que buscaban con la esperanza de encontrar viva ya no regresará.
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No siempre hay un cuerpo que puedan abrazar por última vez. No siempre hay un rostro que reconocer. En ocasiones, lo único que queda es esperar que una prueba de ADN confirme lo que una madre teme y, al mismo tiempo, necesita saber. Una especie de angustia y alegría indescriptible.
Si ya de por sí es doloroso la desaparición de personas, encontrar a los hijos en partes, recoger los restos que dejó la violencia y seguir esperando respuestas incluso después de que la tierra ha comenzado a revelar lo que escondía, es la completa desolación.
Claudia López conoce esa incertidumbre. Busca a su hijo Christopher Giovanni López López desde el 15 de septiembre de 2022. Lo recuerda perfectamente: desapareció en el trayecto de la colonia Sánchez Taboada hacia Infonavit Cachanillas, en Tijuana.
Cuatro años después, sigue recorriendo predios, barrancas, casas abandonadas, atendiendo llamadas anónimas y esperando los resultados que le permitan saber si alguno de los restos humanos localizados corresponde a su hijo.
“Es lo único que les pido: que me ayuden a encontrar a mi hijo”, clama a todo el mundo, a Dios, a una divinidad que la escuche. Porta la sudadera con el rostro de su muchacho con la esperanza de que alguna persona la detenga en la calle para darle santo y seña de dónde buscar.
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En 2024, una llamada anónima le advirtió que Christopher podría encontrarse en un terreno cercano al lugar donde desapareció. Claudia corrió al sitio y, según su testimonio, ahí fueron localizados aquellos 12 cuerpos de personas ausentes. Había también dos cráneos, el resto del cuerpo simplemente no estaba. Sin embargo, asegura que solamente ha recibido dos resultados de confrontas genéticas -ninguno de su hijo- y que continúa sin conocer la identidad de los demás restos.
En octubre de este año, la búsqueda volvió a enfrentarla con la posibilidad de que su hijo esté entre otras víctimas recuperadas. Claudia refiere que entre el 15 y el 17 de octubre fueron extraídos otros 10 cuerpos en el área. No sabe si Christopher está entre ellos. Esa es precisamente la incertidumbre que la mantiene buscando. ¡Qué esperanza de saber algo de la Fiscalía!
“Ya voy a tener veinte confrontas esperando que me digan si es o no es uno de ellos”, explica, al referirse a los restos localizados en los distintos puntos donde ha buscado.
Claudia recuerda un tenis que encontró en el predio. Era de la talla de su hijo y tenía una parte despegada, una característica que relacionó con el calzado que Christopher utilizaba para jugar a la pelota.
El hallazgo alimentó sus esperanzas, pero no le dio una confirmación científica. Para ella, cada indicio abre una posibilidad, pero para obtener una respuesta necesita que los análisis forenses determinen si los restos pertenecen a su hijo.
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Su historia muestra una dimensión de la crisis de desapariciones que va más allá de las cifras de cuerpos recuperados. Cuando los restos aparecen fragmentados o mezclados, la identificación puede requerir un trabajo forense complejo. A veces cree que no es culpa de los peritos. Tal vez acuse de esto al destino. Tal vez a los criminales. Mientras ese proceso avanza, las familias permanecen suspendidas entre la esperanza y el duelo.
Las madres no solamente buscan un nombre en una lista. Buscan saber qué ocurrió, recuperar los restos de sus seres queridos y tener un lugar donde llorarlos.
Claudia asegura que aún espera respuestas sobre los restos encontrados en 2024. También pide que se realicen las confrontas genéticas correspondientes a los hallazgos recientes y a otros cuerpos localizados en la zona de Sánchez Taboada durante el periodo en que desapareció Christopher.
No afirma tener la certeza de que su hijo esté entre ellos. Lo que reclama es que la incertidumbre no se prolongue indefinidamente.
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La desaparición de Christopher dejó otra ausencia en la familia. Su hija Aurora Montserrat, tenía 6 años cuando desapareció y ahora tiene 10.
Claudia cuenta que a la niña le dijeron que su papá se había ido a trabajar a otro lugar. Todavía pregunta cuándo terminará su trabajo y cuándo regresará. Ya no sabe qué decirle. “Ella todavía lo espera”, relata.
Mientras continúa buscando, Claudia también enfrenta la dificultad de convivir con su nieta sin que el dolor por la ausencia de su hijo impida darle amor a su nieta. Hay días en que las jornadas de búsqueda le impiden visitarla y otros en que no quiere que la niña la vea llorar o regresar con la angustia de no haber encontrado respuestas. Otros en los que simplemente le gustaría estar todo el día con Aurora Montserrat, pero una llamada sobre el hallazgo de restos humanos o una nueva jornada de búsqueda, lo interrumpe.
Cuando Aurora le pregunta por qué lleva una camiseta con la fotografía de su padre en esa sudadera negra, Claudia no siempre encuentra qué decirle.
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La desaparición no solamente se lleva a una persona. También transforma la vida de quienes se quedaron, modifica las relaciones familiares y deja preguntas que los niños crecen intentando comprender. Los restos aparecen, las respuestas siguen pendientes. Claudia también clama por que las búsquedas no se detengan y que las autoridades agilicen los trabajos en los predios donde todavía podrían existir restos humanos.
En una vivienda encontrada y resguardada por la Fiscalía, cercana a la zona donde busca a su hijo, afirma que permanece basura acumulada y que desde abril espera la maquinaria que, según le habían informado, ayudaría a retirarla. Teme que la llegada de las lluvias vuelva a retrasar los trabajos durante varios meses.
También cuestiona que las jornadas de búsqueda deban suspenderse cuando las autoridades procesan una zona donde se ha producido un hallazgo. Pide que exista mayor coordinación para que los colectivos puedan continuar explorando puntos cercanos al cerco pericial cuando las condiciones lo permitan.
Reconoce que son muchas las familias que buscan a sus seres queridos y que los investigadores atienden distintos casos, pero considera necesario mejorar la coordinación y dar seguimiento a las confrontas genéticas pendientes. “Yo sé que somos muchas mamás, que no es una ni dos, somos muchas”, expresa.
Su petición no es que le confirmen una sospecha sin pruebas. Quiere que los restos recuperados sean identificados, que le informen los resultados y que no se descarte ningún indicio sin una investigación.

Porque para una madre buscadora, encontrar restos humanos no significa necesariamente terminar la búsqueda. Puede significar comenzar otra espera: la de saber si esos huesos pertenecen al hijo que lleva años buscando.
En los terrenos de Cachanillas, Claudia sigue buscando a Christopher. No sabe si alguno de los fragmentos recuperados es su consanguíneo, pero tampoco puede abandonar la posibilidad de la esperanza.
Mientras las investigaciones continúan, otras madres se enfrentan a la misma pregunta: si los restos encontrados pertenecen a sus hijos y si algún día podrán recuperar todo lo que sea posible tenerlos junto a ellas.
La violencia deja ausencias. La búsqueda descubre rastros. Y para las familias, la identificación forense es el paso que puede convertir un hallazgo en una respuesta.
Claudia no pide que le devuelvan los años perdidos ni que le borren el dolor. Pide saber dónde está su hijo.
“Es lo único que les pido: que me ayuden a encontrar a mi hijo”, clama, cómo lo haría la mamá de alguna de las personas que se llevaron a Christopher.