Ana Lilia Ramírez · 12 de septiembre de 2026
Tijuana.- El ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 ocurrió a más de cuatro mil kilómetros de Tijuana, pero sus consecuencias llegaron hasta esta frontera en cuestión de horas y cambiaron para siempre la forma de cruzar hacia Estados Unidos.
Veinticinco años después, la huella del 11-S permanece en las garitas de Tijuana: revisiones más estrictas, mayores controles de seguridad, tecnología de vigilancia y, sobre todo, largas horas de espera que forman parte de la vida cotidiana de quienes cruzan por San Ysidro. Para quienes vivieron la frontera antes de aquel martes de septiembre, la diferencia es evidente.
“Antes pasaba uno en unos 15 o 20 minutos y ahorita te avientas hasta cuatro horas. Cambió muchísimo después de esa tontería y todos estamos pagando el pato, porque antes era de (estar en la) línea máximo 20 a 30 minutos y ahora son horas”, recuerda Lupe Fuentes, residente de Tijuana desde el año 2000.
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El antropólogo Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de los Derechos Humanos, explicó que después de los atentados Estados Unidos reforzó sus fronteras ante la vulnerabilidad que quedó expuesta en su sistema de seguridad.
“Estados Unidos se sintió vulnerable a los atentados terroristas y reforzó fronteras para evitar el ingreso de terroristas. Ahora, además del terrorismo, se le suma el tráfico de drogas; por eso cambiaron drásticamente los cruces fronterizos”, señaló.
La transformación no fue únicamente en los tiempos de espera. También cambió la relación cotidiana entre las personas que cruzan y los agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP), con procesos de inspección que con el paso de los años se volvieron más rigurosos, incluso si son cruces comunes.

Aquella mañana del 11 de septiembre de 2001, mientras Estados Unidos enfrentaba los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono, la frontera con México entró en un escenario de máxima alerta.
Las garitas de San Ysidro y Otay dejaron de funcionar con normalidad. El cierre y las restricciones provocaron que miles de personas quedaran varadas a ambos lados de la frontera, mientras las autoridades estadounidenses activaron protocolos extraordinarios de seguridad.
Para quienes dependían diariamente de los cruces internacionales, aquella jornada significó algo más que una espera. Fue la ruptura de una rutina. Trabajadores, estudiantes, familias y residentes de ambos lados quedaron atrapados en una frontera que, de un momento a otro, se volvió prácticamente impenetrable.
Roberto García, residente de San Diego, recuerda aquel día y compara aquella frontera con la actual.
“Ese día hasta cerraron la garita. Antes, cuando mucho, hacía dos horas; ahorita duro cuatro o cinco horas para cruzar porque se ponen muy quisquillosos”, relató.

Antes del 11-S, cruzar de Tijuana a San Diego formaba parte de la rutina para miles de personas. Las filas existían, pero quienes llevan décadas utilizando los puertos fronterizos aseguran que los tiempos de espera y los controles eran menores. En sentido contrario, esos días, de San Diego a Tijuana, los cruces no eran tan estrictos ni lentos.
Después de los atentados, la seguridad se convirtió en una prioridad nacional para Estados Unidos.
Los controles se hicieron más estrictos y, con el paso de los años, se incorporaron nuevos sistemas de identificación, revisión documental y tecnología para detectar posibles amenazas.
El cambio también ocurrió en medio del crecimiento acelerado de la población en la región fronteriza.

Hoy, la garita de San Ysidro concentra un enorme flujo de vehículos y peatones. De acuerdo con las estadísticas de Border Crossing Data, correspondientes a 2025, por San Ysidro cruzaron 15 millones 274 mil 409 vehículos particulares, un promedio de aproximadamente 41 mil 848 vehículos diarios.
A esa cifra se sumaron 7 millones 968 mil 38 cruces peatonales, equivalentes a unos 21 mil 830 peatones diarios, además de 36 mil 798 cruces de autobuses durante el año.
En conjunto, estos registros representan alrededor de 63 mil 800 cruces diarios, aunque es importante precisar que la cifra vehicular corresponde a vehículos y no a personas.

Para los usuarios habituales, el problema no termina en los controles de seguridad. Las largas filas se han convertido en parte de la vida fronteriza.
Lupe Fuentes recuerda que cuando comenzó a vivir en Tijuana, en el año 2000, podía cruzar en menos de una hora y, en ocasiones, en apenas unos minutos. Hoy, dice, una espera de varias horas ya no resulta extraordinaria.
La diferencia se vuelve todavía más evidente durante los periodos de mayor demanda, como los fines de semana, vacaciones y la temporada decembrina, cuando las filas pueden prolongarse durante horas.
Para quienes cruzan diariamente, el tiempo perdido no es solamente una cifra. Son horas que se restan al trabajo, a la escuela, al descanso y a la convivencia familiar.
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A 25 años de los atentados, la frontera entre Tijuana y San Diego conserva parte de aquella transformación que comenzó en septiembre de 2001.
Lo que entonces fue una respuesta extraordinaria ante una amenaza terrorista terminó convirtiéndose en una nueva normalidad para quienes viven en esta región binacional; la frontera se hizo más segura, pero también más lenta, para miles de personas que todos los días se colocan detrás de un volante o caminan hacia una garita, el 11-S no solamente pertenece a los libros de historia, pertenece al día a día de los habitantes de la frontera.
